martes, 16 de octubre de 2012

CAPÍTULO 2


Se despertó, como si alguien hubiera pulsado algún tipo de resorte. Se encontraba sobre la cama, en la más completa oscuridad. “Habrá sido un sueño”, pensó. Se levantó en busca de un interruptor. Sentía en el cuerpo una sensación extraña, como si algo no terminara de encajar. Había sido todo tan intenso, que incluso le había parecido real. No había avanzado ni tres pasos cuando golpeó su rodilla con algo. No fue un gran golpe, pero lo suficiente como para que lanzara una pequeña exclamación de dolor. Se quedó petrificada, no recordaba que hubiera nada ahí en su habitación, y ésta había permanecido exactamente igual durante los últimos meses, así que la conclusión más lógica a la que llegó fue que no había sido un sueño, y que, a pesar de todo, sí que engrosaría la lista de secuestros por estupidez. Rodeó el objeto con el que había chocado, palpándolo en un intento de no volver a golpearse y obtener alguna información de lo que era. Parecía una gran esfera, tal vez era una bola del mundo.

Por fin consiguió llegar hasta una pared. Fue por ella tanteando. No encontró nada que pareciera poder encender ninguna luz, pero a cambio llegó hasta una puerta. Tuvo que pensar un rato si abrirla o no. Bien podría seguir a tientas por la habitación, pero algo en su interior le impulsaba a salir a ver qué había más allá de esa puerta. Cuando finalmente se decidió a abrirla, el destino ya había tomado la decisión por ella. La puerta se abrió dejando pasar un halo de luz que la cegó momentáneamente. Cuando recuperó la vista, vio al culpable de todo aquello. Ahora ya no llevaba ni el andrajoso sombrero ni el tenebroso abrigo, sino que parecía recién salido de una película de época. Sostenía algo entre ambas manos, una bandeja. Retrocedió, aterrada, haciendo aspavientos y buscando algo con lo que poder defenderse. Aunque entraba algo de luz, no era suficiente como para poder analizar el entorno, por lo que seguía dependiendo del tacto y su habilidad para moverse por aquella habitación. 

El desconocido, sin pronunciar ninguna palabra, entró en el cuarto. Pudo oír cómo dejaba la bandeja en algún lugar, seguramente una mesa. Después medio vio y oyó que se dirigía de nuevo hacia la puerta. Se temió que volviera a marcharse dejándola de nuevo sola en la oscuridad. En lugar de eso se detuvo junto a la puerta y entre sus manos apareció una especie de cuenco luminoso. Tomó también de al lado de la puerta una escalera de mano y se dirigió hacia el centro de la habitación. Helena, que poco a poco iba sustituyendo el miedo por la curiosidad, se adelantó para ayudarle a estabilizarla. Su misterioso anfitrión se encaramó a ella y con sumo cuidado colocó el cuenco en una especie de gran pecera que colgaba del techo. De pronto, toda la estancia se iluminó con una luz cálida que hizo que todo pareciera de repente mucho más acogedor.

-Gracias, decididamente tendré que encontrar otro sistema para esto – se quedó pensativo mirando -hacia lo que podría llamarse una lámpara.
-Cómo... ¿Qué es eso? - preguntó boquiabierta ante lo que tenía ante ella.
-¿El qué? ¡Oh, es cierto! Lo siento, se me olvidaba que vienes de allá arriba – otra vez con aquello – y que esto lo hacéis con lo que vosotros llamáis electricidad, ¿no? - Ella asintió aún con un gesto de confusión. - No entiendo muy bien en qué se basa, pero creo que son una especie de bacterias que “brillan”. No emiten demasiada luz, pero para eso las ponemos dentro de algún vidrio que haga de lupa. Son baratas, no necesitan alimento, y duran toda la vida. Si no te gustan estas podemos comprar alguna en el mercado.

Helena sacudió la cabeza. Ahora que el misterio de la luz se había resuelto, necesitaba saber dónde estaba, quién era aquel hombre y, sobre todo, qué pasaría con ella. Miró al hombrecillo que volvía a colocar la escalera junto a la puerta.

-Un momento, ¿qué mercado? ¿Qué es todo esto? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? - sin que pudiera evitarlo, todas las preguntas se escabullían de su boca sin saber por qué. Sintió todos sus músculos de nuevo en tensión, preparada para luchar por escapar si era necesario.

El hombrecillo, se volvió. Tenía unos ojos verdes cristalinos, que le dirigían una mirada paternal, como quien se dispone a explicarle algo a un niño de tres años.

