domingo, 24 de septiembre de 2017

El exilio de "Las Diez Mil"

Diez mil. Diez mil páginas concienzudamente mecanografiadas descansaban al fin junto a la máquina de escribir. Está bien, quizás no fueran diez mil, pero eran muchas, que venía a ser lo mismo. A cualquiera que mirara ese inédito montón le parecería lo mismo - acompañando, claro, una lánguida mirada con un resoplido de desgana.

Sí, era “la mejor novela que escribiría nunca”. Sí, la crítica la ensalzaría como “la novela del año” (otra más). Hordas de fieles iniciarían su peregrinación a la librería más cercana, entregarían el recorte de periódico manoseado, observarían con estupefacción y temor el dichoso tomo – “pero… ¿tan gordo es?” – y lo volverían a dejar disimuladamente (como quien apoya el periódico y lo abandona descuidadamente) en cualquier lugar que tuvieran más a mano, quedando los centros de distribución de riqueza literaria como un campo de minas donde nunca sabes dónde puede aparecer uno de los ejemplares malditos. No, nadie la compraría. O peor, la comprarían pero no la leerían - mucho dudaba de que ni siquiera quien había de causar tales catástrofes la leyera. Las librerías de segunda mano quedarían inundadas por ejemplares que sólo habrían conocido el calor humano en los breves segundos en que una mano los colocara en un mostrador. Los más afortunados recibirían una segunda caricia cuando alguien los sacara de una bolsa para colocarlos en una estantería destinada a ser su residencia permanente.

No podía publicar aquel cadáver, el fantasma de los best sellers pasados se aparecería para recordarle para qué se había metido en aquel mundo extraño y ajeno. Vería a la personita que pensaba “de mayor, nadaré en billetes... ya lo veréis”; reviviría los talleres de escritura, los cuadernos y libretas llenos de apuntes y estrategias. Volverían los ejércitos de cazafirmas sin piedad, las presentaciones donde nadie se atrevía a dejar asomar media arruga a la nariz: el dinero convierte en “literatura” a cualquier criatura capaz de aporrear un teclado. No, dejaría la publicación de aquella obra a elección de su editora o de sus herederos (si llegaba a tenerlos algún día), cuando fuera “póstuma”, cuando no pudiera ver en qué se convertía.

Pero estaba en un aprieto. Había prometido que tendría algo nuevo listo “sin falta” para las Navidades – ¡dichosas fiestas! – y, además, necesitaba ese dinero… y necesitaba no caer en el olvido. La memoria es frágil, si esperaba más volvería al anonimato que con tanto empeño había dejado atrás.

Una gota de sudor se deslizaba, lenta pero con determinación, por su espalda. Los 35 grados estivales aumentaban por momentos. Volvió a oír el ventilador, su fiel compañero en los veranos más duros. Llevaba tantos días a pleno rendimiento que a veces se olvidaba de él, su ruido se perdía en los recovecos del inconsciente. Extendió la mano para pedirle un esfuerzo más, girar la rueda, hacerle mostrar su poderío, su fuerza creadora de ventiscas.

Con mucho esfuerzo, la máquina se concentró en obedecer. Un ruido apagado advertía de alguna nueva dolencia, un nuevo achaque. Entonces, como una señal, un milagro de salvación, el ente mecánico se reveló como el mejor de los amigos, casi un mesías. Enredada en la rejilla, una hoja luchaba contra el fatal destino de la muerte que estaban a punto de darle las cuatro aspas, las cuatro guillotinas que giraban. Al salvarla de la muerte, se dio cuenta de que no era el papel inmaculado que le había parecido; unas tímidas líneas esbozadas a lápiz asomaban en la parte superior. No había ninguna fecha anotada, pero reconocía en aquellas palabras sus primeros pasos. La historia, exiliada en su juventud, volvía al hogar. La había desechado porque no cumplía sus requisitos del momento, porque no encajaba con ninguna de las estrategias anotadas en sus infinitos cuadernos. Sin embargo ahora, envejecida, podría ser precisamente lo que necesitaba: simple y “bonita”. Un par de cambios en la idea original y se escribiría sola. Sería tal cual la esperarían, sin sorpresas, un nuevo éxito del que se olvidarían al cabo de unas semanas, nada digno de mención en ninguna columna cultural.

