lunes, 12 de noviembre de 2012

CAPÍTULO 4


Alzó su cabeza hacia el Sol. Sus ojos se cerraban con deleite, le encantaban los primeros rayos de Sol, ésos que acarician el rostro al rato de despertar, dando los buenos días. Hacía tanto tiempo que no se preocupaba por aquellas cosas que casi había olvidado lo que se sentía. Miró hacia el interior de la casa. Podía ver la negra cabellera de Anwar moverse de un lado para otro, seguramente en busca de algo que llevarse al estómago. Hacía ya dos semanas que habían salido huyendo del mundo inferior. La casita heredada de los padres de Anwar era, más que una casita, toda una mansión en mitad del campo. Ella se había instalado en una de las buhardillas superiores, que tenía una ventana abierta en el tejado, y desde allí había comprobado que más allá de un par de carreteras comarcales, no había ni rastro de civilización. Palpó el bolsillo de su pantalón. Allí se encontraba la prueba de que el mundo subterráneo no era una invención de su desequilibrada cabeza. Además del libro, se había llevado consigo una de las cajitas, la más pequeña, en las que había depositado algunas de las bacterias bioluminiscentes que alumbraban aquel mundo de penumbra. A veces se preguntaba si no podría hacerse al revés, tener una pequeña antilinterna, algo que absorbiera parte de la luz; algo, claro, aparte de los archiconocidos agujeros negros. 

No había pasado mucho tiempo bajo la superficie, pero aquel mundo la había cautivado de tal forma que era capaz de sentir nostalgia de aquellos días que había vivido como “turista”. La salida había sido más bien precipitada, pero incluso a pesar de la relativa rapidez con que la habían efectuado había podido llevarse un último recuerdo. Iban a volver a casa cuando, de repente, la ciudad pareció enmudecer. Sahira no se había dado cuenta hasta entonces, pero la gente de la calle se había ido concentrando a los lados, dejando el centro de la vía libre. Al principio parecía no pasar nada pero, al cabo de unos segundos, el rumor de un redoble de tambores llegó a sus oídos. El ritmo le recordó de inmediato a las procesiones que se celebraban en Semana Santa aunque con un ritmo algo diferente. Sin embargo, algo además del ritmo era distinto, no sabía explicar por qué, pero no era del todo igual. No pasó mucho tiempo antes de que averiguara la razón: no era una sola procesión la que se acercaba, sino dos. Dos procesiones que avanzaban en sentidos opuestos. Las comitivas estaban formadas por encapuchados que avanzaban en un silencio sólo roto por sus baquetas rebotando en la membrana. No era el sentido lo único opuesto, sino que vestían los unos ropajes verdes, mientras los otros los vestían rojos. Ambos bandos se encontraron en el cruce de calles que se estaba justo frente a ellos, y tomaron juntos la calle que arrancaba perpendicular. Mientras salían luego a través de una línea de metro, Anwar le explicó de qué se trataba. Era una celebración del invierno. El rojo y el verde representaban el calor y las plantas, que morían al venir el frío. No parecía ser una festividad demasiado lógica, teniendo en cuenta la poca variación térmica que sufrían allí abajo, pero la habían conservado como una tradición no ya religiosa, sino más bien como una herencia de su pasado arriba.

Se preguntaba con frecuencia cuántas cosas se había dejado sin conocer, aunque reconocía que no podría vivir mucho tiempo bajo la superficie, ella necesitaba el sol casi tanto como las plantas para hacer la fotosíntesis. Anwar, sin embargo, no parecía tener demasiado interés por el mundo exterior.  A pesar de afirmar que había vivido bajo el sol hasta su juventud, no daba ni la más mínima muestra de interés por la realidad. “Puede que lo conozca bien” pensaba Sahira “o puede que piense que conoce lo suficiente como para no salir”. Tampoco debía de ser fácil exponerse a la luz solar con aquella piel tan pálida, y suponía que tener que llevar siempre el sombrero debía de ser una pesadilla. Se encerraba en la casa y se ponía a leer libros y más libros. Las únicas cosas que parecían ser capaces de sacarlo de su modo de vida ermitaño eran los días de lluvia y las noches, seguramente porque eran dos cosas que no existían en el mundo donde vivía. Era curioso ver cómo provocaban en él dos efectos muy distintos. Cuando llovía se enfundaba una capa y echaba a andar por el campo como alma en pena, y no volvía hasta que aclaraba el día. Siempre, siempre se las apañaba para estar de vuelta en esos momentos indefinidos donde aún no ha aclarado el cielo, pero ya ha agotado las nubes. Las noches claras, sin embargo, parecían meterse en su cuerpo como si de una poción mágica se tratara, haciendo que hablara animadamente durante horas sobre las estrellas. Se sabía todas y cada una de las constelaciones, las antiguas historias que de ellas se contaban, los datos más científicos y de última hora,... todo. Normalmente ella le tenía que dejar con su verborrea para irse a dormir, aunque últimamente estaba cambiando sus hábitos de sueño para poder aprovechar el único momento del día en el que él hablaba voluntariamente sin respuestas escuetas. Algunos ratos, al anochecer, cuando salía de su estudio pero aún no se podían ver las estrellas, le hablaba en árabe “para que practicara”. Había mejorado mucho, en parte gracias al entusiasmo que le producía la perspectiva de volver algún tiempo allá abajo.

Una de aquellas noches, Anwar estaba extrañamente inquieto. No hablaba. Iba de un lado para otro describiendo una línea recta en ambos sentidos. A veces se detenía. Entonces miraba al cielo para luego bajar la vista hasta ella. Suspiraba levemente, semiabría la boca y... otra vez a caminar. Esta situación le resultaba tan curiosa a Sahira que no pudo reprimir el impulso de preguntarle qué era aquello que tanto parecía preocuparle. Él se detuvo. Inspiró dejando que su diafragma bajara completamente y luego dejó salir el aire lentamente, como si quisiera ganar tiempo antes de hablar.

- Mira, – dijo señalando hacia algún lugar entre las estrellas - ¿ves aquello? Son Marte, Júpiter y Venus a punto de alinearse.
- Claro, pasa de vez en cuando. – No lo veía. – Pero, ¿por qué estás tan nervioso?
- Vale, esto te va a sonar raro pero... hay una predicción.
- ¿Una predicción? ¿Como un oráculo? ¡Venga ya, esto no es una película!
- No, no es una película. Por eso estoy tan inquieto. No sé si recuerdas que tuviste que cambiarte el nombre nada más llegar.
- Claro que me acuerdo, ni siquiera me has dejado decirte mi nombre de verdad.
- Hay una sencilla razón para ello – paró para rectificar. – Bueno, quizás no tan sencilla. Nuestros nombres, nuestros verdaderos nombres marcan todo nuestro destino. Por ello es mejor que nadie los sepa. Mira esto. - Se desabrochó la camisa y se dio la vuelta, mostrando en su espalda dos grandes tatuajes, dos enormes círculos o, mejor dicho circunferencias, la primera de ellas vacía y la segunda atravesada por una línea vertical.  - ¿Recuerdas que la población se divide según los cuatro elementos? - asintió con la cabeza.- Bueno, pues también esto es importante. Cada niño al nacer es tatuado con los símbolos de los elementos de sus padres, algo así como si se tratara de un horóscopo. Es algo así como nuestro apellido y, además, heredamos el elemento de nuestro padre. Yo, por ejemplo, sería Anwar de fuego y aire.
- Vale, muy bonito pero...
- Todo nuestra sociedad se centra en el wahy, en el oráculo. A él se suele asistir al cumplir la mayoría de edad en busca de una predicción de tu futuro. Es, como le llamáis aquí, nuestro rito de paso. Es una ceremonia muy íntima, en la que durante unos minutos estás cara a cara con el wahy en la gran sala celestial. Allí es donde recibes tu verdadero nombre, por eso es tan especial. Tras haberle mostrado los tatuajes, el oráculo se sienta frente a ti, te mira fijamente unos segundos y te da un nombre y una predicción, es labor de cada uno interpretarlos después.
- Vaya, suena a novela barata... con perdón – añadió temiendo herir los sentimientos de su amigo. Se tranquilizó al ver que le dirigía media sonrisa,  como si él también lo pensara. - Y a ti, ¿qué te predijo?

