viernes, 27 de septiembre de 2013

CAPÍTULO 5


Había llegado el día, el gran día, posiblemente el último. Entrar de nuevo a la Medina no había resultado en exceso difícil. Anwar nos había procurado una entrada segura, a través de las viejas ruinas de una antigua ciudad de paso árabe. Al parecer la entrada era tan antigua como la misma Medina y, al haber sido abandonada la ciudad, también su entrada había sido olvidada. No había peligro de que alguien la recuperara, pues nadie se dedicaba ya a estudiar los viejos libros de historia, perdidos en el remoto pasado de la sociedad que había sucumbido a la racionalización absoluta.

Nos encontrábamos de nuevo en la casa de Anwar, seguros de que no nos buscarían allí. Nos habíamos vuelto despreocupados, dejando todo en manos de nuestro destino, si de verdad nos aguardaba alguno. Ni nos gustaba la idea del asesinato, ni nos parecía probable que volvieran a buscarnos allí. Vigilar la casa no era una opción para ellos, ya que llamaría demasiado la atención y podría cundir el pánico entre la población, lo cual podría acarrear graves consecuencias tanto para el sistema como para el anonimato de la ciudad (una rebelión subterránea no perecía que pudiera pasar desapercibida arriba). 

Teniendo todo esto en cuenta, nos lo tomábamos con tranquilidad, terminando de matizar la estrategia, que era realmente fácil. Habría que actuar con rapidez. El momento de entrada en escena sería en un par de días, justo antes de la boda del que iba a heredar el poder, ya que después del enlace no le podría ser negado dicho poder. Intentaríamos conseguir quedarnos con él a solas, para no crearnos más problemas. Nuestra mejor arma era mi condición de descendiente real, aunque no estábamos seguros de que esto fuera a ser precisamente un salvoconducto. En definitiva, nuestro magnífico plan consistía en colarse en palacio y rezar a lo que quiera que sea que pueda estar en el más allá por no tener más problemas de los estrictamente necesarios. Ahí radicaba nuestra otra ventaja, habiendo pasado más de la mitad de mi vida en ese palacio, conocía cada rincón, cada recoveco, cada pasadizo. Iba a convertirme en un intruso en mi propia casa… y lo más extraño es que la idea no me disgustaba del todo.

Sahira, como no podía ser de otro modo, se empapaba de información en libros. De hecho, se sumergía entre las páginas y las letras de una forma casi instintiva y enfermiza. Sin apenas descanso, pasaba de libro en libro, como si quisiera absorber todo aquel conocimiento antes de formar parte del mayor plan conspiratorio de la Medina, y como si no existiera una realidad ajena al mundo en papel.

Anwar se pasaba los días yendo de un lado para otro, inquieto, por toda la casa. Sinceramente, parecía el fantasma aburrido de un hombre casero cualquiera. Más que nerviosismo parecía que fuera incapaz de estarse quieto siquiera dos segundos, parecía más bien que estuviera sufriendo un ataque de hiperaburrimiento y no supiera qué hacer con él.

Yo… bueno, yo sólo pensaba en la misión. Creaba y recreaba todas las posibilidades y formas de escapar con vida de allí. No me preocupaba mi vida, al fin y al cabo hace ya demasiado tiempo que estoy condenado, sino la de mi amigo y en especial la de Sahira, que hacía de Caperucita metiéndose de lleno en la boca del lobo.

Pero ya había llegado el día y nos situamos los tres frente a la puerta, completamente quietos, sincronizando nuestra mente como si fuéramos un único ser. Debíamos coordinarnos perfectamente si queríamos que funcionara, y nada queríamos más que aquello en ese momento. No habría segundas oportunidades, ni nos seguiría nadie en nuestra kamikace cruzada. Todo dependía de nosotros y la situación no daba cabida a “intentos”, se trataba de un asunto a vida o muerte… o algo peor que la muerte.

Sahira, en medio de los dos, abrió la puerta… ALLÁ VAMOS

miércoles, 24 de julio de 2013

CAPÍTULO 4


Me desperté con la luz del día. No sabía qué hora era, ni siquiera miré el reloj, no me importaba; me di la vuelta y me arrebujé entre las sábanas. No era algo que hiciera muy a menudo, normalmente sólo tras algún trabajo especialmente complicado. Después de exiliarme al mundo exterior, acostumbrado como estaba a vivir solo con unos cuantos mentores, no era capaz de convivir en la sociedad, tan radicalmente distinta además de la de la medina. Sin embargo, hecho curioso, sí que fui capaz de comprender sus entresijos rápidamente, es decir, era un espectador excepcional capaz de entender cómo se movían las personas y decidí sacar provecho de ello. Me llevó un tiempo crearme una red de clientes, pero si de algo puedo presumir es de perseverante y eficaz, así que una vez los conseguía era capaz de mantenerlos. Mi trabajo era simple: reunir toda la información posible en cuestión de economía y sociedad, y aconsejar a las empresas en consecuencia. Normalmente eran grandes compañías las que venían en busca de ayuda, pero también había algún que otro pequeño comerciante que pedía consejo para su negocio. Es un trabajo agotador, con algunos períodos más entretenidos que otros, en el que tienes que competir con todos los economistas, sociólogos, ... ¡incluso con Internet! Tienes que reunir las cualidades de todo el sector en tu persona, almacenar e interpretar la información sin dejar escapar el más mínimo detalle para luego poder sacar una conclusión. Claro que yo contaba con una ventaja que ningún ordenador, cálculo o estrategia suele tener: intuición. Llevaba toda la vida aprendiendo a leer a las personas por individuos y en comunidad, a manejar una economía (pequeña, pero con los mismos mecanismos),... había empleado mi existencia en saber cómo interpretar una sociedad y arreglar sus problemas.

Total, que no me apetecía mover ni medio músculo, al menos hasta que Anwar abrió la puerta anunciando a grito pelado que había churros con chocolate para desayunar. Creo que no existe en el mundo un argumento más convincente para sacarme de la cama, ni un volumen de voz más alto que el suyo. Me levanté con esfuerzo, repasando mentalmente cómo andar "derecha, izquierda, derecha,..." y acompañando con mi cuerpo el balanceo que me ofrecían mis "patas". En efecto, el aroma del chocolate ascendía por las escaleras en dirección a las habitaciones, y renovando mis fuerzas. Casi podía ver la barra de energía verde fosforita (bueno, al menos yo siempre me la he imaginado así) llenarse poquito a poco.

Anwar me esperaba con una gran montaña de bollos que me impedían poder ver su cara completamente y una humeante taza de chocolate. Saludé con una sacudida vertical de cabeza y me dejé caer sobre la silla contraria. Cogí uno de los bollos y empecé a mojarlo en el chocolate. Mirando hacia la taza empecé la conversación mañanera:

- Hablé con Sahira - mordisco. Vuelvo a mojar el bollo.
- Lo sé.
- Vendrá igualmente, pero sin matar a nadie - mordisco. Mojo el bollo de nuevo.
- Lo sé.
- Tiene que ser mañana, no podemos retrasarnos - mordisco definitivo.
- Lo sé.
- Sight, - suspiro - ¿no vas a decir nada más? - Silencio. - Oye, siento lo de anoche, me puse un poco... bastante... muy nervioso.
- Lo sé.
- Nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a ti.
- Lo sé.
- Tú lo averiguaste por tus propios medios. - silencio.- ¡Dios mío, dime algo!

Se levantó, presionó levemente con su mano mi hombro y dijo: “Está bien, no le des más vueltas”, y se fue. Yo me quedé un rato con la única compañía de los bollosy el chocolate. No decían nada, pero tampoco me hacían sentir incómodo. Sahira entró mientras estaba con uno de mis momentos en blanco.

- Hola, ¿mejor hoy? - mi primera reacción fue un espasmo de cabeza.
- S-s-s-s-sí, - dije torpemente – supongo. Siento mucho no haberte dicho todo antes, pero no me atrevía. Toda la vida he tenido que evitar la sociedad, por mi linaje primero, y por mi seguridad después. No estoy acostumbrado a que nadie sepa nada de mí. Lo lamento si te ha turbado... sobre todo lamento que te hayas visto implicada en todo esto.

Se quedó callada. Primero Anwar y luego ella. Estaba asistiendo a los primeros y únicos silencios incómodos de mi vida. ¡¿Qué le pasaba al mundo?! Preferiría mil veces que me gritaran, me chillaran, me pegaran, me apalearan o me echaran de una patada. No soportaba aquel silencio, aquella sensación de que el mundo se había parado, que había dejado de existir la vida a mi alrededor, que la habitación era demasiado pequeña para compartirla,… y todo por mi culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Había metido la pata hasta el fondo y lo sabía, lo que no acababa de acertar es con el remedio. Miraba, impotente, a la mujer que se había colado en mi vida sin avisar, y que parecía haber expulsado de ella sin quererlo. La miré fijamente a los ojos, que de pronto tomaron un carácter hipnotizador que no habían tenido nunca para mí. Tuve que apartar la mirada, que me abrasaba cada vez más.
- Lo siento, de verdad…
- Te creo – levanté la vista rápidamente. Se había trasladado como por arte de magia al lado de la mesa. – Cada uno tenemos nuestro pasado, no podemos hacer nada contra ello. Pero prométeme que no volverás a hacerlo, que jamás volverás a guardarte algo así para ti.
- L-l-l-lo prometo…
- Entonces está bien – posó sus labios en mi frente, dándome su bendición, sin darse cuenta de que ese gesto sería mi eterna maldición, que me perseguiría el resto de mi vida, obligándome a incumplir la recién estrenada promesa. - ¿Me das un bollo?