-La respuesta a todo eso tendrá que esperar un poco. De momento te diré que me puedes llamar Anwar.
-¿Te puedo llamar? Entonces, ¿no es tu verdadero nombre?
-Es parte de él. Los nombres son peligrosos en este mundo. Todos tenemos, por así decirlo, dos nombres: uno que se nos asigna para el día a día, y el otro que sólo debe ser revelado a las personas que merezcan tu confianza. En el mundo de la superficie, si mal no recuerdo, sólo se os asigna uno, por lo que será mejor que te busquemos un nombre para que puedas caminar sin peligro por este.
-No entiendo nada – dijo con el ceño fruncido. - ¿Necesito cambiar mi nombre? Pero, ¿por qué?

No era sólo el hecho de cambiar el nombre lo que la incomodaba, sino el miedo a enterrarlo y con él todos los recuerdos que conservaba asociados a Alejandro. No, de ninguna manera, debía atesorar aquella memoria al precio que fuera.

-Ya te lo he dicho, es peligroso. Aún es pronto para que lo comprendas, pero hay que tomar precauciones. ¿Cómo te llamas?
-Pero no acabas de decir... - seguía estupefacta.
-Sí, perdón. - Sacó una hoja doblada en cuatro y una estilográfica de su bolsillo y garabateó algo en ella. - Vale, sólo sigue mis instrucciones: ¿ves el recuadro con la inicial de tu nombre? - asintió sin molestarse siquiera en despegar los labios. - Puedes escoger entre cualquiera de las otras letras y formar otro nombre con esa letra como inicial.
-¿Cuánto tiempo tengo? Si tengo que escoger cómo me va a llamar la gente, me gustaría hacerlo bien.
-No mucho, un par de horas. Yo tengo que salir un par de horas, luego podré resolver más dudas. Ahí tienes algo de comer. No soy muy buen cocinero, pero he hecho tortitas para que recuperes azúcar. Si aún así tienes hambre, sírvete tú misma de la cocina, primera puerta a la izquierda. Mi dormitorio es éste de al lado, menos ahí, eres libre de entrar donde quieras, estás en tu casa. ¡Ah, se me olvidaba! He dejado algunas lamparitas descubiertas, pero si necesitas más luz tan sólo quítales la tela que las cubre.

Y se fue sin darla siquiera tiempo a protestar. Ya iba a explorar la casa, cuando el rugido de sus tripas le sugirió que tal vez lo mejor sería recuperar fuerzas y energías. Tal y como había dicho Anwar, en la bandeja había un plato a rebosar de tortitas, y una colección de siropes para endulzarlas aún más. No había traído, sin embargo, nada líquido con lo que ayudar a dichos alimentos a pasar por el esófago y cuando se las hubo comido fue desesperadamente a la puerta que le había indicado en busca de algo con lo que tragar.  Ante su sorpresa no encontró ningún frigorífico, ni microondas, ni ningún aparato similar. Parecía más bien una de esas cocinas grandes y con despensa de los pueblos de antes, incluso el horno era de leña. Encima de la mesa había una gran jarra de agua y un vaso, seguramente dispuestos para llevárselos a ella, y que permanecían tal vez fruto del olvido y las prisas de Anwar. Se bebió un vaso entero del tirón. El agua tenía un regusto raro pero había bastado para saciar su sed. Luego volvió a la habitación donde había despertado para echar un vistazo.

Al fondo se veía la cama donde hasta no hacía ni una hora había estado durmiendo. En medio, justo debajo de la lámpara, se encontraba una gran esfera celeste, como la que se ve en las residencias señoriales del Renacimiento. Se acercó para observarla mejor, y asegurarse de que no había sufrido ningún daño con el rodillazo. Al aproximarse se dio cuenta de que no era una simple esfera. Tenía a su alrededor unos anillos dorados que correspondían a los meses y días del año, y que se giraban de tal forma que el firmamento representado coincidía con la fecha. Miró entonces a su alrededor. En una pared se encontraban un escritorio y la mesa donde acababa de comer. Todo lo demás estaba rodeado por estanterías con montones y montones de libros. Incluso a lo largo de la cama sobresalía un pequeño estante con lo que debían de haber sido las lecturas nocturnas de un inquilino anterior. Se acercó a ellas con curiosidad, y descubrió lo que parecía un gran diccionario de nombres. Recordó las palabras de su anfitrión, y se dispuso con resolución a buscar un nombre que le gustara. Algo que sonara bonito, pero también con un buen significado.