En el mismo momento de haber pronunciado esas palabras se arrepintió. No debería haberlo hecho, aquello era algo muy privado, demasiado privado. Se daba cuenta que preguntándole aquello le pedía que le abriera su destino, los secretos de su alma. Iba a disculparse de nuevo, pero él se le adelantó:

- Que encontraría a la domadora de destinos.
- ¿La domadora de destinos? - le observaba con los ojos bien abiertos y el entrecejo fruncido.
- Sí, eso mismo, alguien sin un destino escrito, que es completamente libre, y por tanto, enteramente responsable de sus actos. Alguien capaz no sólo de modelar su propio destino, sino de cambiar el de los seres más cercanos. Dime una cosa: tú eres huérfana, ¿no?

Palideció. “Cómo... ¿cómo sabes eso?” consiguió preguntar.

- Bueno, digamos que he tenido algo de ayuda. Aún conservo algunas amistades de aquí arriba, entre ellas un policía. Recientemente le trasladaron a Londres para trabajar con la Interpol, pero igualmente tiene acceso a las bases de datos españolas. Fue él quien me consiguió la información. Tus apellidos y los de tus padres no coinciden.

No, aquello era cierto. Se podía saber incluso con su DNI. Sus verdaderos padres la habían abandonado nada más nacer, dejándole como única herencia sus apellidos. Ella fue adoptada cuando tenía ya diez años y, naturalmente, nadie se planteó siquiera darle unos nuevos. No eran gran cosa, Muñoz Fernández eran dos de los apellidos más comunes en todo el país, pero eran lo único que conservaba de sus orígenes.  

- Espera, ¿un policía de la ciudad? ¿Cómo se llama?
- Vaya, no sabía que conocieras a las fuerzas del orden. Se llama Alejandro, Alejandro García.

 Aquello fue como un verdadero jarro de agua fría. Sintió que sobre ella caía pesadamente aquella soledad de la que había salido huyendo de su casa unas semanas antes. Echó a correr. Ni siquiera los gritos de Anwar llamándola pudieron hacerle volver la cabeza. Quizás si lo hubiera hecho no habría seguido corriendo, pero necesitaba correr. Necesitaba de alguna forma alejarse de todo, dejarlo todo atrás.

Al cabo de un rato se sentó. Allí estaba, otra vez sola. Esta vez ni siquiera los aparatos electrónicos o los sonidos de la ciudad la acompañaban. Era ella frente a las estrellas, frente al cosmos. Un universo oscuro e infinito, que se agrandaba más en tanto que más lo miraba. Se quedó muy seria, mirando las estrellas. Sus guiños acompañaban a la Luna, casi llena, cuya luz la envolvía y le hacía ver un poco mejor los recovecos de su alma. Revisó primero sus últimas experiencias. La ciudad subterránea, Anwar, la inmobiliaria, la calle, su casa. Ya no sentía ningún apego por aquella casa, aquella casa que le recordaba su pérdida con cada pequeña mota de polvo que se posaba, y con cada rayo de sol que se filtraba. Su último año de trabajo. Alejandro. Ahí estaba el problema: Alejandro. De él vio sus primeros encuentros, su primera cita oficial, sus viajes, su vida en casa,... todo, lo vio todo. Vio también el momento de la despedida, su imagen desapareciendo tras el arco detector de metales, y la sensación de que, aunque aún no lo habían reconocido, aquello se había acabado. Se le hizo un nudo en el estómago, su garganta comenzaba a picar, sus ojos empezaron a lacrimar, y desde la cueva más profunda de su corazón, atravesando primero toda su espalda, salió un alarido, el aullido de bestia herida, que quiere hacer salir de sí misma sus últimas fuerzas mediante un grito desesperado a la Luna. En el preciso instante en que todo su aire había abandonado sus pulmones,y se encontraba vacía de todo lo que no fueran sus propias vísceras y sangre, se dio cuenta de que no le había llorado hasta entonces. Había derramado alguna lágrima, había lamentado su pérdida, se había encerrado en sí misma, y había dejado de lado toda relación con el mundo. Había hecho todo aquello, pero no había descargado su rabia y tristeza, lo la había dejado salir. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas rojas e hinchadas. “Y ahora, ¿qué?” se preguntó. “¿Qué voy a hacer?” El mundo que conocía había pasado a ser algo ajeno, sin sentido. Ya no sólo no tenía padres, tampoco tenía casa a la que volver, ni mundo al que pertenecer. Comenzó a sufrir violentas convulsiones en el diafragma, que dificultaban aún más su respiración, y hacían que su cara enrojeciera aún más y su cerebro recibiera aún menos oxígeno. Oyó el crujir de las hojas secas a su espalda. Ni siquiera se volvió para ver quién se acercaba, le daba igual, ya nada importaba. Algo cayó sobre sus hombros, una manta. No se había dado cuenta, pero estaba tiritando. Se miró las manos, pálidas de frío, y sus brazos que se asemejaban a los de un ave desplumada. Se envolvió con la manta, dejando que el calor reavivase la sangre. Se secó los ojos con la mano, debía serenarse, debía parar o ya no sería capaz de hacerlo en al menos unas horas. El pisador de hojas se sentó junto a ella.

- Lo siento – susurró, casi sin voz, Anwar.
- Eres un cabrón – apenas podía hablar. Se sentía torpe. Parecía casi imposible mover la lengua y los labios, y el hipo seguía dificultando expulsar el aire regularmente.
- Lo sé. Perdóname, no debería haberte dicho nada. Supongo que yo también estaba demasiado alterado.
- Ha sido algo... inesperado. Es que, yo... yo... - de nuevo las lágrimas volvieron a aflorar con violencia, corroyendo los surcos ya trazados en sus mofletes.

Anwar la abrazó al tiempo que seguía susurrando “lo sé, lo sé, perdóname”. Era la segunda vez que la abrazaba. Esta vez sin rastro alguno de ansiedad. La meció suavemente, devolviéndole la calma poco a poco. Volvía a notar aquella extraña sensación que ya había experimentado en la tetería subterránea. Volvía a sentirse integrada en el orden del mundo, era de nuevo parte de la realidad que la rodeaba. “No,” pensó mientras apoyaba su cabeza sobre el pecho de Anwar “no estoy sola”. Los latidos del corazón de Anwar retumbaban en su cabeza, marcando un ritmo fuerte y acompasado. Cerró los ojos, ya no tenía nada que temer. “Quiero pedirte un favor” murmuró.

