martes, 21 de abril de 2020

Fénix


Mira desconcertado a su madre. “Ahí no hay nada” le dice, “Pero mamá, habías prometido explicarme qué miras, me lo habías prometido. ¡No hay nada!” Ella, con esa sonrisa de mago que ponen los adultos, mira la hora en la pantalla y espera pacientemente hasta que la última cifra cambia. “Ahora,” le responde calculando el tono exacto que flota en el baricentro entre la energía, la dulzura y la autoridad, “vuelve a mirar”.

Sin rechistar, echando la vista hacia atrás con desconfianza, vuelve a asomarse por la ventana tubular. En la oscuridad empieza a distinguirse un destello, una luz roja, amarilla, blanca, todos los colores giran y se funden en una última explosión que devuelve la lente a la oscuridad.

El niño no sabe qué sentir, tiene la sensación de que la explosión se ha llevado también toda su sangre. Se queda inmóvil, petrificado, observando una nada que sabe que no volverá a brillar. La voz de su madre, de quien se había olvidado casi tanto como de respirar, le hace dar un respingo. “Ha hecho lo mismo por lo menos desde hace 12 años” dice más para ella que para su hijo. “Cada día a esta hora explota y muere… lo cual quiere decir que cada día renace. No hay ningún cuerpo que haga eso, es único, indescifrable.”

Él la mira todavía mudo. Tiene tantas preguntas que hacer que no quiere hacer ninguna. Las pupilas en los ojos de su madre se han transformado en dos lentes a ninguna parte, y de pronto se siente como la aguja de una jeringuilla que las atraviesa, que inspecciona, que succiona sin llegar a extraer nada. Todo parece moverse salvo ella, todo el tiempo parece detenerse salvo el suyo.

La observa, perplejo, dándose cuenta por primera vez de las canas que asoman escondidas en la maraña de pelo, de que sigue frunciendo el ceño incluso cuando sonríe y de que las cálidas manos que antes le han enseñado a enfocar el cielo  - así, con estas ruedecitas - tiemblan casi tanto como sus labios.