sábado, 26 de noviembre de 2016

Unka el despistado

Unka miraba perplejo al ser que tenía delante. Parecía amable: le devolvía los saludos, las sonrisas,… le devolvía, en fin, cualquier gesto, por mínimo que fuera. Aquél que tenía de frente era definitivamente simpático, ¡y guapo! Se preguntaba cómo es que nunca lo había visto nunca por allí, y si seguiría en el mismo sitio cuando decidiera volver. Sonrió, y el contrario le devolvió el gesto facial. Había visto muchos tipos de agua en su vida: salada, dulce, en grandes cantidades, en riachuelos... Y la había visto capaz de hacer todo tipo de milagros y catástrofes. Lo que nunca había visto eran unas aguas capaces de fabricar personas. Era la primera vez que el joven Unka veía su reflejo en un lago.
Oyó un grito a sus espaldas, sus compañeros le esperaban. Se despidió de su nuevo amigo moviendo la mano de un lado a otro, y su amigo se despidió de él. Se marchó y su reflejo, como buen reflejo, marchó detrás de él. Salió del lago, y pasó por donde pasaba su creador.
Esta era una sensación nueva para la criatura del agua también. Había pasado años ¡siglos! encerrado en aquella prisión de transparente líquido y por fin había llegado aquel humano a liberarle. Había llegado el grandísimo día de su retorno. Tomó aire, henchido de orgullo, y lanzó su aullido de guerra. No había ser que pudiera quedar impune ante semejante grito. Era una mezcla de ferocidad, fuerza y euforia, todo combinado en una fuerte vibración de sus cuerdas vocales, seguramente excesiva en opinión de muchos.

Unka, como no podía ser de otra forma, se volvió para ver de dónde procedía tan terrible sonido y descubrió, tembloroso y sudoroso, de la cabeza a los pies, que el origen de aquello no era otro que su propio reflejo, recién salido del lago. Y si había sido sorprendente ver tan fantástico fenómeno, también lo fue, aunque infinitamente menos, verlo ahora mirar de un lado a otro, despistado, como si estuviera desorientado.
¿Q- q- quién? ¿C-c-c-cómo? - no acertaba a hablar.
- Oh, ¡hola! - saludó el otro. - Este..,, uhm, vaya, ¡qué embarazoso! Supongo que debo darte las gracias por sacarme de ahí. ¡No sabes lo mal que lo he pasado! ¿Qué puedo hacer para pagarte semejante favor...? ¡Ya sé! Te concederé un deseo, el que quieras.

Unka lo miraba estupefacto. Desde luego, lo único que compartía con aquella persona era su imagen, pues su verborrea frenética era algo de lo que él había carecido siempre.