martes, 30 de octubre de 2012

CAPÍTULO 3


Sus tripas bramaban, suplicando ser obsequiadas con algo sólido. Era difícil llevar el ritmo de vida en un mundo donde siempre era de noche. Sólo llevaba una semana, y aún no había tenido tiempo de adaptarse a aquella extraña ciudad. Ni siquiera sabía dónde estaba exactamente, aunque consideraba muy probable que estuviera debajo mismo de la ciudad que había abandonado. Pasaba sola la mayor parte del día, así que aprovechaba para salir y conocer algo más cómo funcionaban las cosas allí abajo. Anwar no era muy hablador. No le había contado nada sobre el mundo (aunque tampoco parecía que él mismo lo conociera demasiado bien) ni de su profesión. Lo único que sabía era que desaparecía a primera hora de la mañana, para reaparecer justo cuando tocaba comer. Luego paseaban por la ciudad, casi siempre en silencio, y habían acabado todos los días sin excepción en una especie de tienda de dulces donde vendían unas grandes golosinas redondas de infinidad de sabores. Eran esponjosas y se deshacían en la boca, desapareciendo poco a poco y dejando un regusto delicioso que las hacía permanecer en el paladar hasta que cenaba. Ella observaba la ciudad con avidez intentando ver cada detalle de ella, ya que el que podría ser su guía no parecía tener muchas ganas de ejercer como tal. Todo estaba envuelto en una especie de atmósfera arábiga, no sólo por la grafía que decoraba los carteles de las tiendas, sino también por los arcos de herradura y los colores que adornaban las entradas e interiores de los edificios. En contra de lo que podría pensarse, las gentes que allí vivían no recordaban en nada a los árabes que hubiera podido ver en la televisión o por su barrio. Cada uno parecía haber cogido una prenda al azar, pudiendo ver tanto personas que parecían recién salidas de la Edad Media, como modelitos dignos de la última película futurista de Hollywood. Ella, por su parte, había adquirido algunas prendas no demasiado llamativas, gracias a que, no sabía cómo ni por qué, la moneda subterránea era también el euro. No es que fuera una moneda propia, sino que usaban las piezas que Dios sabe cómo habían caído en sus manos. Todos tenían la piel tan pálida como pudiera serlo la nieve más pura de invierno y unos ojos claros, casi transparentes. Todo el mundo iba a pie aunque, según había comprobado, había una especie de metro que iba de una punta a otra de la ciudad, y sus túneles trazaban un asterisco cuyo centro se encontraba próximo a la casa donde vivían. Éste, según le había explicado brevemente Anwar,  avanzaba por unos raíles imantados que lo sostenían en el aire y frenaba gracias a un complejo sistema de imanes. Sahira, como había pasado a llamarse, intentaba leer todas aquellas letras que se cruzaran por delante de sus ojos. Había empezado a aprender a escribir con aquellas exóticos símbolos, y ya había hecho progresos nada despreciables. El árabe no lo entendía aún (aunque se entrenaba todos los días con los libros de su cuarto), pero gracias a que podía leer ya fonéticamente muchos de los carteles y textos de la calle había hecho un descubrimiento sorprendente sobre la lengua de la gente del inframundo, como las llamaba ella bromeando. Allí se hablaba, o al menos se escribía puesto que no había entablado conversación con nadie distinto de Anwar, un dialecto que mezclaba vocablos del español y del árabe, aunque a primera vista resultaran indistinguibles ya que se escribían con el mismo alfabeto.

Una de las cosas que más le sorprendió fue el descubrimiento de una especie de carromatos eléctricos que recorrían la ciudad, y que más de una vez parecían estar a punto de atropellar a los pacíficos transeúntes. Ella misma podría haber muerto bajo las enormes ruedas de uno de aquellos vehículos de no ser por que Anwar la cogió por el cuello de la camisa, lo que casi le provocó una muerte por asfixia, lo cual habría sido hacer un pan como unas hostias. Tras la taquicardia correspondiente había interrogado a Anwar sobre el por qué de la existencia de semejantes cacharros. Según le contó la actividad social de aquellas gentes era meterse en los grandes carros a leer, en silencio, mientras daban vueltas alrededor de la ciudad. Eran unos carros enormes, con unas ruedas igualmente gigantescas que no parecían tener ningún sentido práctico. En la parte de atrás tenían una estantería con un montón de libros, por si había algún despistado que no llevara uno encima. La verdad es que no parecía tener ningún sentido todo aquello, que mejor podrían quedarse en sus propias casas leyendo, pero por alguna razón aquellas gentes disfrutaban de la compañía en silencio, y de la posible distracción que podía suponer mirar por la ventana y ver algo de movimiento. Sahira había sorprendido ya algunas caras con la mirada perdida que, definitivamente, no estaban leyendo.

Más curioso, y a la vez más lógico, le resultó ver las mascotas del mundo subterráneo. Los había, claro, que adoptaban un topo o rata, o algún animal acostumbrado a vivir bajo la superficie. Sin embargo, también parecían haberse puesto de moda las mascotas "virtuales", animales disecados sobre ruedas que llevaban algunos niños arrastrados, y que podían moverse ligeramente e incluso emitir algún sonido que otro. Así pudo ver perros, gatos, ardillas,... que le hacían estremecerse más que sentir ternura por aquellos niños. Era un mundo extraño, incluso macabro, nadie parecía llevar una vida normal... claro que tampoco nade parecía ser normal.

No solía salir hasta que volvía Anwar, pero aquella mañana estaba especialmente hambrienta. Tomó algo del dinero que aún le quedaba y se fue, confiando en su habilidad para el lenguaje. Conocía una especie de bar cercano a la casa. Allí habían comido o cenado ya varias veces y se sabía el precio y la pronunciación exactos de su plato favorito. Aquellos días la había sorprendido que a nadie le extrañara su presencia por allí, lo que le hacía pensar que la ciudad era en realidad mucho más grande de lo que imaginaba. Tampoco les extrañaba su color de piel, a pesar de poder pasar como afroamericana en medio de la multitud de pálidas personas que llenaban las calles. Llevaba con ella el libro que Anwar le había regalado el primer día. De hecho, aquel libro la acompañaba donde quiera que fuese, eso sí, con el máximo cuidado del que era posible. Siempre que tenía un rato muerto lo hojeaba y leía, pues aquél era el único vínculo que le quedaba de su realidad anterior. No es que la echara mucho de menos, pero le gustaba recordar algunas de las cosas que le habían pasado antes, mucho antes de conocer a Alejandro. Recordaba el colegio, su primer año de instituto y, luego, su época dorada, aquélla en la que se pasaba las tardes borracha de felicidad y diversión, con la sensación de pertenecer realmente a algo. Suspiraba entonces, con la certeza de que no volvería a sentirse así nunca más. Ahora todo eran problemas, todo era demasiado complicado, aun cuando en ese momento no tuviera nada que hacer más que descubrir aquel nuevo mundo que se le había aparecido como por arte de magia.

Removía lentamente el té, demasiado caliente aún para llevárselo a los labios. Había devorado ya los bollos que servían con la infusión y tenía la garganta seca. Sopló a la taza antes de tomar el primer sorbo. Se abrasó la lengua. Una pena, ya no podría disfrutar de la bebida. Se preguntaba qué podría estar haciendo Anwar. No era muy hablador, apenas lo justo para indicarla lo que podía hacer, o para enseñarla alguna palabra del idioma. Ni siquiera por las tardes, al pasear con él, se podría decir que realmente pasara el tiempo con él. La expresión más acertada seguramente sería pasar el tiempo cerca de él, algo así como a tres metros de él. Parecía uno de aquellos personajes de película que nunca revelan quiénes son en realidad, pero que siempre se quedan con la chica. Ciertamente, desprendía un aire, como un perfume de atracción que hacía que ella misma se tornara casi muda en su presencia. Con su piel blanquecina y su cuerpo enclenque parecía que se pudiera romper en cualquier momento y, sin embargo, sus ojos, su boca, sus movimientos revelaban una personalidad mucho más activa y fuerte.

Sonó la campanilla de la entrada. Alzó los ojos. “Y hablando del rey de Roma...” pensó. Anwar acababa de atravesar el umbral y volvía la cabeza en todas direcciones. Parecía agitado, podía notar cada respiración y casi, pensó, podía escuchar cada latido que producía su corazón al bombear la sangre y compensar algún tipo de esfuerzo. Por fin la vio. Clavó en ella esos ojos cristalinos y, como si hubiera lanzado una cuerda de la que ahora tirara, avanzó hacia ella con pasos enérgicos. Se levantó y le tendió la mano con una sonrisa para saludarle, pero él obvió el gesto y la abrazó. Ella se quedó rígida. No se esperaba aquella acción. Él nunca había mostrado ningún gesto de cariño, dejando aparte el hecho de que la dejara permanecer con él. Se quedó atrapada por la sorpresa, y sentía cómo sus mejillas enrojecían. En realidad nadie la había abrazado desde... desde su último viaje a Londres. No se había parado a pensarlo, pero no había dejado a nadie acercarse hasta entonces, sabía cómo guardar las distancias y conectar todos los sistemas de alarma internos. Así estuvieron durante unos segundos. “Es distinto” pensó. Cuando Alejandro la abrazaba, parecía que no existiera el mundo, que ni siquiera ella existiera.  Mientras Anwar la abrazaba, además de la preocupación que estaba demostrando, era el propio mundo el que parecía abrir sus brazos y protegerla, como si ella tuviera también derecho a disfrutar de él y descubrir sus secretos.