Le acerqué el plato y desayunamos en tranquilidad. El silencio volvió a ser un elemento natural del entorno, e incluso Anwar volvió por la tarde para recuperar la sana relación de complicidad que siempre habíamos tenido.

martes, 2 de julio de 2013

CAPÍTULO 3


Cerca de donde habíamos tenido nuestro accidente encontramos un río en el que por lo menos pudimos lavarnos la cara y adecentarnos un poco (sobre todo nuestro brillante amigo), lo cual nos permitió que nos aceptaran en una pensión de un pueblo que encontramos de camino a ninguna parte. Habíamos tenido mucha, mucha suerte, pues la tarjeta de crédito de Sahira había quedado intacta y pudimos pagarnos una habitación y ropas nuevas.

Precisamente en esa habitación estábamos cuando surgió la conversación que Anwar y yo tanto temíamos. Permanecíamos tumbados sobre nuestros para nada blandos colchones disfrutando, al menos yo, de la tranquilidad que ofrecía el silencio. Normalmente la gente se siente incómoda entre otras personas cuando reina el silencio, yo no. Disfruto del silencio. Para mí es como un tesoro que me permite aislarme y pensar en mis cosas: cosas que han ocurrido, cosas que quiero hacer,... A veces simplemente dejo de pensar, pongo la mente en blanco. Entonces es como si todo el mundo desapareciera, como si yo mismo dejara de existir. Esto puedo hacerlo incluso cuando no hay silencio, pero necesito apagar mis neuronas antes de que estallen y la sangre le salpique a alguien. En esas ocasiones la gente suele pararse a preguntar un estúpido “¿Estás bien?” o “¿Me estás escuchando?” Preguntas a las que no respondo, la primera por no ofender a quien parece interesarse por mi salud, y la segunda por la obvia negativa que me vería obligado a pronunciar. Lo obvio nunca debería decirse. Cada afirmación obvia que expresamos en alto es un momento de silencio, de áureo silencio, del que privamos a otra persona.

Como iba diciendo, había llegado El Momento. Éste vino, como no podía ser de otra forma, precedido por la ruptura del relajante silencio imperante. “Bueno,” dijo Sahira incorporándose “me vais a explicar qué pasa”. No era una pregunta. Era una afirmación, una orden que no admitía réplica ni negativa, la reivindicación de un derecho. Siendo así, estábamos en la obligación de explicarle todo... o al menos la mayor parte. "Estoy esperando" añadió con tono autoritario. "Porque lo siento, pero eso de que no conoces a quienes te persiguen no me parece muy creíble dadas las circunstancias". Fue Anwar quien comenzó. Supongo que se sentía culpable de, de algún modo, haberla inmiscuido en un asunto tan delicado. Bueno, eso y que estaba más acostumbrado a tratar con personas.

- Verás, Sahira – había adoptado un tono paternal, que rara vez daba malos resultados. Más de una vez he podido ver a psicópatas entregarse gracias al tonito que, por otra parte, me ponía de los nervios – es un tema complicado.
- No me importa – replicó bruscamente. Parecía que no iba a haber escapatoria posible. No se daba cuenta de que esto podría ser su propia perdición.
- Tienes que saber que estar al tanto de lo que quieres conocer implica que estarás en un peligro permanente, y que te será imposible mantenerte al margen. No quiero decir que vayas a morir, pero sí que habrá mucho dolor por el camino.
- No me importa – seguía en sus trece.
- Aún puedes renunciar. La alternativa es, simplemente, que vuelvas a casa. Todavía no saben nada de ti, estás a tiempo de volver sana y salva.
- No me importa – más terca que una mula.

Anwar suspiró. Supongo que no le gustaba nada ser él, una vez más, el responsable de meter a Sahira en todo este lío. Fue primero hasta el baño para llenarse un par de vasos con agua del grifo, que luego dejó sobre la mesilla. Tomó uno para pegarle un sorbo y coger fuerzas. Suspiró otra vez, creo que más que los remordimientos era la pereza lo que le impedía empezar a contar la historia.

- Vamos a dar un golpe de Estado – le ayudé. Tengo la firme creencia de que en ocasiones empezar por las conclusiones es la única forma de llegar a ellas.  La cara de Sahira era indescriptible, sin saber muy bien si le estaba tomando el pelo o simplemente estaba loco.  – Por eso nos están persiguiendo, y por eso hemos tenido que salir por patas.
- Sin ánimo de ofender – sonrió por fin – creo que os estáis quedando un poco cortos con la explicación.
- Vale, – tomó el relevo Anwar – esta parte supongo que me toca contarla a mí. Vamos a ver, bueno, está bien,... - como un viejo coche al que le cuesta arrancar – Tú ya has visto cómo funciona la ciudad subterránea, al menos en parte, ¿verdad? Y te he contado el por qué de los tatuajes. – Sahira asintió. – Todo está basado en la tradición y gira en torno a una figura de poder, un cargo que pasa de padres a hijos. Nuestro propósito es hacer nuestra pequeña revolución francesa e instaurar un sistema en el que la gente pueda, al menos, decidir quién es la persona más apropiada para tomar las decisiones. No tenemos ningún plan concreto – se adelantó al ver a Sahira abrir la boca – ni garantías de que a la gente le importe lo más mínimo lo que pase en el poder, pero esta sociedad tiene que ser lo suficientemente madura como para tomar las riendas de su destino, como ya hicieron hace siglos.
- ¿No tenéis ningún plan? ¿Y cómo se supone que vais a llegar hasta el centro mismo de vuestra sociedad?
- Bueno, nosotros llevamos ventaja. Tenemos... un contacto de cierta importancia – terminó, dándose cuenta de mi mirada alarmada. – Esto es lo que hay, ¿seguro que no quieres volver a casa?
- Estáis locos, y esta no es una batalla que me incumba...
- Bien dicho, – comencé – mañana mismo te llevamos a casa, allí estarás segura.
- ...pero voy a acompañaros.

Me levanté, aquello era demasiado. Pero, ¿es que no veía en dónde se estaba metiendo? ¿No comprendía la gravedad de la situación? Tal vez seguía sin apreciar su propia vida. Fuera cual fuera la razón, no podía tolerarlo. Además, posiblemente no haría sino estorbar.

- Eso es mucho contradecirse. Deberías reconsiderarlo. Mira, mañana vuelves a casa, te tomas algo caliente, te tumbas y...
- ¿Y qué? ¿Vuelvo al estado vegetativo del que salí? ¿Rehago mi vida sabiendo las cosas maravillosas que hay bajo el suelo? ¿Me despido de vosotros para siempre, mientras que voy a tener que vigilar mis espaldas por si aparece algún loco que quiere matarme? Lo siento, pero no va a poder ser. Ahora mismo sois lo más cercano que tengo, mis únicos amigos, y lo único que puede sustituir muy ligerísimamente a una familia. – Agachó la cabeza. – No puedo irme dejándoos abandonados a vuestra suerte. Puede que me hayáis encontrado por el camino, puede que sólo vaya a ser un estorbo para vosotros, pero no pienso dejaros aquí. Buenas noches, nos vemos mañana por la mañana.
- Aaaaagh, – mi exasperación estaba llegando a límites nunca antes imaginados – eres más terca que una mula. Un acto kamikaze no nos salvará, ni a nosotros ni a ti. Tienes que volver antes de que puedas arrepentirte. Sí, nos veremos mañana, pero de vuelta a tu casa. No hay más que hablar.

Me fui dando un portazo. Maldito Anwar, sólo le había contado la parte bonita de la historia. Nadie quiere oír la parte oscura de los complots. Cierto que tampoco yo le había permitido dar parte de la información, pero los detalles de mi vida pasada no deberían concernirle. Salí del hotelito dando grandes pasos iracundo. ¡Maldita sea! Tenía un mal presentimiento, una de esas sensaciones que te revuelven el estómago primero y te sacuden la espalda después. Algo no iba a salir bien, y no sabía qué. El final del cuento no iba a ser “y fueron felices y comieron perdices”. No esta vez.

Me quedé en el pueblecito, en una pequeña plaza ovalada con un caño. Quería estar solo, pero no aislado. El ruido del caño me relajaba, siempre lo ha hecho. Me recuerda a mi infancia, cuando pasaba largas tardes leyendo frente a la fuente. El agua sale, fluye, y se va; y los pensamientos pueden hacer lo mismo. Puedes hacer que toda tu energía fluya con el agua y dejar que las malas sensaciones se vayan con ella.

