domingo, 29 de octubre de 2017

Seis minutos y cincuenta y cinco segundos

El mundo se acaba con una muñeca rota. Concretamente, la mejor muñeca astronauta de todos los tiempos. Es fácil adivinar el apocalipsis: comienza con un silencio, luego una revolución de núcleos fusionándose in crescendo, un silencio de contracción del espacio-tiempo y, por fin, la explosión de una supernova en forma de llanto desconsolado.
Cuando acudimos al lugar de los hechos, la escena del crimen se presenta desgarradora. La culpable, de ocho años y tres meses de edad, lanza balbuceos bañados en ríos que descienden mejilla abajo para caer en forma de catarata a un suelo en el que ya puede advertirse un cierto perímetro de humedad. Frente a ella, callada, con la mirada perdida, está su antítesis de siete años y ocho meses. En sus manos, el cadáver de la muñeca yace partido en dos.
Nos miramos, comienza el interrogatorio. “¿Qué ha pasado?” “Que…que…quería mi muñecaaaa” Negación de cabeza. “Es…míaaaa… Lahizomimamáesmíaaaaa”. Nada.
Es cierto que la hice yo, y que el padre de Penélope había creado su correspondiente “mejor muñeca exploradora de todos los tiempos”. Aquellas muñecas eran las mejores del mundo. Cada una parecida en detalle a su dueña – sus ricitos, sus lunares, su expresión (yo me las había visto y deseado para conseguir unos simpáticos hoyuelos) – y, lo más importante, cada una era una promesa doble.
Que nos conociéramos fue una broma del destino, que a cargo de cada uno hubiera una pequeña criatura, una coincidencia maravillosa… en principio. Después de mucho tiempo, y solo cuando parecieron estar preparadas, nos hicimos todos una promesa: las niñas tendrían que aprender que no son hermanas solamente quienes comparten sangre, también quienes comparten hogar; nosotros, que las apoyaríamos y las querríamos siempre, a las dos. Como sustitución de una pipa de la paz, nos intercambiamos a las modelos y las hicimos como quisieron: Medea, una piloto exploradora; Penélope, una astronauta– volar, porque ambos esperábamos que no fuera huir, era algo que ambas parecían anhelar.
Los problemas no habían desaparecido, no existen las pócimas mágicas. Las batallas seguían aconteciendo, cada vez más espaciadas, cada vez menos terribles, menos de enemigas y más de hermanas. Todas las aguas parecían volver a unos nuevos cauces, abiertos con nuestro sudor pero imprevisibles en su transcurrir, por los que conseguíamos avanzar. Ninguna señal de peligro a la vista… hasta hoy. Hoy se ha producido un asesinato. Romper una de Las Muñecas no es un mero acto de rabia, es una declaración. Es la negación de un padre y el asesinato de una madre. “Yo no tengo padre porque es tuyo, tú no tienes madre porque es mía”. Es la ruptura de un mundo cotidiano, su mundo. La supernova ha quebrado todas las dimensiones, ha hecho añicos su mirada.
No nos hemos movido, no hemos pronunciado palabra; no hemos podido.

Hace quince minutos las lágrimas de Medea cesaron. Hace catorce minutos y medio las dos niñas se miraron y se sumergieron, por primera vez, en la soledad de la otra. Hace trece minutos Penélope asintió lentamente, se levantó – siempre muda, la mirada intermitente – con una mitad de la muñeca en cada mano y se fue en dirección al cuarto de Medea, que no la retuvo, que permaneció a la espera. Hace diez minutos volvió con la exploradora entre las manos, entre los restos de la astronauta, y unas tijeras entre los dientes. Hace ocho minutos Medea observó en absoluto silencio cómo la astronauta convertida en cirujana cortaba a su muñeca en dos. Hace siete minutos nos entregaron a cada uno una mitad de cada muñeca y señalaron el armario donde permanecen, en el más absoluto caos, los “hilos para hacer muñecas”. Hace seis minutos y cincuenta y nueve segundos comprendimos que no habíamos comprendido. Hace seis minutos y cincuenta y ocho segundos comenzamos a llorar. Hace seis minutos y cincuenta y cinco segundos (seis, siete, ocho…) su musa y la mía se dieron la mano, encendieron la tele, y aún siguen sin hablar.