Anwar la soltó. La miró intensamente, como si no terminara de creerse que de verdad estuviera allí. Ella seguía muda y su corazón cada vez latía con más intensidad. Le temblaban los labios y podía sentir el rubor recorriendo su cara. Él le posó una mano sobre su hombro sin mediar palabra. Suspiró profundamente y ambos volvieron a sentarse en la mesa. Él pidió una infusión al joven camarero. Permanecieron en silencio hasta que tomó el primer sorbo. Fue Anwar quien se decidió primero a hablar:

- Lo siento... Lo del abrazo, quiero decir. Estaba muy preocupado -  volvía a ser el joven serio, distante y parco en palabras que conocía.
- Nnno, no-no-no pasa nada – qué ridículo, ¿por qué tartamudeaba? Debía recuperar también ella el control de sus palabras. - Pero me gustaría saber a qué venía. Creo haber dejado una nota a la puerta, y no me parece este un sitio peligroso ni con mucha posibilidad de pérdida.
- No es eso. Al volver a casa he encontrado todo revuelto, sin duda por alguien que ha entrado a robar. Alguien buscaba algo... o a alguien. He encontrado tu nota en el suelo y por eso he temido...
- Que me hubieran hecho algo. Tranquilo, no tienes de qué preocuparte. ¿Cómo ha quedado la casa? Dios mío, espero que no haya sido nada grave ni te haya desaparecido nada. ¿No habrá sido por mí?  Tal vez estoy abusando de tu hospitalidad.
- No, – la interrumpió bruscamente – fui yo quien te trajo hasta aquí, y no quiero convertirme en el responsable de que te pase nada malo. Ahora mismo no te puedes ir, sería demasiado arriesgado. Lo siento, sé que no tienes nada que ver con todo esto, pero me temo que te he metido de lleno en asuntos turbios. Creo... sí, creo que ha llegado la hora de ponerte al día de todo y tomar algunas medidas de emergencia.

Sahira no salía de su asombro. Aquel que hablaba no parecía el mismo Anwar de los días anteriores. Sus ojos, aunque la mayor parte del tiempo miraban fijamente a los suyos, se movían continuamente, agitados, como si tuviera una sobredosis de cafeína. Sus manos gesticulaban como si las palabras no bastaran para explicar la situación. Hablaba atropelladamente, como si cada segundo fuera un tesoro que no pudiera dejar escapar, como si en cualquier momento fuera a tener que parar de hablar y salir corriendo. Podía ver claramente toda esa energía que había intuido en sus ojos, revelándose ante ella la parte más activa que había manifestado hasta entonces su anfitrión.

- ¿Todo? ¿A qué te refieres con “todo”?
- Pues eso, a todo lo que puedo contarte. Para empezar, debería informarte de dónde estás, ya que supongo que aún no lo has averiguado. Todo esto, como ya habrás deducido, es una gran ciudad subterránea. Los orígenes, según se cuenta, se remontan al destierro masivo de árabes y judíos por parte de los Reyes Católicos, o al menos eso cuenta la leyenda. Aquí se refugiaron, por así decirlo, todos los hombres de ciencias con sus familias. Esto es, básicamente, una comunidad de químicos, biólogos y médicos. Hemos vivido aislados de vuestra sociedad, aunque varias familias llegaron a asentarse en el exterior, así que de vez en cuando baja algún visitante y nos trae noticias. De ahí nos viene el ser tan pálidos, supongo. No puedo contarte demasiado con respecto a todo esto, pues no estoy realmente enterado ni de la historia ni de cómo funcionan las cosas realmente por aquí.
- ¿Pero cómo puedes no saber...?
- Mi madre era de la superficie. Mi educación no fue exactamente la misma que la de alguien de por aquí. Sí que tengo algunos conocimientos de química y biología básica, pero casi todo lo que sé lo aprendí allá arriba, lo cual no me sirve demasiado aquí abajo, donde parece más bien que jueguen a ser alquimistas. No me malinterpretes, tú misma has podido ver lo avanzado que está esto, pero todo el método de trabajo es diferente. La población está dividida en función de los cuatro elementos clásicos: fuego, aire, agua y tierra; lo cual puede decirte mucho sobre la obsesión de esta sociedad por la ciencia. Las humanidades no son, en cualquier caso, nuestro fuerte. De hecho, creo que yo soy una de las personas con más libros no-científicos de por aquí. Los hay, claro que los hay, ya te he dicho que no estamos totalmente aislados del mundo superior, pero no son las lecturas más populares de las librerías.
- Sí, bueno, vale, ya lo pillo, sois lo que llamaríamos unos cerebritos. Pero tú, ¿a qué te dedicas? Si no he entendido mal, no puedes trabajar aquí abajo como los demás.
- No, eso es cierto. Pero también te he dicho que pasé mucho tiempo en la superficie, y que a los de por aquí todo lo que se salga de la lógica no les parece motivo de estudio. Eso quiere decir que tampoco saben muy bien cómo manejar sus impulsos y emociones, y la empatía la tienen... digamos que poco desarrollada. Yo no es que sea un doctor en psicología (me mudé aquí definitivamente con la carrera en química recién terminada), pero sé lo suficiente de lo que se le pasa por la cabeza a una persona como para poder hacer de ello un negocio. No tengo ni idea de cómo puedes llamar a mi oficio. La gente viene y me cuenta sus problemas a cambio de consejo. Al contrario de lo que puedas pensar, se paga bastante bien, sobre todo teniendo en cuenta que soy único en mi especie. Incluso la policía viene de vez en cuando a pedirme opinión en lo que a interrogatorios y móviles se refiere.

Terminó con media sonrisa de satisfacción. Sahira no podía pronunciar palabra. De repente, el misterioso hombrecillo se había convertido en una curiosa mezcla de personajes novelescos. Empezaba a preguntarse si no le estaría tomando el pelo.

- Ya entiendo – dijo cuando sus labios volvieron a obedecerla.- Lo que no comprendo es qué tiene que ver todo eso con que estés en peligro...
- No te equivoques, tú también lo estás – parecía apresurado de nuevo.- Sé que no es propio de un anfitrión, pero necesito pedirte un favor. Creo que necesito pasar una temporada en el mundo exterior, y preciso de tu compañía y tu saber para no llamar demasiado la atención.
- Está bien – suspiró – pensé que podría pasar aquí más tiempo, pero qué le vamos a hacer – se encogió de hombros. – Al fin y al cabo sigo teniendo los mismos días de vacaciones.
- ¡Muy bien, así me gusta! ¿Necesitas recuperar algo de casa?
- Pero no... ¿no estábamos en peligro?
- ¡Oh, sí! - contestó distraídamente – Pero ya han registrado la casa y no creo que vuelvan. Parecían más interesados en encontrar algo que a alguien, así que no creo que pase nada si vamos. Además, quiero pensar que han esperado hasta que saliste de casa para entrar ellos.
- Pues sí que querría coger un par de cosas. ¿y luego? Quiero decir, ¿tienes algún lugar al que ir?
- Tranquila, mis padres tuvieron la precaución de dejarme una casita que creo que sirve muy bien a nuestros propósitos.

martes, 16 de octubre de 2012

CAPÍTULO 2


Se despertó, como si alguien hubiera pulsado algún tipo de resorte. Se encontraba sobre la cama, en la más completa oscuridad. “Habrá sido un sueño”, pensó. Se levantó en busca de un interruptor. Sentía en el cuerpo una sensación extraña, como si algo no terminara de encajar. Había sido todo tan intenso, que incluso le había parecido real. No había avanzado ni tres pasos cuando golpeó su rodilla con algo. No fue un gran golpe, pero lo suficiente como para que lanzara una pequeña exclamación de dolor. Se quedó petrificada, no recordaba que hubiera nada ahí en su habitación, y ésta había permanecido exactamente igual durante los últimos meses, así que la conclusión más lógica a la que llegó fue que no había sido un sueño, y que, a pesar de todo, sí que engrosaría la lista de secuestros por estupidez. Rodeó el objeto con el que había chocado, palpándolo en un intento de no volver a golpearse y obtener alguna información de lo que era. Parecía una gran esfera, tal vez era una bola del mundo.

