Cantamos. Llevamos
siglos de silencio, de lágrimas contenidas antes de nacer, de impulsos y
pasiones que jamás llegarán a su actualidad. Mucho hemos callado, y mucho
habremos de esconder aún… pero hoy cantamos.
El infeliz demiurgo, madre y
confesor de las tiernas criaturas que pueblan su creación, observa girar los
astros, la mirada perdida entre sus múltiples dimensiones. Hace tiempo que ya
no se ocupa de esas criaturas que han querido abarcar más de los que les fue
asignado. La generatriz renuncia a sus descarados descendientes. El caos es
ahora dueño de todo cuanto vive. El caos reina, y los creados cantan… hoy todos
cantamos.
Las galaxias continúan su danza,
se alejan, huyen unas de otras, volviéndose cada vez más frías e inhóspitas. Las
estrellas palidecen ante la distancia impuesta a sus hermanas. Cada una se ha
convertido en el epicentro de una estampida cósmica que huye hacia más allá del
tiempo conocido. Las estrellas corren, languidecen, lloran, colapsan y estallan
en millones de nuevos átomos con los que viajar a nuevos sistemas. Las
estrellas mueren… y en su honor cantamos.
El Sol continúa, guardando a sus
retoños del frío universo. Sus rayos acarician con ternura la Tierra. Millones
de almas pueblan este planeta, millones de almas que caminan sin rumbo por él.
Desorientados vagan, sobreviven entre sendas engañosas, abruptos precipicios,
ásperas rocas. Ellos vagan... y nosotros por ellos cantamos.