Algo se juntó al sonido del agua. Unos golpes secos y regulares en el suelo. Las pisadas de alguien apresurado que no sabe muy bien hacia dónde va. Se detuvieron un momento y luego se dirigieron hacia mí. No me volví. Podía ser un amigo, un enemigo, o cualquier persona que pasara por casualidad, pero en aquel momento todo me parecía igual. El mundo era un lugar hostil en el que había que defenderse.

Las pisadas eran, por supuesto, de Anwar, que había conseguido encontrarme. Creo que es la única persona que se ha preocupado verdaderamente por mí alguna vez, y también la única capaz de desarrollar el papel de padre, hermano y amigo, todo dentro de su misma personalidad. En aquel momento parecía que el rol de padre pacificador se había impuesto sobre los demás.

- Hola, ya pensé que no te vería hasta mañana, como no aparecías... – No respondí, no pensaba ponérselo tan fácil esta vez, había tocado un tema delicado. – Entiendo que todo esto es muy difícil para ti, – silencio – pero creo que deberías reconsiderar...
- ¿Reconsiderar? ¡No puede venir! Ni siquiera sabe toda la verdad sobre el final del plan, y no estoy seguro de que nos siga mirando de la misma forma cuando se entere.
- Deberías contárselo. Tal vez entonces accediera a ponerse a salvo.
- Oh, sí, claro, debería contárselo – no podía evitar ser sarcástico. – Oye, mira, es que hace un par de meses descubrimos que la mejor forma de acabar con esto es matando al whady y poniéndome yo en su lugar. ¿Te parece que suena bien? O no, mejor, soy un príncipe azul que quiere retomar el poder sobre su reino para salvarlo de dragones y  del malo de la peli, al que en realidad ni siquiera conozco. Sí, claro, creo que podría contárselo.
- Me parece que exageras algunos aspectos.
- Por favor, Anwar, que vamos a convertirnos en ASESINOS, verdaderos sicarios que están haciendo del fin una justificación de los medios. No exagero, creo que te has quedado excesivamente corto en la explicación.
- Pero no puedo ampliarla a no ser que me dejes contarle...
- De ninguna manera.
- Pero ya está metida en todo esto, te guste o no.
- ¡Ése es el problema! ¡Ella ni siquiera debería haber bajado al mundo de los tarados! Y sí, es un mundo de tarados, tú y yo incluidos, no hagas de semejante locura algo colectivo, ¿quieres? El mundo tiene suficiente con una ciudad de locos. No pienso permitir que venga con nosotros y tú vas a ayudarme a dejarla bien protegida.
- No pienso hacerlo, es ella quien debe decidir.
- No, ni aunque lo supiera todo. Si todo sale bien podrás traerla abajo y seréis felices y comeréis perdices, pero no antes, no ahora.
- ¿Se puede saber de qué hablas?

No pude contestarle, Sahira apareció de pronto en medio de los dos, pegando un grito que nos enmudeció al instante. No sé de dónde salió. Nunca había mantenido una discusión tan acalorada que había dejado de percibir el resto del entorno. Cuando me quise dar cuenta estaba sudando y jadeando en busca de resuello. Mi mano derecha apretaba con fuerza el pañuelo de mi bolsillo. Dejé de hacerlo en cuanto me percaté de ello, no me gustan los actos irracionales. Todo debe tener una razón, aunque permanezca oculta a nuestros ojos.

- ¿Os habéis vuelto locos? Os mataréis entre vosotros antes de volver a bajar. ¿A qué viene todo esto?

Nos miramos callados, como dos niños pequeños que se han peleado y les da vergüenza que les riña el profesor. Esta vez fue Anwar quien se fue, no sin antes soltar un "bah, haz lo que quieras". Sahira se volvió hacia mí con una agresiva mueca que incluía una ligera inclinación de cabeza, un levantamiento de ceja supremo y una agresiva postura con las manos en jarras. Un gesto que sin duda significaba "no me valen excusas, me vas a contar hasta quién fue el responsable de la muerte de Kennedy".

- Está bien, tranquila, te lo contaré. Quizás quieras sentarte primero - oferta que ella desechó con un brusco movimiento de mano. –   Bueno, – me pasé una mano por la cabeza, tratando de escoger las primeras palabras – ¿sabes el contacto que tenemos dentro del sistema? Bueno, pues... ¡soy yo! Como tú misma has dicho, nos hemos quedado bastante cortos en la explicación. Hace un tiempo el heredero del puesto de whady era yo – ella torció media boca. – De hecho lo era hasta hace unos cinco años, cuando se me ocurrió salir a escondidas de la casa y vi el sinsentido y la pasividad con la que vivían esos tarados, y cómo el gobierno absoluto dirigía sus vidas sin que ni siquiera se plantearan cambiar eso. Me horrorizó tanto que me fugué. Más bien me exilié, subí a la superficie con la firme convicción de no volver a bajar.
- Y ahora...
- Ahora vuelvo para arreglar el desastre que montaron hace unos siglos. El plan es simple: bajamos por uno de los accesos seguros; nos plantamos en palacio, tienen que dejarnos entrar, supuestamente soy el legítimo heredero; quitamos al actual whady, nos ponemos nosotros en su lugar y luego lo dejamos todo dispuesto para que empiecen a crecer. Sin embargo...
- Sin embargo, ¿qué? – su cara sola expresaba lo poco que estaba entendiendo realmente del asunto, y el temor a la respuesta que estaba a punto de darle.
- Sin embargo es más complicado. Mucho me temo que no podremos hacerlo sin derramamiento de sangre.
- ¿Qué quieres decir? – su cara se había tornado pálida y parecía que fuera a desfallecer una vez más, como ya comenzaba a ser costumbre.
- Quiero decir que lo más seguro es que quien está ahora en el poder no lo entregará voluntariamente, y cuenta con un cuerpo de seguridad mayor que cualquiera que hayas visto nunca; lo cual sólo nos deja una salida...
- Ya, y dejarlo pasar no es una solución que se os haya pasado por la cabeza, ¿verdad?
- No, desde luego que no. No han sido capaces de cambiar a lo largo de todos estos años, y nunca lo harán. ¿Qué ocurre? Antes no te parecía una mala idea.
- No, claro, no me lo parecía cuando no se trataba de asesinar a alguien.
- Bueno, en cualquier caso, así están las cosas. Así que lo mejor es que te vuelvas, como ya te había sugerido antes.
- "Sugerido" es un término un poco suave, ¿no crees?
- Como quieras, pero vuelve. No quiero que te involucres en esto.
- No, dije que iría para ayudaros y eso haré... aunque no pienso matar a nadie.
- No tienes sentido: no estás de acuerdo con lo que vamos a hacer, pero no quieres volver; nos vamos a convertir en asesinos, pero insistes en venir con nosotros; dices que vienes para ayudar, pero lo más seguro es que nos entorpezcas; afirmas que somos lo único que tienes ahora mismo, pero es más que probable que mueras acompañándonos, por lo que no te servirá de nada. Podrías ser razonable y olvidarte de nosotros.
- Lo siento, no puedo. Ni siquiera yo sé por qué estoy haciendo todo esto. No sé cómo explicarlo. Últimamente me muevo por impulsos, y supongo que vosotros (especialmente Anwar, claro) sois mi excusa para justificarlos. Perdí el sentido de mi vida hace varios meses, y aún no he conseguido que mi brújula personal vuelva a apuntar a un norte. Vivo sin objetivos a largo plazo, ni siquiera a corto plazo, así que me adueño de las metas de otro, esperando que aparezca mi verdadero camino entre tanto. Perdona, – una lágrima resbalaba por su mejilla – ni yo misma me entiendo. ¿Podrías olvidar todo esto? En ocasiones no hago más que soltar tonterías. Eso sí, olvídate de que me vuelva a casa, vuelvo al mundo subterráneo, a tu mundo de chalados, claro que a estas alturas creo que no tengo mucho derecho a llamarlos así.

La abracé. No fue un abrazo de película, de esos de "oso amoroso", sino más bien un impulso producido por mis recuerdos de cuando sobrevivía en base a una única sensación: el primer y último abrazo que mi padre me dio jamás. Debía de tener unos siete años cuando ocurrió, aunque nunca he conseguido recordar por qué. El caso es que esa sensación, esa protección mágica que sólo un abrazo puede dar, es lo que me ha impulsado desde entonces a seguir pase lo que pase, como si mi propio padre estuviera ahí para cuidar de mí. Su respiración se aceleró ligeramente, y cuando nos separemos vi correr a ambos lados de su cara silenciosas lágrimas, que no supe muy bien cómo interpretar.

- Buenas noches – dijo pasándose la manga de su chaqueta a modo de toalla – nos vemos mañana.