Por fin consiguió llegar hasta una pared. Fue por ella tanteando. No encontró nada que pareciera poder encender ninguna luz, pero a cambio llegó hasta una puerta. Tuvo que pensar un rato si abrirla o no. Bien podría seguir a tientas por la habitación, pero algo en su interior le impulsaba a salir a ver qué había más allá de esa puerta. Cuando finalmente se decidió a abrirla, el destino ya había tomado la decisión por ella. La puerta se abrió dejando pasar un halo de luz que la cegó momentáneamente. Cuando recuperó la vista, vio al culpable de todo aquello. Ahora ya no llevaba ni el andrajoso sombrero ni el tenebroso abrigo, sino que parecía recién salido de una película de época. Sostenía algo entre ambas manos, una bandeja. Retrocedió, aterrada, haciendo aspavientos y buscando algo con lo que poder defenderse. Aunque entraba algo de luz, no era suficiente como para poder analizar el entorno, por lo que seguía dependiendo del tacto y su habilidad para moverse por aquella habitación. 

El desconocido, sin pronunciar ninguna palabra, entró en el cuarto. Pudo oír cómo dejaba la bandeja en algún lugar, seguramente una mesa. Después medio vio y oyó que se dirigía de nuevo hacia la puerta. Se temió que volviera a marcharse dejándola de nuevo sola en la oscuridad. En lugar de eso se detuvo junto a la puerta y entre sus manos apareció una especie de cuenco luminoso. Tomó también de al lado de la puerta una escalera de mano y se dirigió hacia el centro de la habitación. Helena, que poco a poco iba sustituyendo el miedo por la curiosidad, se adelantó para ayudarle a estabilizarla. Su misterioso anfitrión se encaramó a ella y con sumo cuidado colocó el cuenco en una especie de gran pecera que colgaba del techo. De pronto, toda la estancia se iluminó con una luz cálida que hizo que todo pareciera de repente mucho más acogedor.

-Gracias, decididamente tendré que encontrar otro sistema para esto – se quedó pensativo mirando -hacia lo que podría llamarse una lámpara.
-Cómo... ¿Qué es eso? - preguntó boquiabierta ante lo que tenía ante ella.
-¿El qué? ¡Oh, es cierto! Lo siento, se me olvidaba que vienes de allá arriba – otra vez con aquello – y que esto lo hacéis con lo que vosotros llamáis electricidad, ¿no? - Ella asintió aún con un gesto de confusión. - No entiendo muy bien en qué se basa, pero creo que son una especie de bacterias que “brillan”. No emiten demasiada luz, pero para eso las ponemos dentro de algún vidrio que haga de lupa. Son baratas, no necesitan alimento, y duran toda la vida. Si no te gustan estas podemos comprar alguna en el mercado.

Helena sacudió la cabeza. Ahora que el misterio de la luz se había resuelto, necesitaba saber dónde estaba, quién era aquel hombre y, sobre todo, qué pasaría con ella. Miró al hombrecillo que volvía a colocar la escalera junto a la puerta.

-Un momento, ¿qué mercado? ¿Qué es todo esto? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? - sin que pudiera evitarlo, todas las preguntas se escabullían de su boca sin saber por qué. Sintió todos sus músculos de nuevo en tensión, preparada para luchar por escapar si era necesario.

El hombrecillo, se volvió. Tenía unos ojos verdes cristalinos, que le dirigían una mirada paternal, como quien se dispone a explicarle algo a un niño de tres años.

-La respuesta a todo eso tendrá que esperar un poco. De momento te diré que me puedes llamar Anwar.
-¿Te puedo llamar? Entonces, ¿no es tu verdadero nombre?
-Es parte de él. Los nombres son peligrosos en este mundo. Todos tenemos, por así decirlo, dos nombres: uno que se nos asigna para el día a día, y el otro que sólo debe ser revelado a las personas que merezcan tu confianza. En el mundo de la superficie, si mal no recuerdo, sólo se os asigna uno, por lo que será mejor que te busquemos un nombre para que puedas caminar sin peligro por este.
-No entiendo nada – dijo con el ceño fruncido. - ¿Necesito cambiar mi nombre? Pero, ¿por qué?

No era sólo el hecho de cambiar el nombre lo que la incomodaba, sino el miedo a enterrarlo y con él todos los recuerdos que conservaba asociados a Alejandro. No, de ninguna manera, debía atesorar aquella memoria al precio que fuera.

-Ya te lo he dicho, es peligroso. Aún es pronto para que lo comprendas, pero hay que tomar precauciones. ¿Cómo te llamas?
-Pero no acabas de decir... - seguía estupefacta.
-Sí, perdón. - Sacó una hoja doblada en cuatro y una estilográfica de su bolsillo y garabateó algo en ella. - Vale, sólo sigue mis instrucciones: ¿ves el recuadro con la inicial de tu nombre? - asintió sin molestarse siquiera en despegar los labios. - Puedes escoger entre cualquiera de las otras letras y formar otro nombre con esa letra como inicial.
-¿Cuánto tiempo tengo? Si tengo que escoger cómo me va a llamar la gente, me gustaría hacerlo bien.
-No mucho, un par de horas. Yo tengo que salir un par de horas, luego podré resolver más dudas. Ahí tienes algo de comer. No soy muy buen cocinero, pero he hecho tortitas para que recuperes azúcar. Si aún así tienes hambre, sírvete tú misma de la cocina, primera puerta a la izquierda. Mi dormitorio es éste de al lado, menos ahí, eres libre de entrar donde quieras, estás en tu casa. ¡Ah, se me olvidaba! He dejado algunas lamparitas descubiertas, pero si necesitas más luz tan sólo quítales la tela que las cubre.

Y se fue sin darla siquiera tiempo a protestar. Ya iba a explorar la casa, cuando el rugido de sus tripas le sugirió que tal vez lo mejor sería recuperar fuerzas y energías. Tal y como había dicho Anwar, en la bandeja había un plato a rebosar de tortitas, y una colección de siropes para endulzarlas aún más. No había traído, sin embargo, nada líquido con lo que ayudar a dichos alimentos a pasar por el esófago y cuando se las hubo comido fue desesperadamente a la puerta que le había indicado en busca de algo con lo que tragar.  Ante su sorpresa no encontró ningún frigorífico, ni microondas, ni ningún aparato similar. Parecía más bien una de esas cocinas grandes y con despensa de los pueblos de antes, incluso el horno era de leña. Encima de la mesa había una gran jarra de agua y un vaso, seguramente dispuestos para llevárselos a ella, y que permanecían tal vez fruto del olvido y las prisas de Anwar. Se bebió un vaso entero del tirón. El agua tenía un regusto raro pero había bastado para saciar su sed. Luego volvió a la habitación donde había despertado para echar un vistazo.

Al fondo se veía la cama donde hasta no hacía ni una hora había estado durmiendo. En medio, justo debajo de la lámpara, se encontraba una gran esfera celeste, como la que se ve en las residencias señoriales del Renacimiento. Se acercó para observarla mejor, y asegurarse de que no había sufrido ningún daño con el rodillazo. Al aproximarse se dio cuenta de que no era una simple esfera. Tenía a su alrededor unos anillos dorados que correspondían a los meses y días del año, y que se giraban de tal forma que el firmamento representado coincidía con la fecha. Miró entonces a su alrededor. En una pared se encontraban un escritorio y la mesa donde acababa de comer. Todo lo demás estaba rodeado por estanterías con montones y montones de libros. Incluso a lo largo de la cama sobresalía un pequeño estante con lo que debían de haber sido las lecturas nocturnas de un inquilino anterior. Se acercó a ellas con curiosidad, y descubrió lo que parecía un gran diccionario de nombres. Recordó las palabras de su anfitrión, y se dispuso con resolución a buscar un nombre que le gustara. Algo que sonara bonito, pero también con un buen significado.

Apoyó el grueso volumen en el escritorio. Se sentó en la silla que había estado encajada bajo él hasta ese momento y abrió el libro. No era, como pensaba, un simple catálogo de nombres y significados, sino que después de las típicas listas de cualidades asociadas a los nombres se enumeraban también una larga lista de compuestos químicos junto a símbolos que no podía interpretar, a pesar de haber sido precisamente la química su dedicación de años. Decidió obviar la parte química, ya le preguntaría a Anwar después. Se pasó un buen rato pasando las hojas de las letras que compartían el cuadrado de la tabla con la H. Estuvo barajando múltiples nombres, hasta que al final se decidió por Sahira. Le gustaba, era distinto, tenía un toque... exótico.

