“Callé.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.” (fragmento de “Casi el mismo dolor” de Annemarie
Schwarzenbach”
Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de
la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del
espacio-tiempo con atascos.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.
Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de
la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del
espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que
no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.
Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de
la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del
espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que
no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente
lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se
guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados entre los
espacios dentales.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.
Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de
la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del
espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que
no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se
guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los
espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la
mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos
relojes mudos.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.
Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de
la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del
espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que
no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se
guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los
espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la
mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos
relojes mudos.
Sus palabras se intercalaban con unas
inspiraciones graves, con unos latidos agudos, con las luces naranjas, con el
murmullo de los fantasmas.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.
Callé.
Sus labios se articulaban a la velocidad
de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del
espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que
no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se
guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los
espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la
mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos
relojes mudos.
Sus palabras se intercalaban con unas
inspiraciones graves, con unos latidos agudos, con las luces naranjas, con el
murmullo de los fantasmas: “tercer piso”, “sobrevivido”, “acompañar”, “difícil”.
Su voz calló, sus manos soltaron las
mías y Gordon, por fin, se movió, me miró, y se disolvió con el aumentar de los
latidos, con el apagarse de la respiración, con el cerrarse de las puertas.
Me había dicho algo que yo ya sabía.
También Gordon lo sabía.