Se alejó con paso vacilante, como borracha de sus propios pensamientos. Yo me quedé sentado de nuevo, inmerso en mi silencio, en un silencio negro que de vez en cuando hacía aflorar mis pesadillas particulares. Hundí la cabeza entre mis brazos y me quedé así, flotando en la noche, hasta que el dolor de espalda me hizo volver a la realidad y a la habitación, donde imité a mis amigos e invoqué al sueño para que me ayudara a evadirme una vez más.

miércoles, 22 de mayo de 2013

CAPÍTULO 2


Aproveché mi huida de la habitación para salir a tomar el aire. No podía alejarme demasiado de la casa-mansión-palacio de Anwar, al menos no hasta que Sahira recuperara su autosuficiencia como persona. ¡Quién sabía si iba a necesitar más dulces o café! Sin embargo siempre he sido un poco claustrofóbico, y no aguanto demasiado estar entre cuatro paredes y al resguardo de un techo. Los sitios cubiertos me ponen nervioso, máxime si sólo tienen una salida al nivel del suelo.

Me puse a hacer algo de ejercicio. Me gusta estar activo. Podría decirse que soy de culo inquieto. Necesito moverme, ir de un lado para otro, aborrezco la monotonía. Conocía cada rincón del lugar, así que jugar a los exploradores, tanto fuera como dentro de la casa, no despertaba en mí el menor interés. Vista la situación, me arremangué la camisa, me quité las botas y la pesada capa, y comencé a hacer los mismos ejercicios que había establecido hacía tiempo para los períodos de reposo, había que mantenerse en forma.

No llevaba ni media hora cuando apareció Sahira (mucho más recuperada) por la puerta y me sorprendió haciéndome el héroe de culebrón malo dando volteretas por el campo (que fuera ejercicio no quería decir que no me montara mis películas para hacerlo más llevadero...), así que me paré en seco provocándome una caída bastante tonta de la que me temo que mi tobillo sufrió las consecuencias. Como única reacción ante aquella ridícula situación, ella torció la cabeza como una lechuza observando a un pobre ratoncillo. “Menudo cuadro,” pensé “ella que parece que le va a dar una tortícolis y yo que voy a tenerme que amputar un pie”.

- Entonces, - me dio la mano para ayudarme a levantarme – tú conoces cómo funcionan las cosas de ahí abajo, ¿no? - hizo caso omiso de mi recaída a la hierba ante la imposibilidad de apoyarme en el pie. Bien pensado, aquello fue bastante cruel y desconsiderado, pero supongo que me lo merecía. Comenzaba a conocer a mi anti-ego,  e intuía que no me perdonaría así como así.
- Hombre, entiéndeme, yo, aquí donde me ves, en realidad soy un hombre bastante tradicional – intentaba disimular el dolor, y concentraba mis energías en poder levantarme – y considero que estas cosas pertenecen al ámbito de las madres... no me digas que nunca tuviste LA charla... - por suerte pude captar su mirada severa y parar a tiempo aquel nuevo acto de inmolación. - Lo siento, bien, sí, ¿qué ocurre?
- Verás, – seguía sin hacerme ni caso – antes de que aparecieras de forma tan... repentina me ocurrió algo que no sé si es del todo normal. Con la emoción del momento no me he acordado de preguntarle a Anwar,  y la verdad es que todo este asunto me suena cada vez más a novela barata.
- No te preocupes – desistí de intentar ponerme en pie de nuevo – a cualquiera le pasaría. Yo mismo, si no hubiera nacido allí, no me creería que existe otro mundo. Por cierto, me gustaría aclararte una cosa. Te puede seguir sonando novelesco, pero mi único objetivo cuando vine aquí era darle un pequeño susto a Anwar, que ya me estaba esperando. Él mismo te puede confirmar mi manía de no poder llegar a un sitio como las personas normales, algún día iré a un psiquiatra... o a la cárcel. El caso es que te encontré allí y vi mi oportunidad de hacer mi entrada espectacular y, de paso, saber si eras o no una intrusa de verdad. No espero que me entiendas, pero al menos concédeme aunque sea una medio-aceptación de disculpa...
- Ya, bueno, si necesito a alguien para una película te aviso – fría y tajante, supuse que no sacaría más de ella. - Lo que intento decirte es que me pasó algo mientras dormía, algo que no sé muy bien cómo calificar. Tuve un sueño de esos que podríamos llamar con mensaje. Digamos que me recordó acontecimientos que, por increíble que me parezca a estas alturas, están sin zanjar en mi vida. El caso es que me desperté empapada en una especie de líquido viscoso, como si fuera savia o algo así, como la resina de los árboles pero en grandes cantidades. Tú también tendrás los tatuajes, al menos uno de aire, ¿no? ¿Esto suele pasar?
- Sí, claro – no era un tema que me emocionara, pero la pobre chica debía de estar realmente preocupada si no podía esperar a que Anwar saliera de su cripta. – No sé demasiado del tema, pero creo que al parecer a aquellos que pertenecen al elemento de Tierra les pasa al principio – pude leer el desconcierto y la incomprensión en su rostro. - A ver, lo que pasa es que cada tatuaje está hecho de acuerdo al elemento de cada cual, quiero decir, que los materiales cambian. Lo que supongo que pasa es que, por alguna razón, el cuerpo asimila más lentamente los de tierra, expulsando parte del material en los primeros días. No te preocupes, seguirás teniendo unos círculos perfectos.
- Está bien, gracias – suspiró aliviada. – Había llegado a pensar que me pasaba algo. Por cierto, en vuestro mundo os los imprimen de pequeños, ¿no?
- Sí. Es nuestro bautizo, si quieres llamarlo así.
- ¿Y eso también lo hace el whady, o cada familia se encarga de sus descendientes?
- No – sonreí, ¡menudo interrogatorio! – son los sacerdotes los encargados de hacerlo. De hecho, la “receta” de los tatuajes es secreta, y no la conocen más que un puñado de fieles de rango superior y el mismo whady.
- Entonces, ¿Anwar es...?
- Nonono – negué con la cabeza, enfatizando aún más la rotundidad de la negación – él es una persona normal... o casi.
- Pero él es quien me hizo esto – se levantó parte de la camisa, dejando al descubierto dos grandes círculos en la parte inferior de la espalda. - Y si no me has mentido tienen los componentes correctos.
- Sí, es cierto, pero es que a él le rodean unas circunstancias un tanto especiales. Y no sigas por ahí, – la corté en cuanto vi que volvía a abrir la boca para lanzar una nueva pregunta – ya he respondido a tu pregunta. Para más información le pides a tu amiguito un ciclo de conferencias.
- Está bien, ya veo que no te gusta hablar de temas subterráneos, qué le voy a hacer.
- Exactamente, y menos bajo un interrogatorio del tercer grado. Por cierto, - traté de suavizar mi tono – me sorprende la facilidad con la que aceptas todo esto. La verdad, creo que si hubiera sido yo el secuestrado aún estaría en estado de shock.
- Bueno, - fue la primera vez que la vi ruborizarse – no tenía grandes esperanzas puestas en mi vida antes de que todo esto ocurriera. De hecho, cada cosa nueva que pasa sólo puede causar dos cosas: una mejora, o el fin de mis días. Sinceramente, ninguna de las dos me disgusta por el momento, por lo que no tengo razones para estar asustada.
- Claro, por eso te desmayaste cuando bajamos a por Anwar – el sarcasmo siempre ha sido más fuerte que yo.
- No tiene nada que ver. Estaba asustada por él, y porque que un tipo se te acerque por detrás en el balcón no es una de las circunstancias más normales y tranquilizadoras del mundo. Además, está resultando que soy algo propensa a los desmayos, como las princesitas ñoñas de los cuentos.
- Pues no se preocupe su majestad, que a partir de ahora iré siempre por delante, para que me pueda ver con antelación y ahorrarnos futuras subidas de la escalera, que por cierto no son tan fáciles ni tan románticas como las pintan. ¡Ah, y me pondré un cascabel cual gato! Y para que veas mi buena fe te enseñaré un pequeño truco.
- ¿Cómo que un truco?
- Ya lo verás – sonreí maliciosamente.

Gastarnos bromas el uno al otro era parte del juego que nos traíamos Anwar y yo, pero ser siempre los mismos dos me aburría, y decidí que había llegado la hora de incluir nuevos miembros en nuestro club privado. Aquella broma en especial fue la primera que nadie me había hecho nunca. No es que la gente no supiera cómo gastar bromas, sino que nadie se acercaba a mí para ello. Nunca he tenido una vida demasiado social, aunque he de decir que esto no es completamente por mi culpa.

Le hice una seña a Sahira para que me siguiera con cuidado y en silencio, aunque no hacía falta, ya que Anwar dormía muy, muy profundamente. Un cliente hace unos años sufrió un ataque de ansiedad pensando que había muerto tras un tiroteo en su propia casa a la hora de la siesta... aquel caso fue un poco raro, la verdad. Lo que aún no entiendo es cómo nunca se ha metido en más líos. Esto me daba vía libre para hacer lo que quisiera mientras dormía. Entramos en la habitación y nos situamos junto a él. Yo saqué de entre mis bolsillos los polvitos mágicos, fundamentales si quería llevar a cabo con éxito la “misión”. El truco estaba en evitar los ojos, sabía que tenía automatizado el movimiento de frotárselos al despertar. Por lo demás, lo único que teníamos que hacer era decorar su pálida y demacrada cara, además de hacerle unas mechas en el pelo. Le íbamos a dejar estupendo...