Tras haber hecho los deberes, como si de una estudiante se tratara, se puso a mirar con más detenimiento lo que había en el cuarto. Gracias a la lámpara, podía ver con claridad todos y cada uno de los tomos de los libros que ocupaban los estantes. Todos tenían aspecto de haber sido encuadernados hacía ya largo tiempo, como si hubieran estado allí, esperándola, toda la vida. En realidad, toda la habitación rezumaba un aire familiar que no sentía ya ni siquiera en su propia casa. Cogió una de las pequeñas lamparitas que colgaban de las estanterías y la llevó hasta la mesa. Era extraño. En un primer momento había pensado que la luz desprendida por los minúsculos organismos era amarillenta, pero ahora que lo veía desde arriba se daba cuenta de que era más bien de un azul blanquecino, y que lo que daba esa tonalidad cálida era el vidrio que les servía de hogar. “No deben de necesitar la luz del sol” dedujo, “pues son ellas mismas las que alumbran este mundo de oscuridad.” Le causaban un cierto sentimiento de esperanza, como si aquello significara también que en sus propias tinieblas personales pudiera haber alguna vez luz. Buscó entre los cajoncillos del escritorio que se encontraba justo al lado, encontrando un juego de seis cajitas de vidrio en uno de ellos. Las dispuso todas separadas, cada una junto a su respectiva tapa. Las había hallado encajadas una en otra como si de muñecas rusas se tratara, y se encontraban ahora en orden descendente. Se palpó los bolsillos y encontró una tarjeta de socia de la biblioteca caducada ya hacía varios meses. “Si vuelvo, ”pensó “tengo que renovar mi vestuario. Esto debe de llevar siglos en el armario sin que nadie lo toque”. Separó con la tarjeta distintas porciones de bacterias y las dispuso en las cajas. Anwar había dicho que las lámparas eran baratas, así que ya le pagaría una nueva. Por el momento, la curiosidad por aquellos seres microscópicos era más fuerte que cualquier temor que pudiera tener hacia el hombre. De hecho, no había experimentado ningún miedo desde que el extraño se había dado a conocer, sino que cada vez más el sentimiento de asombro se iba apoderando de ella. Bue a por agua, que trajo en el vaso que había utilizado antes para beber, y vertió parte de su contenido en una de las cajitas. Otra simplemente la tapó. Había observado que todas las lámparas tenían forma de pecera, y se preguntaba si aquello era esencial. Las otras cuatro cajas las dejó como estaban, a la espera de que se le ocurriese algo más.

Lo dejó todo en la mesa junto a la pared, y se dedicó entonces a mirar más detenidamente los títulos de los libros. Muchos de ellos estaban en lo que parecía árabe. En el lomo de otros podía distinguir letras griegas aunque, por desgracia, le era imposible descifrar las palabras que componían. Se detuvo cuando vio el primer título en español. Se trataba de una copia de las Cartas Marruecas, de José Cadalso. Sonrió al recordar su último año de instituto, cuando la habían obligado a leerlas. La vida entonces era mucho más sencilla. No tenía que trabajar, ni sobrevivir. “ni nadie me secuestraba llevándome a lugares extraños” pensó con una mueca irónica. Pensó primero que quizás debería recorrer el resto de la casa, para reconocer el terreno. Sin embargo sentía que tendría tiempo de hacerlo, así que cogió el pequeño ejemplar de la estantería y se sentó con él sobre la cama. Lo miró primero por todos lados, tratando de saborear ese mágico momento que precedía a la apertura de cualquier libro, más si, como aquél, parecía contener varios siglos entre sus hojas. Luego lo abrió despacio, con cuidado. La primera página llevaba un hermoso estampado, un escudo de armas que no pertenecía a la impresión, sino que debía de haber sido el emblema de una antigua familia que hubiera poseído el libro.

Comenzó a leerlo. Era una sensación casi de éxtasis religioso. La lectura de aquella obra y el recuerdo de tiempos mejores la hizo sumergirse de tal forma que no oyó a Anwar llegar, a pesar de que gritó un potente hola. Tampoco le oyó cuando pasó a su habitación a dejar abrigo y sombrero, y se sobresaltó cuando llegó hasta los pies de la cama y posó la mano en su hombro. Cerró inmediatamente el libro y miró al hombrecillo de ojos verdes a la espera de que alguna palabra se desprendiera de sus labios. Éste echó un vistazo a su alrededor, tal vez en busca de señales que delataran la actividad de la muchacha. No le pasó desapercibido el juego de cajitas dispuesto en la mesa a modo de improvisado experimento, ni la lamparita que ella había olvidado volver a colocar en su sitio. La miró con curiosidad. Por mucho que los habitantes de la superficie fueran distintos, pensó que cualquiera habría sucumbido al pánico en una situación así. Ella, sin embargo, parecía haber limitado sus actos a aquel cuarto y saciar su sed, como si aquello fuera suficiente.

-Vaya, no esperaba encontrarte tan... tranquila y serena.
-Bueno, depende a lo que llames tranquila. La verdad es que he estado un  buen rato escogiendo un nombre. Ya que te empeñas en no saber el verdadero, puedes llamarme Sahira.
-Encantado, pues, Sahira. Ya veo que también has estado “jugando” un poco con las lámparas y... ¿qué tienes ahí? ¿Un libro?
-Sí, –  enrojeció – es que me trae muchos recuerdos.

Miraba a Anwar como excusándose de algo que hubiera hecho mal, como si necesitara que le perdonara. Se fijó en sus brillantes ojos, que parecían revelar una confusión aún mayor que la suya. Mantenía la cabeza ligeramente inclinada, como si quisiera así comprender qué se le pasaba por la cabeza, y sus cejas describían pequeños surcos en su pálida frente, que perdía la imperturbabilidad de la que había hecho gala hasta entonces. Su pelo, moreno, describía pequeños remolinos entorno a su rostro, haciéndole emanar un cierto aspecto rebelde que no terminaba de encajar con su imagen. Se preguntaba cuáles serían sus intenciones al llevarla hasta allí, y por qué la habría dejado sola. No sabía muy bien qué podía esperar de él pero, de alguna forma, tanto él como aquella casa le transmitían una sensación de paz como no había experimentado nunca. Se acercó a devolverle el libro, pero él lo rechazó haciendo un gesto con la mano.

-Puedes quedártelo.
-Pero... tiene pinta de ser muy antiguo – miró a su alrededor – bueno, como todos los que tienes aquí. Me fascina que alguien pueda tener todos estos ejemplares así, como si fuera lo más natural.
-Bueno – sonrió con ternura - , tú también puedes tenerlos... esta será tu habitación, al menos por el momento.
-¿En serio? Pero, ¿cuánto me quedaré? - ni había preocupación en sus palabras, más bien recordaba a un niño pidiéndole a su padre que le deje un rato más jugando en el parque.
-Es increíble... con lo intranquila que parecías hace unas horas. Ni siquiera has vuelto a preguntarme quién soy ni dónde estamos. Sinceramente, me dejas estupefacto.
-Tampoco te he preguntado por qué has pasado del usted al tuteo. Además, no tenía ningún plan de vida de aquí a seis meses, así que tengo tiempo de sobra. No eres un secuestrador, o no me habrías dejado así, sola pudiendo vagar por toda la casa. No me pareces un violador ni un asesino. No veo de qué tengo que preocuparme. Siento curiosidad por saber qué es este mundo al que me has traído. Un mundo bajo tierra, a juzgar por el término “habitante de la superficie” que usas para referirte a mí. No sé nada de todo esto, ni de las reglas que lo rigen. Tampoco sé nada de los nombres. No sé nada sobre lo que me rodea, pero sospecho que me lo vas a enseñar, ¿me equivoco?

