Mira desconcertado a su madre. “Ahí no hay nada” le dice, “Pero mamá,
habías prometido explicarme qué miras, me lo habías prometido. ¡No hay nada!”
Ella, con esa sonrisa de mago que ponen los adultos, mira la hora en la
pantalla y espera pacientemente hasta que la última cifra cambia. “Ahora,” le
responde calculando el tono exacto que flota en el baricentro entre la energía,
la dulzura y la autoridad, “vuelve a mirar”.
Sin rechistar, echando la vista hacia atrás con desconfianza, vuelve a
asomarse por la ventana tubular. En la oscuridad empieza a distinguirse un
destello, una luz roja, amarilla, blanca, todos los colores giran y se funden
en una última explosión que devuelve la lente a la oscuridad.
El niño no sabe qué sentir, tiene la sensación de que la explosión se ha
llevado también toda su sangre. Se queda inmóvil, petrificado, observando una
nada que sabe que no volverá a brillar. La voz de su madre, de quien se había
olvidado casi tanto como de respirar, le hace dar un respingo. “Ha hecho lo
mismo por lo menos desde hace 12 años” dice más para ella que para su hijo.
“Cada día a esta hora explota y muere… lo cual quiere decir que cada día
renace. No hay ningún cuerpo que haga eso, es único, indescifrable.”
Él la mira todavía mudo. Tiene tantas preguntas que hacer que no quiere
hacer ninguna. Las pupilas en los ojos de su madre se han transformado en dos
lentes a ninguna parte, y de pronto se siente como la aguja de una jeringuilla
que las atraviesa, que inspecciona, que succiona sin llegar a extraer nada. Todo
parece moverse salvo ella, todo el tiempo parece detenerse salvo el suyo.
La observa, perplejo, dándose cuenta por primera vez de las canas que
asoman escondidas en la maraña de pelo, de que sigue frunciendo el ceño incluso
cuando sonríe y de que las cálidas manos que antes le han enseñado a enfocar el
cielo - así, con estas ruedecitas
- tiemblan casi tanto como sus labios.