Sahira al principio no entendía nada, pero en cuanto hicieron efecto los primeros polvos mágicos, y su cara comenzó a volverse verde y su pelo azul, ya no tuvo ningún reparo en seguirme el juego. Ahora sí, ahora ya sí que dejaba de ser una más entre la gente común, aunque he de reconocer que saber que tenía una faceta tan diabólica como yo no tendría que haber sido tranquilizador. Sin embargo, había algo en esa ironía y ese gusto por las bromas que me resultaba familiar. Con el tiempo he aprendido que son un reflejo de mí mismo, y por ello no los veía como una amenaza.

Allí la dejé, disfrutando de su descubrimiento. Yo cogí un libro cualquiera de una estantería con la que me crucé y salí de nuevo al exterior. Hice un recorrido visual por los alrededores mientras caminaba... hasta que choqué con un árbol. Me levanté, le miré, las hormigas que subían por su tronco me miraron levantando una ceja invisible sin dejar nunca su ardua tarea. Parecían querer decir, “¿Qué miras, pasmarote? Más te valdría recoger hojas para el invierno”. En momentos como este me pregunto si no debería ir a un arreglamentes de esos. Finalmente acabé (¡cómo no!) trepando al árbol y sentándome en una de las ramas más gruesas, la seguridad ante todo.

Ni siquiera me había dado tiempo a leer el título, cuando escuché el gemido de las hojas secas al crujir bajo los pies de alguien. Al principio pensé que tal vez Sahira me habría seguido, cansada ya de reírse de Anwar. Sin embargo, escuchar el tarareo de una canción hizo que desechara inmediatamente esa suposición por suponer bastante improbable que el tono de Sahira bajara tanto cuando cantaba. Además, el sonido procedía de la dirección contraria a la casa. No podía perder el tiempo. Me deslicé silenciosamente, o al menos lo suficiente como para que no se diera cuenta, por el tronco del árbol y salí corriendo hacia la casa por uno de los mil atajos que existían. Por suerte para mí el intruso no parecía llevar mucha prisa, seguramente confiado en que no nos daríamos cuenta, como de hecho habría sucedido de no ser yo una persona inquieta que no puede parar de ir de un lado para otro. Anwar y yo sabíamos que esto tendría que pasar tarde o temprano. Dadas las circunstancias, era lo más lógico. El único inconveniente es que lo esperábamos para más tarde, así que ni habíamos estado alerta, ni habíamos preparado un plan de fuga, ni habíamos puesto a salvo a Sahira, ni nada de nada. No quedaba más remedio, habría que improvisar.

No entré en la casa por la puerta delantera, sino que preferí entrar por la parte de atrás. Encontré a Sahira aún en el cuarto con Anwar. Se había lavado las manos y tenía un libro abierto en ellas. “Hay que salir de aquí, rápido” y ordené “Coge cuanta comida puedas llevar y vuelve aquí arriba”. Ella asintió y desapareció por la puerta. A mí me tocaba la ardua tarea de sacar de su sueño al Bello Durmiente, sin descartar que podría tener que llevarle en brazos como si fuera un niño pequeño. “Vamos, vamos, despierta, por lo que más quieras”. Se dio la vuelta y se arrebujó en las sábanas. “Ya han llegado, hay que salir por patas. No tenemos tiempo para estas tonterías”. Funcionó. Sus ojos se entreabrieron añadiendo énfasis a la expresión de sorpresa y desconcierto que se había dibujado en su cara. Comenzó a levantarse lentamente. Cuando consiguió mantenerse en equilibrio sobre sus piernas pudo poner en funcionamiento la parte de su cerebro dedicada al habla: “¿Y qué hacemos?”

- No lo sé. He enviado a Sahira a por provisiones.
- Hay que dejarla en algún sitio, ella no sabe nada, no debería correr  riesgos por nuestra culpa. ¡Qué estúpido he sido al traerla conmigo!
- Sí, lo has sido, pero de momento lo único en lo que hay que concentrarse es en salir de aquí con la cabeza sobre los hombros. Tengo un coche a la entrada de tu finca, el único problema es que esto es tan grande que no sé cómo lo vamos a hacer para llegar hasta él sin que nos vea.
- Bueno, si conseguimos hacer la mitad del camino sin que nos vea yo creo que lo podemos lograr.

Miré por la ventana hacia el camino por el que supuestamente tendría que aparecer nuestro perseguidor. Aún no se veía nada, pero su tarareo se escuchaba débilmente. Tendríamos unos diez minutos antes de que se personara en la puerta. Nuestra única oportunidad era salir por atrás, por el mismo lugar por donde yo había entrado, correr hacia el coche y luego...
- Vale – dije – igual lo podemos hacer pero, ¿dónde iremos después?
- Mucho me temo que habrá que adelantar los planes. Dejamos a Sahira en cualquier lugar a salvo y nos volvemos al mundo subterráneo. Tendré que hacer alguna llamada para entrar seguros. Si ya han salido a la superficie a buscarnos, no debería extrañarnos que tengan vigilada cada esquina de la medina.
- Creo que conozco una buena entrada, pero nos llevará un tiempo llegar. Es un lugar muy transitado, que no creo que se hayan molestado en montar un control por allí. Ya sabes, la tranquilidad de las masas lo primero.

En ese preciso instante entró Sahira. Anwar y yo nos miramos, ya hablaríamos después. En ese momento lo más importante era salir por patas. Arranqué las provisiones de manos de Sahira y las envolví en mi capa, formando una suerte de hatillo que pude atarme al cuello... viejos trucos de la profesión. Volví a asomarme por la ventana. La voz se iba acercando, en unos dos minutos estaría allí, creo que no ha habido momento en que haya agradecido más haber empleado la mitad de mi vida en agudizar mis sentidos. Teníamos que salir ya. Salimos por la puerta de atrás, dejando la puerta abierta para evitar posibles sospechas y ruidos innecesarios que pudieran advertir al intruso. Corrimos, corrimos como no lo volveríamos a hacer nunca en nuestra vida, al menos por mi parte. Conseguimos alcanzar el coche ya sin resuello. Anwar lo arrancó (a pesar de vivir en el subsuelo los coches se le daban mucho mejor que a mí), mientras Sahira y yo nos recuperábamos. Ella se frotaba las rodillas, doloridas por un par de caídas que había sufrido en la huida mientras jadeaba buscando oxígeno. Yo me volví a ver una vez más la casa. Una figura negra cortaba el horizonte, y se veía una columna de humo al fondo, seguramente resultado de haber quemado la casa, el procedimiento habitual en estos casos. "Malditos cabrones"  oí susurrar a Anwar. Aquella casa era lo único que le quedaba de su vida en la superficie, el único recuerdo que tenía de su madre.

La ventaja de los parajes inhóspitos es que puedes correr cuanto quieras por la carretera. El inconveniente es que te puedes estrellar en el primer barranco con curva. Por fortuna no tenía mucha altura y milagrosamente nadie se rompió ningún hueso. Eso sí, la cara amoratada y el resto del cuerpo de tonalidad dudosa no serían fáciles de disimular. Si teníamos un poco de suerte habríamos perdido a nuestro perseguidor, y si teníamos un poco más, nos daría por muertos sin pararse a comprobar el coche. Nos escondimos entre unos arbustos y estuvimos esperando lo que yo calculé unos cuarenta y cinco minutos. No ocurrió nada, así que dedujimos que podíamos salir.

Rodeamos el coche, preguntándonos cómo diablos podríamos salir de aquella situación. Anwar permanecía con el ceño fruncido. Sahira sacó un libro de debajo de la camisa y sonrió con alivio. Yo... yo dejé la mente en blanco. De pronto, a la vez, como si nos hubiéramos sincronizado, Sahira y yo miramos a Anwar, nos miramos entre nosotros y le volvimos a mirar. La situación se había vuelto tan ridícula que no pudimos reprimir unas estrepitosas carcajadas. Tras la adrenalina acumulada, la risa vino mejor que tres días de sueño. Reímos, nos reíamos tanto que tuvimos que arrodillarnos para no ahogarnos. Anwar nos miraba ahora sin comprender nada, pensando que tal vez el golpe había sido mayor que lo que pensaba. La sorpresa le duró hasta que se le ocurrió mirarse en uno de los espejos retrovisores o, mejor dicho, lo que quedaba de él. "¿Pero qué...?" fueron las únicas palabras que salieron de su boca antes de unirse a la carcajada colectiva. Tal había sido el peligro que nos habíamos olvidado de nuestra pequeña broma.

