jueves, 30 de marzo de 2017

Cantamos

Cantamos. Llevamos siglos de silencio, de lágrimas contenidas antes de nacer, de impulsos y pasiones que jamás llegarán a su actualidad. Mucho hemos callado, y mucho habremos de esconder aún… pero hoy cantamos.

El infeliz demiurgo, madre y confesor de las tiernas criaturas que pueblan su creación, observa girar los astros, la mirada perdida entre sus múltiples dimensiones. Hace tiempo que ya no se ocupa de esas criaturas que han querido abarcar más de los que les fue asignado. La generatriz renuncia a sus descarados descendientes. El caos es ahora dueño de todo cuanto vive. El caos reina, y los creados cantan… hoy todos cantamos.

Las galaxias continúan su danza, se alejan, huyen unas de otras, volviéndose cada vez más frías e inhóspitas. Las estrellas palidecen ante la distancia impuesta a sus hermanas. Cada una se ha convertido en el epicentro de una estampida cósmica que huye hacia más allá del tiempo conocido. Las estrellas corren, languidecen, lloran, colapsan y estallan en millones de nuevos átomos con los que viajar a nuevos sistemas. Las estrellas mueren… y en su honor cantamos.

El Sol continúa, guardando a sus retoños del frío universo. Sus rayos acarician con ternura la Tierra. Millones de almas pueblan este planeta, millones de almas que caminan sin rumbo por él. Desorientados vagan, sobreviven entre sendas engañosas, abruptos precipicios, ásperas rocas. Ellos vagan... y nosotros por ellos cantamos.

Así éramos: bípedos, egoístas y desorientados. Luchamos por cada centímetro de tierra, cada grano de arena traído por el viento. Fieros y crueles, jugamos una partida que nadie puede ganar. Aquellos que creyeron vencer se encuentran ahora junto a nosotros, nadie puede ya distinguirnos. Pero ellos siguen - ¡miserables criaturas! - comenzando nuevas luchas, nuevas guerras. Nos han olvidado, nos han relegado a la Historia, que es el cementerio donde también nosotros sepultamos nuestro pasado. Porque la Historia no es para quien la vive, es para quien la necesita. Ellos viven y ya no nos necesitan. Ellos viven... pero cantarán con nosotros.

lunes, 6 de marzo de 2017

Fantasmas domésticos

Las puertas del elevador se abren, y se introduce en él dándose cuenta de que la acompaña aquel ser (¿ser, ente, fantasma?). Las puertas se cierran, atrapándolos en el reducido espacio que conforman sus paredes, redondas, limitadas e infinitas. El mundo se reduce ahora a la maquinaria que ha de portarlos desde el mundo del polvo al del cemento.

El espectro no se mueve, observa, recostado sobre el fondo del elevador. ¿Qué observa? Es probable que ni él mismo lo sepa. Sus ojos atraviesan a su compañera de viaje, van más allá de la matriz (¿o matraz?) que los retiene, se pierden en los recónditos mundos paralelos que pueden estar sucediendo, o en todas las posibilidades cuánticas que podían haber sido en este mundo y no fueron.

Rompe el silencio un carraspeo incómodo, femenino, terrenal, humano. Los ojos tiemblan. Por un instante, el espíritu parece re-encarnarse, re-establecer su consistencia, pero es una ilusión. El ánima que alguna vez perteneció a aquel hombre ha volado lejos, sin ánimo para volver (porque a veces cuando faltan los “ellos”, las “ellas” pueden caminar tan lejos como fin del mundo).

¿Quién fue? ¿Qué ocurrió? ¿Fue una “ella” quien lo dejó en este estado? ¿Fue una afasia emocional temporal permanente? ¿Se perdió para no encontrarse? ¿O para encontrar otras cosas? ¿Podemos decir, en cualquier caso, que alguna vez fue? ¿Y, si no fue, por qué está?

No importa, nada importa ya. El hombre murió, las puertas del elevador se han abierto de nuevo.