martes, 21 de febrero de 2017

Promesas a medias

La vista fija en la caja que el mensajero acaba de dejar. Se lo ha encontrado de frente, cuando salía hacia el cine a ver una de esas películas insulsas que invaden la cartelera de todo el país. Un “firme aquí” y la caja es suya. Aquella caja de remitente desconocido, unas siglas misteriosas que la desafían a abrirla, a liberar, como la griega, los males que de ella puedan salir.

Con cuidado y precisión de cirujano corta la cinta adhesiva que se encarga de conservar aquel micro-universo cerrado. El paralelepípedo se le antoja un dado que con crueldad rueda y rueda sin llegar a decidir un número, dejando en suspenso la emoción y el destino…hasta que la abre, el dado se posa por fin, su alma vuelve a la fría tierra.

Introduce sus manos en el cofre misterioso, sacando un viejo reproductor con una cinta de cassette. “¿Funcionará?”. La enciende. Los acordes de un viejo tango escapan entonces del aparato, se escurren entre sus conductos auditivos y atrapan, atan y paralizan su corazón. Una sacudida, la sangre huye de su cabeza, se siente morir, no, peor, se siente revivir una antigua canción, una historia ya olvidada, escondida en los pliegues del tiempo.

El tango suena y sus manos, temblorosas, buscan ya la segunda calamidad, el segundo mal que de esa caja maldita ha de escapar. Un boleto de feria sale a la luz. En su cabeza, unas palabras que desearía no haber escuchado nunca, el terrible augurio de un futuro que jamás debió existir: “mira, voy a conseguir el oso aquel tan grande, soy capaz de acertarle a un mosquito en el ojo, ya verás”. El oso había permanecido por un tiempo en su cama, velando por ella, pero hace tiempo que descansa entre los trastos viejos que han sido expulsados al exilio, sin posibilidad de renacer o morir del todo, en una suerte de limbo de los recuerdos.

Se asoma al abismo una última vez, un último objeto aguarda en el fondo. Doblado, plegado en un mullido ejercicio de origami se encuentra el chal, su chal, aquel chal…Un tren a punto de partir, un beso que acabó demasiado pronto, una despedida entre súplicas y promesas. No te vayas, no llores, te esperaré, volveré, renuncia, no puedo, sí puedes, ¿y qué haríamos?, ¿y qué haremos si no vuelves?, no digas eso, lo digo porque es cierto… Un gesto rápido y ya no lleva el chal, ahora pende de su cuello. “¿Ves? Te lo devolveré cuando regrese, te lo prometo”. “Te lo prometo” susurra para sí. El tango acaba sus acordes, el chal está ahora roído por el tiempo y las polillas, pero está. Todo queda quieto, en silencio, todo permanece expectante.

Por sus ojos pasan los miles de recortes de periódico, las noches sin dormir, los días sin levantarse, los gritos, los silencios, la espera y la desesperación. La esperanza, minada con cada telediario, había acabado por claudicar, al miedo primero, después a la resignación y el olvido. Durante meses, con los ojos enrojecidos y la cara hinchada, había luchado en otro desierto, en otra batalla de la misma guerra. Durante meses, una parte de ella había viajado a tierras lejanas y la otra parte había continuado, con tesón, con la determinación de quien espera, pero no aguarda.

Pasó mucho tiempo hasta que volvió el calor del hogar. Demasiado tiempo... la caja. ¿De dónde viene? Deja el chal al lado y se abalanza sobre la caja. Las manos, frenéticas, buscan el documento del remitente. ¡La dirección! ¿Dónde? Aquí. Nombre. Dirección. Un guion. Nada.. ¡Nada! No es posible, pero es, ¡es!, no deja de ser, el silencio, el vacío, el desconocimiento, el sí pero no, el plasma en que flota la existencia de quien no se sabe si vive o muere. Es la media vida de quien ha cumplido media promesa...

lunes, 13 de febrero de 2017

La página en blanco

La página en blanco, el gran desafío. La dichosa página en blanco que me mira con aires de cowboy de Western. “Este mundo es demasiado pequeño para las dos, forastera”, parece decir. La página en blanco, un cuervo albino dispuesto a sacarme hasta las entrañas antes de convertirse en un río de sangre negra.

Y yo, la cazadora, sin balas, sin un proyectil con el que herir a mi adversaria. El tambor del revólver vacío, el carcaj sin flechas. Las pistolas rotas, los arcos reventados. La solución es fácil, tan fácil como poner un garabato, como apuñalar la vil ave, degollar al duelista.

Pero es inútil. Hacer desaparecer la página blanca sería como hacerme desaparecer a mí misma, un suicidio metafórico, un salto desde lo alto del precipicio. Porque la página en blanco no es otra cosa que el pálido reflejo de mi mente, vacua, despojada de cualquier pensamiento.  Un vacío silencioso y pesado que apaga mis sentidos.

No siempre fue así, no. Recuerdo los colores, las palabras, el corazón que se aceleraba...lo recuerdo todo. Recuerdo un tiempo en que la vida se regía por versos de todas las métricas y rimas, por aventuras más allá de la imaginación, por mundos abstractos en los que sólo importaba respirar y los saltos al vacío significaban la libertad.


Ahora ya no hay versos que canten por mí, ni mundos a los que escabullirse. La realidad es plana y lógica, y los saltos al abismo no significan sino la muerte. Todo el color ha quedado atrás, impera la página en blanco, la pesadez, el silencio...