- ¿Quién eres? - balbuceó.
-  ¿Eso es todo? ¿Te digo que te concedo cualquier deseo y lo único que se te ocurre es preguntar quién soy?
-        S-s-s-s-sí, s-s-s-supongo.
-        Eres tozudo, ¿eh? Piénsatelo, no habrá vuelta atrás – Unka asintió.- Bien, pues prepárate para saber quién soy, porque yo, triste humano, yo soy... yo soy... - chasqueó los dedos, entornó los ojos,... -¿Te puedes creer que no me acuerdo de mi nombre? Bueno, es igual, dime el tuyo, rápido.
-        
-        ¡Venga, vamos! A este paso los burros aprenderán a volar antes de que lo digas.
-        U-Unka
-        ¿Unka, qué clase de nombre es ése? Bueno, bueno, está bien, pues yo soy Unka también, ¡fíjate qué casualidad! Y soy el dios de todos los dioses, el mejor de todos ellos.
-        Aaaah... sí... ya... claro... - la mueca de asombro y el miedo se habían transformado en un claro gesto de escepticismo.- Pero ya hay un dios supremo, ¿no?
-        Claro, yo, Unka
-        No, Anikté – replicó sacando de su zurrón una pequeña figurilla del dios.- Él es quien hace llover, quien empuja a las plantas a crecer, quien atrae a los animales y permite que los cacemos.
-        ¿Ani…qué? - levantaba retorcidamente medio labio superior.- Creo que te has confundido.
-        No, estoy bastante seguro de que es él. Nuestros chamanes hace ya muchas generaciones que empezaron a inmolar la carne de los animales para que haga que la siguiente cacería sea propicia.
-        Oh, qué curioso, desperdiciar la carne así...¿Y eso funciona?
-        Bueno, a veces sí, a veces no.
-        ¡Pues vaya un dios supremo que tenéis! Mira, si ese tal Aniké - “Anikté”, corrigió el otro – fuera tan supremo como yo no fallaría nunca. ¿No me crees? - la cara del Unka humano decía a las claras que no se había inventado un término lo suficientemente extremo para expresar toda su desconfianza en aquel ser que había parecido maravilloso hacía apenas unos instantes.- Pregúntale a tu chamán si Aniké – Unka desistió de una segunda corrección – pregúntale si puede hacer esto...
En un momento aparecieron unas terribles nubes tormentosas y un rayo fue a caer justo donde el segundo Unka se encontraba. El joven cazador cerró los ojos atemorizado, temiendo que el rayo matara al nacido del lago. Sin embargo, en contra de toda lógica, al abrir los ojos se encontró con que, lejos de estar muerto, el dios estaba pasando un rato más que divertido haciendo girar el gran hilo brillante a su alrededor. Unka se encontraba atónito, con la boca desencajada, los ojos abiertos como dos bocas de cacerolas, sin poderse mover. Había incluso dejado caer la figurilla de Anikté, lo cual con toda seguridad habría hecho enfadar a su chamán.

Mientras el cazador estaba en este estado de asombro, el dios se reía a carcajada limpia, inundando de nuevo con su voz todo el bosque. Pronto se cansó de semejante diversión. Hizo un gesto con la mano y el movimiento cesó. Recogió el rayo, dándole la forma de una bola y después… ¡se lo comió!

El Unka humano estaba a punto de sufrir un ataque. Podía oír a los otros cazadores gritando su nombre “¡Unka, Unka! ¿Estás bien? ¿Dónde te has metido? ¡Venga, tardón, ven aquí!” y de buena gana les habría respondido, de no ser que el otro Unka, el devorador de rayos, había vuelto a la carga:

-      - Vaya, esperaba al menos un aplauso. Oye, estás pálido… ¿has comido hoy? Mira que no es bueno estar demasiado tiempo en ayunas, luego te faltan energías, se descontrola tu nube y caes a las aguas terrestres. ¿Necesitas algo de comer?

“No, no” musitó el cazador. ¿De qué estaba hablando? ¿Nubes, aguas terrestres, energías? Cada vez entendía menos.

-        - Bueno, como te veo tan callado me voy a dejar de tanta cháchara y hablaré claro. Tienes el honor, el grandísimo honor de haber sido nombrado mi acompañante hasta aquella montaña, ¿qué te parece?

Unka se moría de ganas de responder un simple “no, gracias” y volver a la cueva donde le esperaba la bellísima Natka, pero dos factores le hicieron guardarse esas palabras. Para empezar, temía que su divina copia pudiera hacerle caer un rayo encima si se negaba, idea que no le agradaba demasiado tanto porque implicaba su propia muerte, como porque se estaba imaginando el horrible y, por qué no decirlo, vomitivo espectáculo que se estaba imaginando. La segunda razón era que la montaña que aquel sujeto señalaba era, ni más ni menos, La Montaña, la supuesta morada de los dioses (según su chamán, claro, que iba perdiendo credibilidad por momentos). En teoría, si las tradiciones no mentían (más), con sólo poner el pie en la falda de aquella mole se castigaría a un más allá lleno de castigos y tormentos.
- ¡Pero ir allí está prohibido! - exclamó alarmado
- Ah, ¿sí? ¿Y eso? - el Unka charlatán parecía aburrirse y había empezado a bailotear alrededor del humano.
-    Pues... es la morada de los dioses, ¿no?
¡¿En serio?! ¿De cuáles? ¡Oh, claro, tu Aniloquesea!
Bueno... Sí, Anikté vive allí, pero también su esposa y todos sus hijos y hermanos.
- Uhm, pues espero que no sean demasiados, o tendrán muy poco espacio... - se quedó pensativo, como si estuviera representando en su mente una cumbre a rebosar de personitas.- Pero eso no importa, yo sólo necesito ir un poco más arriba de las nubes (aquellas, ¿las ves, pelmazo?) para poder coger una y cabalgar hasta mi casa. Incluso podría considerar llevarte a la tuya una vez finalizado el trabajo.

