El mundo se acaba con una muñeca rota. Concretamente, la mejor muñeca
astronauta de todos los tiempos. Es fácil adivinar el apocalipsis: comienza con
un silencio, luego una revolución de núcleos fusionándose in crescendo, un silencio de contracción
del espacio-tiempo y, por fin, la explosión de una supernova en forma de llanto
desconsolado.
Cuando acudimos al lugar de los hechos, la escena del crimen se
presenta desgarradora. La culpable, de ocho años y tres meses de edad, lanza
balbuceos bañados en ríos que descienden mejilla abajo para caer en forma de
catarata a un suelo en el que ya puede advertirse un cierto perímetro de
humedad. Frente a ella, callada, con la mirada perdida, está su antítesis de
siete años y ocho meses. En sus manos, el cadáver de la muñeca yace partido en
dos.
Nos miramos, comienza el interrogatorio. “¿Qué ha pasado?” “Que…que…quería
mi muñecaaaa” Negación de cabeza. “Es…míaaaa… Lahizomimamáesmíaaaaa”. Nada.
Es cierto que la hice yo, y que el padre de Penélope había creado su
correspondiente “mejor muñeca exploradora de todos los tiempos”. Aquellas
muñecas eran las mejores del mundo. Cada una parecida en detalle a su dueña –
sus ricitos, sus lunares, su expresión (yo me las había visto y deseado para
conseguir unos simpáticos hoyuelos) – y, lo más importante, cada una era una
promesa doble.
Que nos conociéramos fue una broma del destino, que a cargo de cada uno
hubiera una pequeña criatura, una coincidencia maravillosa… en principio.
Después de mucho tiempo, y solo cuando parecieron estar preparadas, nos hicimos
todos una promesa: las niñas tendrían que aprender que no son hermanas
solamente quienes comparten sangre, también quienes comparten hogar; nosotros,
que las apoyaríamos y las querríamos siempre, a las dos. Como sustitución de
una pipa de la paz, nos intercambiamos a las modelos y las hicimos como
quisieron: Medea, una piloto exploradora; Penélope, una astronauta– volar,
porque ambos esperábamos que no fuera huir, era algo que ambas parecían anhelar.
Los problemas no habían desaparecido, no existen las pócimas mágicas.
Las batallas seguían aconteciendo, cada vez más espaciadas, cada vez menos
terribles, menos de enemigas y más de hermanas. Todas las aguas parecían volver
a unos nuevos cauces, abiertos con nuestro sudor pero imprevisibles en su
transcurrir, por los que conseguíamos avanzar. Ninguna señal de peligro a la
vista… hasta hoy. Hoy se ha producido un asesinato. Romper una de Las Muñecas
no es un mero acto de rabia, es una declaración. Es la negación de un padre y
el asesinato de una madre. “Yo no tengo padre porque es tuyo, tú no tienes
madre porque es mía”. Es la ruptura de un mundo cotidiano, su mundo. La
supernova ha quebrado todas las dimensiones, ha hecho añicos su mirada.
No nos hemos movido, no hemos pronunciado palabra; no hemos podido.
Hace quince minutos las lágrimas de Medea cesaron. Hace catorce minutos
y medio las dos niñas se miraron y se sumergieron, por primera vez, en la
soledad de la otra. Hace trece minutos Penélope asintió lentamente, se levantó
– siempre muda, la mirada intermitente – con una mitad de la muñeca en cada
mano y se fue en dirección al cuarto de Medea, que no la retuvo, que permaneció
a la espera. Hace diez minutos volvió con la exploradora entre las manos, entre
los restos de la astronauta, y unas tijeras entre los dientes. Hace ocho
minutos Medea observó en absoluto silencio cómo la astronauta convertida en
cirujana cortaba a su muñeca en dos. Hace siete minutos nos entregaron a cada
uno una mitad de cada muñeca y señalaron el armario donde permanecen, en el más
absoluto caos, los “hilos para hacer muñecas”. Hace seis minutos y cincuenta y
nueve segundos comprendimos que no habíamos comprendido. Hace seis minutos y
cincuenta y ocho segundos comenzamos a llorar. Hace seis minutos y cincuenta y
cinco segundos (seis, siete, ocho…) su musa y la mía se dieron la mano,
encendieron la tele, y aún siguen sin hablar.
Tema propuesto por Eduardo: su musa y la mía se dieron la mano, encendieron la tele, y aún siguen sin hablar.