Apoyó el grueso volumen en el escritorio. Se sentó en la silla que había estado encajada bajo él hasta ese momento y abrió el libro. No era, como pensaba, un simple catálogo de nombres y significados, sino que después de las típicas listas de cualidades asociadas a los nombres se enumeraban también una larga lista de compuestos químicos junto a símbolos que no podía interpretar, a pesar de haber sido precisamente la química su dedicación de años. Decidió obviar la parte química, ya le preguntaría a Anwar después. Se pasó un buen rato pasando las hojas de las letras que compartían el cuadrado de la tabla con la H. Estuvo barajando múltiples nombres, hasta que al final se decidió por Sahira. Le gustaba, era distinto, tenía un toque... exótico.

Tras haber hecho los deberes, como si de una estudiante se tratara, se puso a mirar con más detenimiento lo que había en el cuarto. Gracias a la lámpara, podía ver con claridad todos y cada uno de los tomos de los libros que ocupaban los estantes. Todos tenían aspecto de haber sido encuadernados hacía ya largo tiempo, como si hubieran estado allí, esperándola, toda la vida. En realidad, toda la habitación rezumaba un aire familiar que no sentía ya ni siquiera en su propia casa. Cogió una de las pequeñas lamparitas que colgaban de las estanterías y la llevó hasta la mesa. Era extraño. En un primer momento había pensado que la luz desprendida por los minúsculos organismos era amarillenta, pero ahora que lo veía desde arriba se daba cuenta de que era más bien de un azul blanquecino, y que lo que daba esa tonalidad cálida era el vidrio que les servía de hogar. “No deben de necesitar la luz del sol” dedujo, “pues son ellas mismas las que alumbran este mundo de oscuridad.” Le causaban un cierto sentimiento de esperanza, como si aquello significara también que en sus propias tinieblas personales pudiera haber alguna vez luz. Buscó entre los cajoncillos del escritorio que se encontraba justo al lado, encontrando un juego de seis cajitas de vidrio en uno de ellos. Las dispuso todas separadas, cada una junto a su respectiva tapa. Las había hallado encajadas una en otra como si de muñecas rusas se tratara, y se encontraban ahora en orden descendente. Se palpó los bolsillos y encontró una tarjeta de socia de la biblioteca caducada ya hacía varios meses. “Si vuelvo, ”pensó “tengo que renovar mi vestuario. Esto debe de llevar siglos en el armario sin que nadie lo toque”. Separó con la tarjeta distintas porciones de bacterias y las dispuso en las cajas. Anwar había dicho que las lámparas eran baratas, así que ya le pagaría una nueva. Por el momento, la curiosidad por aquellos seres microscópicos era más fuerte que cualquier temor que pudiera tener hacia el hombre. De hecho, no había experimentado ningún miedo desde que el extraño se había dado a conocer, sino que cada vez más el sentimiento de asombro se iba apoderando de ella. Bue a por agua, que trajo en el vaso que había utilizado antes para beber, y vertió parte de su contenido en una de las cajitas. Otra simplemente la tapó. Había observado que todas las lámparas tenían forma de pecera, y se preguntaba si aquello era esencial. Las otras cuatro cajas las dejó como estaban, a la espera de que se le ocurriese algo más.

Lo dejó todo en la mesa junto a la pared, y se dedicó entonces a mirar más detenidamente los títulos de los libros. Muchos de ellos estaban en lo que parecía árabe. En el lomo de otros podía distinguir letras griegas aunque, por desgracia, le era imposible descifrar las palabras que componían. Se detuvo cuando vio el primer título en español. Se trataba de una copia de las Cartas Marruecas, de José Cadalso. Sonrió al recordar su último año de instituto, cuando la habían obligado a leerlas. La vida entonces era mucho más sencilla. No tenía que trabajar, ni sobrevivir. “ni nadie me secuestraba llevándome a lugares extraños” pensó con una mueca irónica. Pensó primero que quizás debería recorrer el resto de la casa, para reconocer el terreno. Sin embargo sentía que tendría tiempo de hacerlo, así que cogió el pequeño ejemplar de la estantería y se sentó con él sobre la cama. Lo miró primero por todos lados, tratando de saborear ese mágico momento que precedía a la apertura de cualquier libro, más si, como aquél, parecía contener varios siglos entre sus hojas. Luego lo abrió despacio, con cuidado. La primera página llevaba un hermoso estampado, un escudo de armas que no pertenecía a la impresión, sino que debía de haber sido el emblema de una antigua familia que hubiera poseído el libro.