domingo, 21 de abril de 2013

PARTE 2. CAPÍTULO 1


Corrí hacia Anwar dejando sola a la muchacha. Era una lástima dejarla así, sin ninguna explicación, pero hacía demasiado tiempo que no veía al único amigo de verdad que me quedaba sobre la faz de la Tierra. Un trabajo que consiste en ir de acá para allá nunca ha sido la mejor forma de hacer nuevas amistades. Nos dimos un abrazo de esos que se dan los hombres, marcando bien las distancias, y supliendo ese alejamiento con risas y viejos recuerdos. Casi me había olvidado de cuanto había ocurrido hasta hacía cinco minutos cuando Anwar me apartó y salió disparado hacia la casa. Apenas me llevó un segundo volverme para comprobar que la pobre chica estaba desmayada en el suelo. Anwar se arrodilló junto a ella e intentó una apresurada maniobra de reanimación. “Ayúdame, ¿quieres? Tenemos que subirla a su cuarto, creo que es sólo cansancio”. Supongo que era mi turno de arreglar lo que había provocado yo solo. La cogí como pude y la volví a llevar escaleras arriba, siguiendo las instrucciones de mi camarada. Llegamos por fin a la dichosa habitación, que resultó estar en lo alto de la más alta torre, como una princesa de los mejores cuentos clásicos. Anwar la arropó, no sin después volverse para preguntarme:

- Pero, ¿se puede saber qué has hecho esta vez?
- ¿Yo? ¡Nada! - respondí encogiéndome de hombros. - Bueno, - reconocí – puede que me haya pasado un poco con la escenificación, pero nada más. Para mí que tu chica es algo impresionable.
- Lo primero: no es MI chica. Es una amiga...
- A la que has llevado a tu casa sin conocerla de nada, dejándote llevar por una de esas corazonadas tuyas. Algún día morirás por ello – le interrumpí. No era la primera vez que hacía tonterías por el estilo, una vez acogió sin saberlo al hijo de un gran comerciante durante casi una semana. Nunca le he visto poner una cara tan divertida como cuando le dieron la recompensa por haber encontrado al “hijo desaparecido”. Cierto que nunca le había pasado nada, pero siempre he pensado que confía demasiado en la gente, yo incluido.
- Amiga y nada más – recalcó ignorándome, o haciendo que me ignoraba.- Segundo: no es que ella sea algo impresionable (créeme, es de todo menos eso) es que tus entradas en escena son algo exageradas.

Aquello me dolió, aunque tengo que reconocer que tenia razón. Sin ir más lejos, al mismo Anwar le había conocido rescatándole de las manos de unos atracadores con cara de pocos amigos que ya le estaban echando sus navajas al cuello. Mi intención no había sido, desde luego, conocer a quien desde entonces ha sido mi mejor amigo sino, por así decirlo, hacer mi buena acción de la semana.

- Bueno, pensándolo bien, puede que desde su perspectiva pareciera que la iba a matar  - tuve que confesar sin poder evitar una cierta mueca de diversión, que también noté en la cara de Anwar.- Pero dejando a un lado mi fantástica actuación de psicópata, ¿cómo es? ¿Es de fiar, podemos involucrarla?
- ¿Crees que la traería aquí si no fuera de fiar? Vaya, y yo que creí que empezabas a confiar tú en mi instinto con las personas.
- ¡Claro, tu instinto! - exclamé sarcástico – Ese mismo instinto que estuvo a puntito de matarnos, todo porque el señor se fiaba del dueño del bar.
- Aquella vez fue distinto... tenía que salvar a su mujer, y al pobre hombre no le quedaba otra salida. Pero, ya ves, aquí estamos. Además, tengo curiosidad por saber cómo te llevarás con ella. Es todo lo contrario a ti, fíjate que el primer día que la dejé sola en casa ni siquiera intentó salir, y me la encontré tumbada en la cama leyendo un libro. Eso después de haberla “secuestrado”, ¿qué me dices a eso, es impresionable o no?
- Es una inconsciente, como tú.
- No creo que seas el más indicado para hablar – replicó con una sonrisa y una ceja levantada,. Pero basta de cháchara – miró a la chica – voy a quedarme el resto de la noche aquí, ya sabes, por si las moscas. ¿Qué tal si me pones al corriente de todo?¿Qué has averiguado?
- No mucho, pero lo suficiente como para saber que el asunto es serio, y hay que darse prisa.

Le pasé una carpeta con el trabajo que me había robado ya dos meses de mi preciada vida, y había desgastado media lista de contactos y deudas pendientes. No es que me pareciera del todo correcto hablar de nuestros planes delante de la Bella Durmiente, pero el tiempo apremiaba y tampoco iba a suponer una gran diferencia hablar enfrente de ella o de un armario. No es que hubiera que ponerse en acción en ese mismo instante, pero era importante ir trazando el esqueleto de las acciones que debíamos llevar a cabo.

Estuvimos hablando y discutiendo toda la noche, o todo lo que quedaba de ella, hasta que salieron los primeros rayos de Sol. Recordaba perfectamente el vampirismo de Anwar, así que me fui a  buscar lo que sería mi desayuno y su cena. Jamás entendí, ni creo que entenderé, ese rechazo al Sol, a lo que hace posible la vida, lo que falta ahí abajo. Una vez traté de preguntárselo, pero lo único que obtuve como respuesta fue un encogimiento de hombros y un “No sé, me deprime”.

Me llevó un rato dar con la despensa y la cocina. Por eso no me gustan las casas grandes, antes de encontrar nada hay que darse un buen paseo. Cuando por fin encontré las provisiones cogí una barra de pan y tosté algunos trozos. Preparé también algo de té para Anwar y un buen café para mí. También dejé algo de café caliente para la chica pues, si no lo tomara ella también, el café no habría tenido ninguna posibilidad de entrar en esa casa. Tomé conmigo alguno de los bollos que estaban encima de un estante, junto al tarro de sal. La verdad es que no era la cocina más organizada que había visto en mi vida. Me fui así, haciendo malabarismos como el mejor de los camareros, con un plato hondo para el pan y una pequeña bandeja para las bebidas, escaleras arriba.

Cuando volví me encontré a Anwar inclinado sobre la cama, justo donde debería estar la cara de la muchacha. Dejé con mucho tiento y en silencio las cosas, y me apresuré a observar más de cerca la situación y, por qué no decirlo, intentar alguna pequeña travesura. Pero antes de que pudiera dar siquiera dos pasos vi lo que ocurría en realidad: estaba ayudando a levantarse a la chica.

No negaré que eso me decepcionó un poco, pero también sentía curiosidad por saber quién era. Por el momento sólo podía describirse como un zombi recién salidito de la tumba. Le faltó tiempo, sin embargo, para volverse a asustar y casi desmayarse de nuevo al verme. Menos mal que allí estaba  Anwar para calmarla:  “Shhh, no pasa nada” la susurraba como quien calma a un pobre animalillo “es un amigo”. “Ya, si eso puedo entenderlo pero, ¿por qué va disfrazado de esa forma?”. Lo confieso, la pregunta fue inesperada y para cuando pude reaccionar y ofenderme ya era demasiado tarde.  Anwar me miró de arriba a abajo y comenzó a reírse. Ella soltó un tímido “lo siento” mirándome sonrojada.

- Alguien se lo tenía que decir – la tranquilizó una vez más mi amigo. - Además, te debe una muy gorda, menudo susto te has llevado, pobre.

Ahora fui yo el que se sonrojó. La verdad es que sí que parecía que iba disfrazado, con mis bombachos y mis botas, mi camisa y mi sombrero (aunque dentro, claro, me lo había quitado). Como no tengo mucho trato con personas, así es como visto normalmente, claro que me cambio el atuendo si quiero tratar con alguien normal. Mis ropajes son, por así decirlo, mi amuleto de la suerte en mi trabajo. Son cómodos, anchos, ideales para guardar y ocultar miles de cosas y, además, con ellos me siento más a gusto que con cualquier prenda moderna y me permiten realizar cualquier movimiento, cosa fundamental si no quiero acabar mal parado.

- Sí, eso – balbuceé – tú dale la razón – señalando a Anwar. – ¡Y yo que te había subido el desayuno!
- No seas quejica, hombre, si cualquiera que te conozca diría lo mismo. Yo cada vez que te veo siento la imperiosa necesidad de comprarte unos vaqueros y una camiseta, no vaya a ser que te caigas de un tejado un día y, después del hospital, se les ocurra llevarte a un manicomio. Anda, déjate de pataletas y dale algo de ese asqueroso líquido que tanto os gusta.

Le entregué refunfuñando a la chica su café, no sin experimentar un gran deleite al ver la cara de asco de mi amigo ante el oscuro líquido. Ella me miraba con curiosidad. Yo pensaba que todavía pensaba en las ropas, pero años más tarde me confesó que lo que en realidad esperaba era que montara un numerito o algo. “Por cierto, “me dijo “aún no nos han presentado. Soy Sahira.” Me tendió la mano dibujando una radiante sonrisa que ocultaba cualquier temor o cansancio que hubiera tenido o pudiera tener en ese momento. “Faruq” murmuré sin demasiada convicción.