Discreta y productiva: su editora estaría satisfecha.

Apartó las hojas de pesadilla y las sustituyó por aquel amarillento recuerdo que nadie, nunca, jamás, recordaría.


Tema propuesto por Charo: Detrás de un viejo y ruidoso ventilador siempre hay una tórrida historia que quiere ser escrita.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Escena de cama

Observé cómo te escurrías entre las sábanas y traspasabas el umbral en una tambaleante dignidad. Ahí, entre el tam-tam de tus pasos, ahí fue cuando apareció esa molesta sensación. ¿Cuál? No sabría decir. Algo, una nube, una calima asfixiante que velaba mi lógica; pensamiento y palabras se descomponían con la rapidez e intensidad de un acelerador de partículas.

Algo de obsceno hay en romper los silencios que no lo son, en imponer torpes discursos sobre pies arrastrados, en sacrificar el murmullo por vanidad. Mi voz, en cualquier caso, aún no funcionaba. Los obstáculos con los que tropezabas irrumpían en forma de onda en mi trocito de realidad. La niebla continuaba, los puntos cardinales cambiaban a cada momento, mi orientación - que nunca pasó de los mínimos de supervivencia - quedaba reducida a un “yo” y lo demás, el “no yo”. Una fuerza obstinada, un Mercurio travieso, jugaba con mi ya dudosa integridad.

La obnubilación con que yo asistía a esta escena - esta self-scene de dormitorio - hizo desprenderse la última caricia que resistía en mi piel, llena de curvas y recuerdos en los que campaba toda mi inseguridad. El pequeño obsequio con que habías acudido - “se me ha ocurrido...” -, reposaba apagado en la mesilla, inmune a aquella densa tranquilidad.  La obstrucción de la pisque dio paso a una idea, un recurso, una cura que me devolvería la claridad. Y entonces, cuando encendí la pequeña vela pude, al fin, ver la inmensa obscuridad que me rodeaba.

Tema propuesto por Javier: cuando encendí la pequeña vela pude, al fin, ver la inmensa obscuridad que me rodeaba.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Sendas de piedra


Cincel, martillo y...

¿Qué te ocurre? ¡No te detengas, no ahora! Golpea, cincela, pule... esa es tu vida, eso has decidido. Mucho has batallado para conseguir esa roca que te reta a un nuevo duelo de vida. Esa roca de mármol impoluto, bruto, que no ha rodado colina abajo como un castigo, que has pedido, rogado, rezado a los cielos por tener.

Esta roca que es el tú por venir, que será todos los “tú” pasados, renovados, actualizados en una sola de sus potencialidades, moldeados a capricho de las vetas. No puedes dudar, has elegido esta roca, aterradoramente inmaculada, la senda es una e inevitable.

Te da pánico, lo sé, ese miedo también es el mío. Es el temor al blanco, al todo por hacer, al vacío... a la libertad. Conozco ese miedo porque te conozco, porque estoy en ti, soy tú. Soy yo quien te hizo escapar de ese otro vacío, de donde nada podía surgir, de la nada venida tras el fin de una roca anterior, de otra vida. Yo, créeme, fui yo quien te llenó de esperanzas.

El mármol, no te voy a engañar, morirá. Morirá como sus predecesores, es su destino. No puede hacer otra cosa más que morir, llevarte a otra nada de la que huir a golpe de martillo, de la que nacer de nuevo, hacia delante, sin re-nacer. La salvación, la vida eterna, está allí, es tuya, es la tuya, sólo tienes que llegar.

¿Todavía dudas? No vaciles, no temas, no es ése el sentido de tu arte. Todas las ideas que ciegan tu mente quedarán dispersas hasta quedar una sola, que quizás sea esa en la que aún no has reparado. La niebla quedará disipada con el primer chasquido, los monstruos volverán a sus armarios y tu reflejo emergerá de la roca. No sirven los temblores, el titubeo... sólo tú sabes el engendro que habita la roca, que no es otro que el que te habita. ¿Quieres liberarte? Ya conoces el camino, la senda está abierta: camina.

Cincel, martillo y...

Tema sugerido por Iratze: La excitación y el hastío de empezar de nuevo, una y otra vez