sábado, 24 de agosto de 2019

Ejercicios poco oulipianos


“Callé.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.” (fragmento de “Casi el mismo dolor” de Annemarie Schwarzenbach”

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados entre los espacios dentales.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos relojes mudos.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos relojes mudos.
Sus palabras se intercalaban con unas inspiraciones graves, con unos latidos agudos, con las luces naranjas, con el murmullo de los fantasmas.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se articulaban a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos relojes mudos.
Sus palabras se intercalaban con unas inspiraciones graves, con unos latidos agudos, con las luces naranjas, con el murmullo de los fantasmas: “tercer piso”, “sobrevivido”, “acompañar”, “difícil”.
Su voz calló, sus manos soltaron las mías y Gordon, por fin, se movió, me miró, y se disolvió con el aumentar de los latidos, con el apagarse de la respiración, con el cerrarse de las puertas.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

domingo, 4 de agosto de 2019

Mattina


El día comienza con un chasquido, y luego otro, y luego otro. Miles de fosas nasales aspirando el olor del primer café.

El suave sonido de las zapatillas que se arrastran acaricia el lóbulo de la oreja mientras se deja caer delicadamente en el tímpano, tras recorrer una a una las olas de sus confines cartilaginosos.

El sol aún no quema. Desde la ventana, y sin orden judicial, entra la brisa, allanadora de moradas.  El nuevo día trae consigo un nuevo aire, un nuevo oxígeno que llenará los pulmones de vida gaseosa.

Allá fuera, los estorninos vuelan, dos gatos mantienen su primera pelea de la jornada, el camión se lleva la inmundicia pasada.

Aquí, en el refugio de azulejo, bebo a sorbos la calma humeante de la taza.