- ¡Oh, vaya! ¿Así que tú también eres de ahí abajo? - la pregunta me volvió a sorprender, no sólo por el contenido, sino porque la formuló en una lengua que no debía de resultarle demasiado familiar.
- Pues sí, - Anwar respondió por mí - este pasmarote es justo el caso contrario a ti. Es un subterráneo que decidió quedarse a vivir en la superficie. Sinceramente, no sé cómo lo aguanta.
- No todos odiamos el Sol, a algunos nos gusta saborear la luz y el calor que nos da – de nuevo, él volvió a hacer una mueca de disgusto, justo lo que esperaba.
- Tonterías, a ti casi ni te rozan los rayos, con toda esa ropa y moviéndote entre las sombras es imposible que sepas lo que es realmente la luz del Sol.

Sahira nos miraba divertida, supongo que preguntándose qué tipo de relación tenían aquellas dos personas que no hacían más que picarse la una a la otra constantemente. Tal vez incluso llegara a pensar que éramos hermanos. Quizás el término tampoco esté del todo desencaminado. Nunca he sabido definir esta amistad que nos une. Fue de casualidad, sí, pero la sensación que hemos compartido, creo, los dos, es la de dos hermanos que se encuentran de nuevo después de mucho, muchísimo tiempo. No nos hace falta hablar, lo sabemos todo el uno del otro aun sin saber lo que nos haya pasado desde la última vez que nos vimos. Podemos leernos la mente, o adelantarnos al otro.  Es algo más que una simple amistad, siempre que esto no se entienda con el significado equivocado. Éramos, somos, dos hermanos que no comparten sangre ni educación.

- Ya, pero yo no vivo como un vampiro. ¿Seguro que no pasa nada si comes ajo?
- Vale, vale, Van Helsing, me voy a mi ataúd, procura que no se te desmaye otra vez – dijo señalando a Sahira. - ¡Y se amable, o te morderé por la noche! - gritó desde la puerta, podría haberse referido a cualquiera de los dos.

Y allí nos quedamos ambos dos, Sahira y yo, en completo silencio. El aire parecía pesar como el plomo, y ninguno de los dos sabía muy bien cómo romper con aquella situación. Realmente, aunque estuviéramos en la misma habitación, se interponía entre nosotros una pared transparente, un grueso muro adornado con movimientos nerviosos de manos, fugaces miradas hacia todos los rincones de la habitación, tics en las comisuras de los labios,... en fin, nada que no haya experimentado todo el mundo alguna vez. Ella alargó la mano hacia uno de los dulces mañaneros, que comenzó a comer sin producir el más mínimo ruido. Yo opté por romper el hielo... de una forma bastante torpe, he de reconocerlo:

¿Así que hablas la lengua de los tarados?
Sí, – respondió aún masticando – aunque cuando estuve abajo me parecieron bastante cuerdos.
Bah, tonterías – no podía evitar que mi viejo desprecio, que había intentado enterrar en varias ocasiones, saliera a la superficie.- Son un hatajo de chalados que se creen muy racionales y científicos, pero se dejan guiar por un adivino y siguen con las mismas tradiciones absurdas de hace siglos. Creen que lo saben todo y ni siquiera ven lo que pasa delante de sus narices – sentí el lado derecho de mi cara contraerse en una mueca involuntaria de aborrecimiento.
- No dista mucho de lo que ocurre por aquí, ¿no crees? - tomó un largo sorbo de café mientras levantaba las cejas y me miraba con unos ojos brillantes y activos.
- ¡Oh, no! Allí es mucho peor. No tienen ni idea de lo que son las emociones. Pueden acuchillar a alguien, llorar después, y no saber por qué hacen nada de eso. Algunos son capaces de ir al médico por tener extrañas palpitaciones en el pecho cuando lo que en realidad pasa es que están enamorados.  Parece mentira que no lo sepas, cuando es gracias a eso que tu amiguito puede ganarse la vida.
- Sí, - admitió pegando otro mordisco – algo me ha comentado. La verdad es que yo tampoco he tenido mucha oportunidad de interactuar con el medio. Igualmente me parece que exageráis, no será para tanto.
- Lo es, lo es. Pero ya me contarás cuando lleves un tiempo viviendo bajo tierra, haciendo de lectora de emociones, y desesperándote por su estupidez.
- Bueno, ya está bien. Además, ¿tú a qué te dedicas para estar despreciando así a los demás?

Aquella era una pregunta delicada, difícil de contestar, y aún más difícil hacerlo de forma que no suene a guión de película barata. Me sentía ridículo. Completa, absoluta, y rotundamente ridículo. Tuve incluso la tentación de mentir a aquella recién conocida muchacha, pero tarde o temprano tendría que saber quién era. Por el momento me conformé con suavizar la realidad, disfrazar al lobo feroz de perrito de compañía.

- Yo-ejem-yo digamos que mi trabajo engloba casi todas las áreas... algo así como un... asesor general, sí, algo así – sonreí esperando que con aquello valiera.
- Asesor general... - repitió - pues vaya, - suspiró desencantada, como si esperara que yo le confesara que era la reencarnación de Jack el Destripador – menuda profesión aburrida has ido a elegir al cambiar de mundo. Pensé que serías un maníaco de los laboratorios o algo así.

Cerré los ojos y roté la cabeza hacia el mismo lado que mi sonrisa torcida. No había entendido nada. En fin, ya habría tiempo de aclararle todo. Sobre todo, ya tendría tiempo de hacerlo en presencia de Anwar, que siempre ha tenido más tacto para estas cosas.

- Ya, claro. Supongo que eso suena lógico en tu cabecita, pero siento decirte que estás obviando detalles en tus deducciones.
- Detalles como...
- Detalles como que ODIO la ciencia y todo lo que tenga que ver con ella – respondí tajante, - De todas formas no te apures, sigo teniendo que tratar con fórmulas, y compuestos, y reacciones,... mucho más de lo que me gustaría. En fin, si necesitas algo ya sabes, dame un silbidito.

Hice un dramático mutis por el foro... bueno, más bien me fui del cuarto antes de acabar contándole hasta cuáles fueron mis primeras palabras, algo imperdonable en alguien como yo.

sábado, 6 de abril de 2013

CAPÍTULO 6


Abrió los ojos. Le costó, pero al fin pudo despegar los párpados. Pegó un pequeño brinco, no era aquél el escenario que esperaba. Volvía a estar allí, en su sofá, en el mismo maldito sofá que creía haber dejado atrás. Y no era sólo el sofá, toda la sala era la misma maldita habitación que pensaba que había abandonado. “¿Lo habré soñado?” se preguntó. Sí, eso debía ser, no cabía otra explicación. No podía ser de otra manera y sin embargo... sin embargo, todo le había parecido, le había parecido tan real que habría jurado... se llevó la mano a la espalda. Debía encontrar un espejo, y rápido. Salió disparada hacia el cuarto de baño en busca del tan ansiado espejo. Se quitó apresuradamente la camiseta, se miró el reflejo de su espalda por encima del hombro y... nada. Nada de nada, ni la más mínima manchita, ni el menor atisbo de una superficie más oscura que el resto. Sentía acudir, como ya empezaba a ser habitual, dos lágrimas a sus ojos. Ahora, justamente ahora que iba a cambiar de hogar, de vida, hasta de mundo, ahora que iba a dejarlo todo atrás como un mal recuerdo... ahora, justo ahora, se despertaba de tan maravilloso sueño, de ese paraíso que se había formado. Agachó la cabeza con una mueca de dolor. La espalda toda se doblegó ante la cruda realidad. ¡Qué estúpida había sido, mira que pensar que todo aquel mundo de fantasía era real! Sus manos se introdujeron en sus bolsillos en un acto involuntario mientras volvía hacia el punto de partida: su sofá. Fue entonces cuando se dio cuenta de que llevaba algo en el bolsillo derecho del pantalón. Lo sacó. Era una pequeña cajita con forma de dado. La abrió. De su interior salió una luz que iluminó de nuevo todas sus esperanzas.

Oyó un ruido a sus espaldas. No estaba sola. “¡Anwar!” fue lo primero que se le vino a la cabeza. Pero no, él no sabía dónde vivía. Además, ¿para qué iba a llevarla hasta allí? No tenía ningún sentido. Entonces, ¿quién sería? Se dirigió primero hacia la cocina y cogió uno de los cuchillos de aquel conjunto que habían comprado al mudarse, con el irrealizable propósito de aprender algo de cocina. Volvió al pasillo o, mejor dicho, iba a hacerlo cuando se topó de cara con el intruso. Tuvo el tiempo justo de exclamar “¡Alejandro!” antes de que sus reflejos la hicieran clavar el largo filo del cuchillo en el estómago de su antiguo compañero. Sus piernas se doblaron, y su cuerpo se desplomó. Ella se desplomó con él, se abandonó mirando por última vez sus manos ensangrentadas.

