viernes, 16 de febrero de 2018

El tejido del tiempo

¡No consientas que traspasen el umbral! ¡Y mi marido con ellos, no permitas que vuelva a esta casa! Tú, hija del Tronante, dame la espada con la que emularé al loco Áyax. ¡Si ha de volver el dolor, que sea el último! Baja, portadora de la égida, y permíteme mirar las pupilas de la Gorgona.

AFRODITA ¿Qué son esos lamentos? ¡Oh, Tritogenia! ¿Dónde está esa desdichada?
ATENEA Allí abajo, en Ítaca.
AFRODITA ¿Allí? No hay más que hombres.
ATENEA Es el palacio de Odiseo.
AFRODITA ¿El ingenioso extraviado?
ATENEA El mismo. Su esposa todavía lo espera en la isla, no ha salido del palacio.
AFRODITA ¿Sola?
ATENEA Recluida entre esos muros desde que los guerreros marcharon a Troya, hace veinte años que escucho sus llantos.
AFRODITA Y mientras el guerrero saltando entre islas, ¿gobierna ella?
ATENEA Bien sabes que no; es su vástago quien ordena. También él la ha abandonado siguiendo los pasos del padre, perdiéndose entre la seductora espuma que te dio la vida.
AFRODITA Podría desposar a alguno de esos hombres, volver a ser reina.
ATENEA No es reina si no puede gobernar.
AFRODITA Podríamos liberarla, que huya de esta isla maldita...
ATENEA Ella es la isla, inmutable. Odiseo es el mar que viaja, cambia, envejece. Ella se debe a la tierra, a los campos; vive en ellos, germina con ellos; siempre permanece, con cada primavera rejuvenece. Ya liberamos a Helena...
AFRODITA ¡También ella era mar! ¡Nosotras somos el mar! Somos sus olas, su espuma…
ATENEA Y a la marea se unirá si no ponemos remedio. Pero no puede abandonar la isla, Cipris, los dioses no lo permiten.
AFRODITA ¿Qué hacer, entonces?
ATENEA Ven, te la mostraré.
AFRODITA ¿Es aquélla?
ATENEA Sí.
AFRODITA ¡Qué pálida está! Parece una estatua.
ATENEA Sus ojos son ya de vidrio y sus manos se han endurecido en el telar, Medusa de cabellos de lana.
AFRODITA ¿Y qué teje con tanto tesón?
ATENEA Una red, su propia trampa. Dicen que cuando cese su labor escogerá nuevo marido, nuevo amo, nuevo marinero. Una nueva semilla nacerá de sus todavía fértiles campos. Condenada a no ser nunca su propio presente, a ser siempre el pasado de un héroe partido a una guerra mezquina.
AFRODITA Pero teje deprisa y nadie ocupa aún el trono.
ATENEA No, deshace su tapiz cada noche.
AFRODITA ¿Cada noche?
ATENEA Así es. Fíjate bien: cada día teje un nuevo tapiz con una nueva escena. Su cuerpo es la isla, pero su mente es la brisa que surca los océanos. Con cada amanecer emprende un nuevo viaje, cada ocaso sus manos deshacen el camino.
AFRODITA Y entonces aúlla, como ahora...
ATENEA Entonces recuerda.
AFRODITA ¿Y cuando teje, no recuerda?
ATENEA Cuando teje viaja; deja la isla, la tierra, las raíces que oscurecen bajo el suelo devoradas por gusanos. Deja su cuerpo para volar, olvida que recuerda.
AFRODITA ¿Y podría olvidar para siempre?
ATENEA Mejor: podría ser brisa para siempre, tejer su propio presente.
AFRODITA ¿Cómo? El telar es pequeño y los hilos están a punto de romperse.
ATENEA Por eso te he llamado. Dame uno de tus largos cabellos enredados entre agujas.
AFRODITA Ya veo lo que tramas, guerrera de mil encantos. Ten dos, serán más fuertes.
ATENEA Entonces añadiré yo dos más. Dame también una aguja de las tuyas, haremos con ella la madeja que sustituirá sus viejos hilos. Sea para ella la nave que ansía. Debemos marcharnos, el viejo navegante no está lejos y debo guiarlo hasta su antiguo hogar.
AFRODITA ¿Qué ocurrirá cuando arribe?
ATENEA Ninguna Penélope vivirá ya sobre esta isla...

sábado, 3 de febrero de 2018

Elpimanía


Ha salido tres veces, tres veces ha vuelto a entrar. Ha atravesado tres umbrales diferentes, un precio, cada vez un nuevo sacrificio rendido al cambio de mundos. Tres veces se ha adentrado en la vida, en la jungla, en el océano, en el vasto cielo, para volver tres veces a las profundidades, el desierto, la noche, la nada.
Se puso la vez primera la esperanza por abrigo, embutiendo en ella sus miedos, haciéndolos perecer entre una blanda capa de sueños. Volvió para descubrir que se habían aferrado a los retales de realidad que colgaban de sus ojos.
Salió luego con un espejo, hijo de la vieja épica. Ningún monstruo detendría sus pasos, ninguna luz quemaría su piel, nadie alzaría su espada contra su propio reflejo. Volvió con nuevos hilos de realidad enredados en el resplandeciente escudo, nuevos miedos asomando desde el afilado borde, un reguero escarlata a sus espaldas. Ya no verá más que el reverso del cielo, no habrá más mundo que el de la sombra. 
Una tercera incursión, la última, el retorno definitivo. ¿Cómo escapó? Nadie lo sabrá. Volvió sin sus miedos, sin su escudo, sin las sombras y los hilos. Conserva los sueños, pero ha pagado con la palabra. Nadie sabe lo que ven sus pupilas opacas, que ha dejado encerradas en la caja de Pandora.