Tema propuesto por Eduardo: su musa y la mía se dieron la mano, encendieron la tele, y aún siguen sin hablar.

miércoles, 11 de octubre de 2017

De ires y venires

Italia es esa tierra, no patria sino propia, a la que nunca se “va”, siempre se “vuelve”. El viaje a Italia es siempre un reencuentro con esa parte irracional, escondida, desconocida, de nuestro romántico cerebro occidental. Volver a tierras italianas es siempre volver a la Madre que está, como están las madres, cada vez mayor, cada vez con encantos diferentes.
Italia es ese país por el que pasa el tiempo, al que resiste con uñas y dientes, estancado en un bello pasado que ya no existe. El ladrillo agujereado llena sus calles, y hasta sus iglesias se muestran ahora desnudas. Ningún mármol ha sobrevivido, el grandioso blanco ha sido sustituido por el marrón del pueblo. Los palazzi, antes llenos de vida, están ahora repletos de vacío y eco. A lo sumo, si te sumerges lo suficiente en este país de los sueños olvidados, verás a una triste funcionaria ocupando el espacio que sin duda antes estaba reservado a lujosos muebles y no menos opulentos huéspedes.
Y no es en vano, pues esta funcionaria es capaz de obrar los más maravillosos milagros no reconocidos por el Vaticano. Si América es la tierra de las oportunidades, Italia lo es de las soluciones. Todo tiene solución, porque siempre hay tiempo para todo. Es, eso sí, una solución lenta, costosa, nunca aquella que imaginaste, ni siquiera la que imaginaba el ser apostado al otro lado del ordenador. “Piano piano si va lontano” es el lema patrio, acortado en forma de mantra por las pobres víctimas que deambulan en oficinas y secretarías, perdidas, asustadas, de mirada desquiciada, con un sentimiento de incertidumbre que no pueden calmar más que respirando y repitiéndose: piano piano… piano piano… piano piano…
Los conocimientos lingüísticos se transforman en consonancia con el entorno: “ecco!” suena a “¡milagro!”, y “a posto!” quiere decir que debes ir inmediatamente a encender una vela a la parroquia más cercana. “Vuoi un caffè?” es la muestra inmediata más cálida de aceptación, permanente o temporal, en contraposición a “scusa!” que deviene una orden, acompañada siempre de un gesto de desdén que puede sumergir a la desprevenida extranjera en el subsuelo de la dignidad. Toparse con el sistema burocrático italiano es una terapia de desarrollo del arte de la paciencia mayor que pasar diez años en un templo budista (a día de hoy, sigo convencida de que al propio Dalai Lama se le borraría la sonrisa si pasara tan solo media hora solicitando un permiso).
Pero Italia no es solo su malvada burocracia, escondida en sus guaridas reverberantes. Italia son sus gentes (las humanas, fuera de cualquier administración oficial), siempre – o casi – prestas a darte conversación, a guiarte, a acogerte, a hacer gala de esa hospitalidad tan reclamada para los países del sur de Europa. Malo es si no se te abren las puertas de una cocina: o has dado con una mala persona, o la mala persona eres tú.
Porque el corazón de Italia reside no en los grandiosos palacios, sino en sus cocinas. Es una tierra hecha de olores, de texturas, y sobre todo de sabores. Todo es sabroso, todo evoca a todos los campos y mares. Entrar a una cocina italiana es saber (como se sabe en la cocina de cualquier abuela, como se sabe en la cocina de la casa de tu infancia) que no importa si tienes los mismos ingredientes: nunca, jamás, en ningún universo conocido, conseguirás recuperar ese sabor.

Porque Italia son los sabores, y el recuerdo de los sabores. También es el recuerdo de sus calles. Porque probarlos y pasearlas es un deleite, una experiencia fuera de lo común. Pero recordarlos… ¡recordarlos es una experiencia cercana a la apoteosis! Y es entonces, en ese recordar, cuando te das cuenta de que no estabas “fuera de casa”: te “fuiste” de Italia, y allí es donde has de “volver”.