Unka sopesó las opciones que tenía y, teniendo en cuenta que sus compañeros ya le habrían dado por perdido y que seguramente no existirían aquellos dioses que tendrían que estar viviendo en la cima de la montaña, consideró que no sería tan mala idea acompañar a aquel ser, evitando el riesgo a ser fulminado por un rayo y asegurándose de que se fuera a donde quisiera que perteneciera.
- Está bien, te acompañaré – concedió por fin.- Pero dime una cosa.
- Pregunta.
- Si eres tan poderoso, ¿por qué quieres que te acompañe?
- Pues... porque sí, eres quien está más cerca y, además... ¡eres idéntico a mí! ¿No es genial?
- Perdón, quizás tendría que haber preguntado: ¿para qué necesitas un acompañante?
- Pues porque necesito a alguien que me procure las provisiones, un refugio durante la noche,... Verás, a pesar de mis poderes lo más seguro es que acabáramos con un ciervo o dos chamuscado y durmiendo al raso, y no querrás eso para un dios como yo, más poderoso que tu Aniké, ¿verdad?
- N-n-n-n-n-no, claro – balbuceó. “¡¿Será posible?!”, exclamó para sí.
- ¡Trato hecho, entonces! Venga, en marcha, que tengo que volver a casa.

Tres días, tres largos días tardaron en llegar a la montaña. Tan tediosos fueron que Unka (el cazador, claro) parecía uno de los ancianos de la tribu cuando arribaron a su destino. El dios, con todo su poderío, se había dedicado a destruir algún árbol que otro, bailotear, soltar alaridos y, sobre todo, tumbarse a la bartola cuando Unka salía a por comida y obligarle a construir refugios por la noche. Cuando ya casi había dado sus fuerzas por extintas descubrió que su doble pretendía que también le acompañara a la cima. Por suerte para él, el camino se reveló como una fácil ascensión de apenas medio día, un paseo en comparación con el viaje que ya habían hecho en llano. “Al menos ya me libro de tener que ir cada dos por tres a por comida para él, y yo luego me puedo refugiar en cualquier roca”.

Llegaron. Por fin rebasaron las nubes. El Unka cazador miraba nervioso de un lado a otro, a la espera de que saliera cualquier dios de detrás de alguna roca y lo mandara derechito a reunirse con sus antepasados que, claro, castigarían severamente la ofensa. El otro Unka, el lanzador de rayos, encabezaba ahora la expedición a saltitos, y llamó al cazador hasta un saliente. Con cuidado, temeroso de las alturas y de enfadar lo menos posible a Anikté, el cazador se puso a su altura. Vio entonces cómo ante él se extendía un gran lago blanco, como si fuera un gran manto de pieles.

El dios, que había estado mirando el maravilloso espectáculo con los brazos en jarras, dio un paso al frente y desapareció de la vista de Unka, que quiso agarrarle del brazo cuando ya era demasiado tarde. Apenas bajó la vista para ver la caída del otro cuando se encontró con que todo su rostro estaba empapado, una nube le había dado de lleno. Lo curioso, aunque no tan sorprendente como lo habría sido en otras circunstancias, era ver al Unka dios en su estampa habitual de bailoteo subido encima de la nube. 

En menos de lo que se tardaba en chocar las piedras para encender un fuego, el cazador fue “secuestrado” por el dios y llevado al sitio donde se habían reunido por primera vez. Luego, sin ninguna despedida, el dios se alejó montado en la nube. “Tengo que contarle todo esto a Natka en cuanto vuelva a la aldea”. Sacudió la cabeza, “Qué tontería...¡¿quién me iba a creer?!”