Le sostuvo la mirada, desafiante. Había desaparecido de su rostro todo rubor que hubiera podido aparecer momentos antes. Por toda respuesta, él sacudió la cabeza a la vez que salía del cuarto e hizo una señal para que le siguiera. Parecía que iba a enseñarle la casa donde iba a pasar algunas noches más. No habló demasiado, simplemente hizo algún que otro comentario en cada estancia. La casa no era demasiado grande, contaba con dos habitaciones (una de ellas ya la conocía, la otra era el dormitorio de Anwar), la cocina – despensa, y un gran baño con una bañera metálica en el medio, como en las películas de época que echaban de tarde en tarde por la televisión. Aparte de aquellas piezas básicas, Helena pudo ver una puerta que su captor había dejado deliberadamente sin abrir. Sin embargo, no era aquella puerta lo que más le había llamado la atención.

- Ya sé que vivís bajo tierra pero... ¿no tenéis ninguna ventana?

Él se detuvo en seco y, sin volverse, le preguntó: “¿Vamos a dar un paseo?”.

sábado, 29 de septiembre de 2012

PARTE 1. CAPÍTULO 1


Clic. La crisis. Clic. Muertos. Clic. Gente gritando incoherencias. Clic. Apagó la televisión. “El mundo está podrido”, pensó. El mundo estaba realmente podrido y ella estaba tan podrida como el mundo, tumbada en el sofá, sin saber cómo administrar su tiempo libre. Pensó en llamar a alguna de sus amigas, bueno, alguna de esas arpías que se criticaban sin piedad unas a espaldas de las otras de tal forma que estaba segura de sentir no menos de cien puñaladas desde los omóplatos hasta el cóccix cada vez que pensaba en ellas. Desechó la idea de inmediato. Podría leer, pero elegir un libro de la estantería le parecía ya un esfuerzo titánico. La radio parecía una buena opción, cosa que quedó inmediatamente desmentida ante la acumulación de politiqueo y mala música. El ordenador no le producía ninguna emoción. Internet era una fuente enorme de posible entretenimiento, una fuente infinita que, de tan grande como era, abrumaba.  En resumen, la única emoción, el único estado de ánimo que podría describir su situación era la más profunda apatía. La verdad es que el último año había trabajado al doble de su capacidad, casi superando las leyes físicas de tiempo y espacio, y ahora se encontraba sin nada que hacer, sin rumbo, sin objetivos.

Era tal su apatía que ni siquiera sentía ganas de comer ni beber, cosa que hacía, sin embargo, porque sabía que el ayuno total traería consigo la muerte, y tampoco se sentía con ganas de pensar en las consecuencias que ello traería y arriesgarse a tener que pensar en ello en alguna suerte de segunda vida.

Miró hacia el otro lado del sofá. Allí era donde solía sentarse Alejandro. Suspiró. Aún le parecía que él iba a entrar por la puerta. Aún, si cerraba los ojos, podía imaginarlo aproximándose con calma al sofá y sentarse en su lado favorito del mueble. Ella se arrastraba entonces a ese lado. El sonreía y la rodeaba con su brazo, estableciendo una frontera entre el mundo exterior y ella, consiguiendo que se aislara incluso de ella misma. Entonces no le hacía falta pensar en nada. Ni el sueño más reparador tenía un efecto mejor que aquellos momentos en los que no existían nada más que él y su brazo protector, y no había necesidad de más verdades, ni planteamientos ni nada, con aquello bastaba. De vez en cuando él inclinaba la cabeza y le daba algún beso en la frente o en la mejilla, y ella cerraba los ojos y sonreía de puro placer. Aquello era lo más parecido a la felicidad que había vivido nunca. Ni siquiera en las noches más apasionadas que se daban en su dormitorio se sentía tan bien como en aquellos momentos de tranquilidad en el sofá, su sofá, el santuario de Alejandro y Helena. Él solía decir que era como su pequeña Troya, pero sin los molestos griegos atacando. A veces le leía fragmentos de libros, con los que ella cerraba los ojos y viajaba junto a él por mil y un lugares. Uno de sus favoritos era “Los tres mosqueteros”, de su tocayo francés. En otras ocasiones traía una tableta del mejor chocolate y le iba dando pedacitos que ella deshacía en su boca con enorme placer. Pero todo aquello se había acabado. Se había terminado cuando él tuvo que partir hacia Londres y comenzar a trabajar en una nueva sucursal de su banco. Intentaron seguir, claro que lo intentaron con todas sus fuerzas, pero la distancia es mala compañera en el amor. Y de aquello hacía ya un año y medio.

Dos lágrimas salieron de sus ojos y resbalaron por sus mejillas para juntarse bajo su barbilla, fundirse en un abrazo y abandonarse a la fuerza de gravedad. Parecía mentira que no hubiera sido capaz de recomponer su vida. Había pasado por un período de falsa felicidad y euforia, para luego pasar a la etapa en la que se había dedicado en cuerpo y alma a su trabajo y, por fin, llegar a su estado actual: una semana entera sin apenas moverse, sin apenas comer ni beber, durmiendo lo mínimo y sin hacer nada más que vagar como alma en pena de un lado a otro de la casa y tumbarse en el sofá en silencio, regodeándose en su propia miseria, metiéndose cada vez más en un pozo oscuro e igual de silencioso, sin fuerzas para llevarle la contraria a las fuerzas naturales e intentar ascender. No es que no quisiera, es que simplemente le parecía inútil intentarlo.

Miró el reloj. Las dos, habría que comer. Con un esfuerzo que parecía más propio de un héroe mitológico se levantó del sofá y se dirigió a la cocina arrastrando los pies, como si no fuera capaz de dar un paso, como si se dejara llevar por la inercia. Abrió lentamente la puerta del frigorífico. Estaba vacío, claro, la nevera no se llenaba si nadie reponía los alimentos. Tendría que bajar a por algo. Fue con esfuerzo hasta su habitación, y con más esfuerzo todavía abrió la puerta del armario. Se encontraba ahora con otra misión imposible. Toda esa ropa que en su momento le había parecido que necesitaba se arremolinaba ante sus ojos sin poder elegir qué ponerse para ir al supermercado. Decidió que se pondría su viejo chándal y sus deportivas. Tampoco le apetecía peinarse, así que medio ordenó sus cabellos en un recogido improvisado con un coletero. Tomó sus llaves del cuenquito que colocaba a la puerta y su cartera, en la que miró que hubiera algo de dinero o, al menos, una tarjeta de crédito. Salió sin pararse siquiera a coger un abrigo, temiendo que si demoraba unos minutos más su salida se arrepentiría y se quedaría en casa.

Bajó por las escaleras, despacio, pero con el suficiente ritmo como para no quedarse parada. Esperaba no encontrarse con nadie en su primera excursión de la semana fuera de casa, no tenía ganas de perderse en conversaciones intrascendentes con cualquier vecina cotilla. Abrió el portal como si se tratara de un gran portón medieval. El frío exterior se golpeó en la cara, y los pulmones se llenaron de oxígeno en disolución, despejando temporalmente su cabeza, como si la ráfaga de aire levantara todo el polvo y los datos acumulados en su cerebro, aunque no tardaron mucho en volverse a posar y el frío, junto al peso de la información, hizo que un temblor le sacudiera todo el cuerpo. No tardó mucho en abastecerse. Hamburguesas, pasta, filetes, arroz y algunas manzanas además, claro, de un cargamento de chocolate que hizo que la cajera la mirara con ojos desorbitados preguntándose, seguramente, de dónde había salido aquella mujer.

Salió del supermercado cargada con tres bolsas en cada mano. Se arrepintió entonces de no haber cogido algo de abrigo, el frío invernal le estaba calando hasta los huesos. Lo mejor sería darse prisa, antes de coger una pulmonía. Así le costó menos volver y, una vez en casa, estaba completamente despejada para ordenar los recién adquiridos alimentos.

Procuró acabar rápido y decidió darse una ducha en condiciones. Nada como los chorros de agua casi hirviendo recorriéndole primero los hombros, el pecho, la espalda, para seguir con sus glúteos y piernas e ir a morir al desagüe. Aprovechó para lavarse el pelo, que milagrosamente no se había convertido en residencia de parásitos, y luego simplemente dejó correr el agua, creando una bruma a su alrededor digna de capital bretona. El contraste entre el frío de la calle y el ambiente de termas romanas que reinaba en el baño terminó por despejarla.