Comenzó a leerlo. Era una sensación casi de éxtasis religioso. La lectura de aquella obra y el recuerdo de tiempos mejores la hizo sumergirse de tal forma que no oyó a Anwar llegar, a pesar de que gritó un potente hola. Tampoco le oyó cuando pasó a su habitación a dejar abrigo y sombrero, y se sobresaltó cuando llegó hasta los pies de la cama y posó la mano en su hombro. Cerró inmediatamente el libro y miró al hombrecillo de ojos verdes a la espera de que alguna palabra se desprendiera de sus labios. Éste echó un vistazo a su alrededor, tal vez en busca de señales que delataran la actividad de la muchacha. No le pasó desapercibido el juego de cajitas dispuesto en la mesa a modo de improvisado experimento, ni la lamparita que ella había olvidado volver a colocar en su sitio. La miró con curiosidad. Por mucho que los habitantes de la superficie fueran distintos, pensó que cualquiera habría sucumbido al pánico en una situación así. Ella, sin embargo, parecía haber limitado sus actos a aquel cuarto y saciar su sed, como si aquello fuera suficiente.

-Vaya, no esperaba encontrarte tan... tranquila y serena.
-Bueno, depende a lo que llames tranquila. La verdad es que he estado un  buen rato escogiendo un nombre. Ya que te empeñas en no saber el verdadero, puedes llamarme Sahira.
-Encantado, pues, Sahira. Ya veo que también has estado “jugando” un poco con las lámparas y... ¿qué tienes ahí? ¿Un libro?
-Sí, –  enrojeció – es que me trae muchos recuerdos.

Miraba a Anwar como excusándose de algo que hubiera hecho mal, como si necesitara que le perdonara. Se fijó en sus brillantes ojos, que parecían revelar una confusión aún mayor que la suya. Mantenía la cabeza ligeramente inclinada, como si quisiera así comprender qué se le pasaba por la cabeza, y sus cejas describían pequeños surcos en su pálida frente, que perdía la imperturbabilidad de la que había hecho gala hasta entonces. Su pelo, moreno, describía pequeños remolinos entorno a su rostro, haciéndole emanar un cierto aspecto rebelde que no terminaba de encajar con su imagen. Se preguntaba cuáles serían sus intenciones al llevarla hasta allí, y por qué la habría dejado sola. No sabía muy bien qué podía esperar de él pero, de alguna forma, tanto él como aquella casa le transmitían una sensación de paz como no había experimentado nunca. Se acercó a devolverle el libro, pero él lo rechazó haciendo un gesto con la mano.

-Puedes quedártelo.
-Pero... tiene pinta de ser muy antiguo – miró a su alrededor – bueno, como todos los que tienes aquí. Me fascina que alguien pueda tener todos estos ejemplares así, como si fuera lo más natural.
-Bueno – sonrió con ternura - , tú también puedes tenerlos... esta será tu habitación, al menos por el momento.
-¿En serio? Pero, ¿cuánto me quedaré? - ni había preocupación en sus palabras, más bien recordaba a un niño pidiéndole a su padre que le deje un rato más jugando en el parque.
-Es increíble... con lo intranquila que parecías hace unas horas. Ni siquiera has vuelto a preguntarme quién soy ni dónde estamos. Sinceramente, me dejas estupefacto.
-Tampoco te he preguntado por qué has pasado del usted al tuteo. Además, no tenía ningún plan de vida de aquí a seis meses, así que tengo tiempo de sobra. No eres un secuestrador, o no me habrías dejado así, sola pudiendo vagar por toda la casa. No me pareces un violador ni un asesino. No veo de qué tengo que preocuparme. Siento curiosidad por saber qué es este mundo al que me has traído. Un mundo bajo tierra, a juzgar por el término “habitante de la superficie” que usas para referirte a mí. No sé nada de todo esto, ni de las reglas que lo rigen. Tampoco sé nada de los nombres. No sé nada sobre lo que me rodea, pero sospecho que me lo vas a enseñar, ¿me equivoco?

Le sostuvo la mirada, desafiante. Había desaparecido de su rostro todo rubor que hubiera podido aparecer momentos antes. Por toda respuesta, él sacudió la cabeza a la vez que salía del cuarto e hizo una señal para que le siguiera. Parecía que iba a enseñarle la casa donde iba a pasar algunas noches más. No habló demasiado, simplemente hizo algún que otro comentario en cada estancia. La casa no era demasiado grande, contaba con dos habitaciones (una de ellas ya la conocía, la otra era el dormitorio de Anwar), la cocina – despensa, y un gran baño con una bañera metálica en el medio, como en las películas de época que echaban de tarde en tarde por la televisión. Aparte de aquellas piezas básicas, Helena pudo ver una puerta que su captor había dejado deliberadamente sin abrir. Sin embargo, no era aquella puerta lo que más le había llamado la atención.

- Ya sé que vivís bajo tierra pero... ¿no tenéis ninguna ventana?

Él se detuvo en seco y, sin volverse, le preguntó: “¿Vamos a dar un paseo?”.

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