Salió del baño. La verdad es que no le apetecía volverse a sentar en el sofá. Si tenía que ser sincera con ella misma, no tenía ganas ni de estar en casa. No las había tenido desde hacía un año. Cada rincón del piso le recordaba irremediablemente a Alejandro, y así no tenía forma de animar el espíritu. Se dirigió enérgicamente hacia su cuarto. Una idea había aparecido en su cabecita y no se iría de allí hasta haberse realizado. Abrió el armario. Esta vez sacó unos vaqueros y una camisa. Se calzó unos botines y cogió una gabardina y un sombrero que aún estaban sin estrenar. Recordaba haberlos comprado hacía ya un tiempo, pero no se los había puesto, seguramente por vergüenza. Aquel día, sin embargo, le daba tan igual el resto del mundo que el mecanismo por excelencia del ser humano para evitar el ridículo se había apagado, y de la misma forma que iba a estrenar su nuevo aspecto, podría haber salido vestida de payaso sin que ello tuviera mayores repercusiones. Tomó un bolso donde metió lo imprescindible: las llaves, la cartera, el móvil y un paquete de pañuelos (odiaba cuando el interior de su nariz se derretía los días de frío). Consultó un momento el estado de sus finanzas, comprobando con satisfacción que tenía prácticamente todo el dinero del sueldo del último año, descontando solamente su dieta, que no había sido copiosa precisamente.

Salió entonces resuelta a la calle, decidida a cambiar drásticamente su vida. Estuvo caminando un buen rato alrededor de la manzana hasta que se decidió por fin a entrar a una inmobiliaria. No es que fuera más bonita, o más grande, o con más pisos en el escaparate; simplemente es que era la que menos gente tenía. Sabía que aquello no era precisamente señal de buen negocio, pero le daba igual. Sus ingresos le permitían incluso comprar un nuevo piso sin endeudarse demasiado y sin vender el antiguo. Se sentó en una de las mesas donde ponía "asesoría", y esperó diez largos minutos hasta que un joven aprendiz de timador se sentó frente a ella. En pocas palabras, le explicó que necesitaba un piso de alquiler a precio razonable con bastante urgencia. El hombre quiso despacharla enseguida con un archivador de pisos para que “fuera mirando mientras él terminaba unos asuntos”.

- Ya, bueno, pero es que me gustaría que me asesorase un poco con los pisos.
- Sí, si se espera unos minutos la atenderé. Vaya echando una ojeada a los precios.
´-¿Para qué? ¿Para que pueda terminar la faena con su compañera en el cuarto de la fotocopiadora?

Lo había dicho demasiado alto. Lo supo en cuanto sintió todas las cabezas girando hacia su dirección. Los otros asistentes miraban fijamente a su compañero, mientras que el resto de clientes parecía entre asombrado y divertido por la escena. No había sido esa su intención, pero el mal ya estaba hecho. No tenía más remedio que seguir en el mismo tono para no hacer el ridículo más todavía.

-      Sí, no me mire con esa cara. Les he visto entrar en el cuartito a la vez que yo abría la puerta, tiene algunos rastros de pintalabios bajo la oreja derecha y, por si fuera poco, tiene la poca vergüenza de venir a atenderme con el cinturón desabrochado y la bragueta a medio subir. La próxima vez piense que así se arriesga más a perder un cliente que si yo hubiera esperado los dos minutos que debe de durarle el asunto. Los precios van a ser abusivos, con eso ya cuento, pero creo que no es mucho pedir que me explique las cualidades de cada piso y se esfuerce un poquito en convencerme de que debo contar con sus servicios. Nunca ningún timador de su gremio lo ha tenido más fácil. Felicidades, es usted la inutilidad bajada de los cielos y hecha humana, si fuera un antiguo romano le levantaría un altar ahora mismo. Sin embargo en esta situación no tengo más remedio que dar media vuelta y marcharme, buenos días.

Y tras soltar aquella parrafada, paró para recuperar el aliento, se levantó y se fue hecha una furia por la puerta. “Al menos” pensó, “al menos se ve que ya voy recobrando energías”. Comenzó a andar sin rumbo fijo, temerosa de perder aquella renovada fuerza al volver al hogar. No llevaba ni cinco minutos andando cuando sintió una mano en su hombro.

-        Disculpe, señorita, pero creo que se le han caído las llaves.

Miró de hito en hito al extraño que le tendía la mano. No habría sabido muy bien cómo calificarle. Era alto, muy alto, tanto, que junto a su delgadez daba una cierta sensación de estar desarticulado, más o menos como una marioneta abandonada. No podía verle la cara, pues la cubría un enorme sombrero de copa tan remendado y con parches de tantos colores distintos que enseguida acudió a su imaginación el Sombrerero Loco del cuento de Lewis Carrol; y un gran abrigo de cuero ocultaba la mayor parte de su cuerpo.  De una de las mangas, surgía una mano. Blanquecina y huesuda, hacía bailar entre sus dedos un juego de llaves.

-        Lo siento, - replicó – se ha equivocado. Esas llaves no son mías.
-   Oh, vaya, cuanto lo lamento entonces. Es sólo que... bueno... me había parecido que podrían pertenecerle.
-        ¿De verdad? - sonrió sarcásticamente - ¿Y puedo saber por qué?
-        Su aura coincide con ellas – respondió él sin inmutarse.

Aquélla era, ciertamente, una respuesta inesperada. La dejó tan impactada que no tuvo más remedio que pedirle a aquel extraño hombre que se la repitiera.

-        Sí, - contestó éste – ya sé que puede sonar extraño, y más para alguien de la superficie. - ¿Alguien de la superficie? ¿A qué se refería? - Por el momento sólo puedo asegurar que estas llaves le pertenecen. Tal vez no las haya visto en su vida, y quizás no sepa a qué cerradura corresponden, pero lo que está claro es que son de su propiedad.
-       Ya, claro... Oiga, no pretendo ofenderle, pero yo no soy de las que creen en cosas sobrenaturales.
-      ¿Por qué no hacemos una cosa? Necesito que cierre los ojos.
-      ¿Cerrar los ojos? ¿Para qué? - después de años viendo y oyendo acerca de secuestros, asesinatos y robos en los medios, no le hacía mucha gracia la posibilidad de ser ella misma la protagonista de un titular.
-      Necesito demostrarle que hay una conexión entre usted y las llaves o, más bien, entre usted y lo que se encuentra aislado por la cerradura. Vamos, no le voy a robar ni nada similar, si es lo que está pensando. Será sólo un minuto, lo prometo, pero le ruego me dé una oportunidad.

Suspiró profundamente y cerró los ojos. La voz del extraño tenía un no – sabía – qué que le hacía confiar en él. Segundos después de que sus párpados cubrieran sus ojos, oyó a su lado el tintineo de las llaves al chocar entre ellas. En unos instantes que se hicieron infinitos, sintió sus constantes bajar al mínimo. En esos momentos de última consciencia vio pasar sus últimos dos años, y no sólo los vio, sino que le pareció que todas las emociones volvían a ella, provocándole alternativamente estadios de euforia, alegría, enfado o desolación, sin darle tiempo a recuperarse del anterior cuando una nueva emoción se apoderaba de ella. Todo, supuso más tarde, no le habría tomado más que unos pocos segundos, pero éstos fueron de tal intensidad, que le pareció haber vuelto a vivir dos años. Después, nada. Los recuerdos se esfumaron como el humo. Abrió los ojos a tiempo para ver la sonrisa que el extraño personajillo esgrimía justo antes de caer desplomada al suelo. 

jueves, 10 de mayo de 2012

La caída de Ícaro


Plumas, plumas, cuerpo. Se había preocupado sólo de subir y subir hacia lo que, según decían, era el bien, la felicidad. Siempre mirando hacia arriba, aspirando a llegar al Sol, ni por un momento se le ocurrió volverse para ver las maravillas que se mostraban bajo él. Se había quedado tan maravillado por los dorados rayos que besaban suavemente su piel, que había decidido que sólo podría ser feliz si alcanzaba al mayor de todos los astros y lo conquistaba, fundiéndose con su calor. ¿Y todo para qué? ¿Qué quedaría de él? Nada, sólo plumas, plumas, aire.