Se despertó sin aliento, empapada en sudor y lágrimas. Se incorporó apoyándose en un costado, el sueño la había dejado agotada. Miró a su alrededor, ahora sí que estaba donde tenía que estar: en la habitación de la gran casa de Anwar. Se palpó la espalda, encontrando que los círculos elementales se encontraban extrañamente humedecidos por lo que parecía una pasta viscosa. Destapó una de las peceras que tenía instaladas Anwar por toda la casa (como nadie le visitaba, no había riesgo de que se dieran cuenta) y se miró las manos. Era una sustancia de un color indefinido entre ocre y marrón. Al frotarla por los dedos éstos se pegaban. Parecía una especie de resina. “Pero, ¿qué es esto?” se preguntó atónita. “¿Cómo puede mi cuerpo fabricar algo así?” Corrió, se abalanzó sobre la ducha. Se frotó tan fuerte como pudo, incluso temió abrirse la piel arrancándose ese líquido asqueroso. Salió después cambiando, claro, su ropa. No creía que pudiera volver a ponerse ese camisón que había adquirido en el mundo subterráneo. Una pena, pues era muy colorido y le encantaba, pero mucho se temía que no tuviera remedio.

Volvió al piso superior  para pasear por la pequeña azotea que culminaba el edificio en el espacio que quedaba entre las dos buhardillas que hacían parecer la mansión un verdadero palacio. Una vez más el aire fresco de la noche hizo que su respiración volviera a su ritmo normal. Miró hacia las estrellas, recordando todas las historias que había aprendido durante aquellos días. A pesar de todo, sintió por primera vez que era libre de su pasado, que no tenía nada a lo que temer, que tenía su futuro y su destino en sus manos. 

Se dio la vuelta para volver a entrar. Fue entonces cuando escuchó posarse a alguien a su espalda. Ni siquiera le dio tiempo a volverse a mirar. Alguien ya había pegado su cuerpo al suyo, y la sujetaba de la cintura con una mano mientras le tapaba la boca con la otra. Intentó en vano zafarse. Mordió la mano que le impedía gritar para intentar avisar a Anwar, pero nada, el agresor no cejaba en su empeño, así que acabó por resignarse y asumir las cosas como venían. Ya buscaría una oportunidad de escapar.

- Tranquila – un susurro grave y profundo se escurrió por su oído a la vez que la mano que le sujetaba la cintura se relajaba un poco. - No te voy a hacer nada... al menos de momento. Simplemente asiente o niega con la cabeza. ¿Entiendes?

Asintió con la cabeza, tal y como el extraño la había indicado. El corazón le latía a cien por hora, aunque hacía grandes esfuerzos porque eso no se trasladase también a su respiración, y parecer así que estaba tranquila y dominaba, al menos en lo que a ella respectaba, la situación en vez de estar sufriendo un ataque de pánico.

 - ¿Eres amiga de Anwar? - asintió – Entonces, no le vas a hacer ningún mal, ¿verdad? - negó - ¿Sabes dónde está? - asintió. ¡Claro que lo sabía, estaría fuera, mirando al cielo! – Soy un amigo que le está buscando así que ahora, sin hacer tonterías, me vas a llevar hasta donde está, ¿de acuerdo? - asintió de nuevo o, más bien, su propio temblor hizo que la cabeza subiera y bajara. - Bien, te voy a soltar. No te gires, no hables, sólo llévame y no pasará nada, lo prometo.

Efectivamente, la liberó, y pudo sentir cómo aquel intruso daba un par de pasos hacia atrás. Tal vez, sólo tal vez, si hubiera estado más calmada y hubiera podido pensar con más claridad, se habría dado cuenta de que no la había amenazado con arma alguna, ni había intentado hacerle daño (incluso le había recalcado que aquella no era su intención ni mucho menos) y que aquel retroceso no se debía al respeto que pudiera tenerle o el amor al espacio personal que pudiera procesar el intruso, sino que estaba destinado a asegurarse una vía de escape en caso de que se torcieran las cosas. Quizás, si se hubiese percatado de todo aquello, se habría vuelto para ver la cara de quien se había presentado de forma tan aterradora e incluso le habría atacado.

Pero no fue así, su instinto de supervivencia había tomado las riendas y ordenaba obedecer cuanto la pidieran. Condujo al extraño escaleras abajo. Iba despacio, a tientas, como si se hubiera vuelto ciega de repente. Necesitaba palpar cada pared, tener la seguridad de que no se iban a caer y que podría apoyarse en ella sin temor, ya que sus piernas parecían poder fallarle en cualquier momento. Se mantenía atenta, escuchando cada paso y cada respiración del desconocido que la seguía detrás. Un extraño vértigo la embriagó al terminar los escalones y llegar frente a la puerta de salida. Dudó unos segundos, preguntándose si no tendría alguna posibilidad de impedir que el extraño llegara hasta Anwar o, al menos, de poder poner a éste último en antecedentes para que pudiera estar alerta. Pero notaba clavada en su nuca la mirada de aquel individuo, que esperaba expectante que abriera la dichosa puerta. 

Cerró los ojos y empujó lentamente la madera que les separaba del exterior. La figura de Anwar se apreciaba a unos metros, semiincorporado sobre sus antebrazos, observando, hipnotizado como siempre, los astros celestes. El desconocido corrió hacia él, y Sahira pudo ver cómo su amigo se levantaba de un salto, dejando de lado sus ensueños y ambos se abrazaban entre risas y saludos de viejos amigos. Ella, por su parte, cedió a sus piernas y se dejó caer sobre la hierba, permitiendo a su cerebro el merecido descanso tras aquellos intensos minutos. 

viernes, 25 de enero de 2013

CAPÍTULO 5


Estaba todo listo. Había tomado una decisión, había decidido que necesitaba romper con todo, y nada mejor para ello que hacerlo a la antigua usanza, con un ritual. Habían encendido una gran hoguera, y las maderas crujían al contacto con el fuego. Podía sentir el calor seco y ardiente de la llama en su cara. Su vestido, blanco y largo, dejaba al descubierto toda su espalda, quedando pendiente de su cuello y cadera únicamente. Anwar había sacado sus mejores galas del armario. Había llegado el gran momento, el momento en el que iba a dejar de pertenecer al mundo a que siempre había pertenecido, para pasar a formar parte del mundo subterráneo, que tanto la había cautivado. Había sido una decisión impulsiva, sí, pero era de las que pensaban que las decisiones impulsivas eran las que verdaderamente salían del corazón. No se arrepentiría, seguro que no. Empezaría una nueva vida, lejos de todo aquello que le producía tanta angustia.

Dirigió su vista hacia el cielo. Los planetas se habían alineado formando una perfecta línea recta. La Luna relucía describiendo un círculo perfecto de luz. Las constelaciones bailaban su lenta danza, acompañándoles en su ritual. Los astros celestiales conformaban el escenario perfecto para la ceremonia que estaban a punto de realizar.

Miró a Anwar a los ojos. El verde esmeralda refulgía a la luz de la hoguera. Asintió con determinación y se dio la vuelta. Sintió el dedo de Anwar en su espalda mientras marcaba las cuatro circunferencias de los elementos: una circunferencia simple para el fuego, otra atravesada por un diámetro vertical para el aire, un auténtico círculo para la tierra y una circunferencia con un pequeño círculo rodeando el centro para el agua. Aquella era su forma de indicar su falta de ascendencia, representando a los cuatro elementos que podrían haber sido de sus padres. Cogió entonces el maestro de ceremonias una especie de espátula que hundió en una pasta de agua y tierra negruzca, resultado del fuego, cogió algo de aquella pasta. En medio de aquellas cuatro formas dibujó una luna con la pasta, fijando así su propio elemento y el nombre que había elegido semanas atrás.

En el preciso instante en que Anwar terminó la forma, invadió su cuerpo una sensación desconocida hasta entonces, una especie de euforia salvaje que comenzaba con un hormigueo en los pies, y avanzaba a la vez que aumentaba en intensidad, subiendo primero por los gemelos, los muslos, superando los glúteos y tomando por fin la recta de la columna vertebral para llegar hasta el más profundo recodo de su cerebro. Se sentía libre. Por primera vez en su vida podía mirar a su alrededor sin ver ninguna cadena que la atara ni jaula que la encerrara. Los lamentos y el miedo a la soledad habían desaparecido como por arte de magia. Se volvió hacia Anwar, “Y ahora, ¿qué?”.  Él la miraba muy serio. Su rostro reflejaba una tensión tal, que ella pensó que de un momento a otro entraría en estado de hiperactividad. Las comisuras de sus labios se desplazaron mostrando una sonrisa dulce a la vez que traviesa. “Ahora, querida amiga, queda lo mejor”. Ante los curiosos ojos de Sahira sacó de detrás de una roca un par de pinchos metálicos con pedazos de carne ensartados. Le tendió uno de ellos, quedándose él con el otro. Lo puso al fuego que incrementó sus quejidos al soltar la carne la grasa. Entrechocaron después los pinchos a modo de brindis. “Bienvenida” le volvió a sonreír Anwar.

Concluyeron así el ritual improvisado. Aún quedaban algunos pinchos más y se sentaron mientras los tomaban. Así estuvieron, en silencio, tan sólo con el sonido del masticar, durante un buen rato. De alguna forma sus destinos habían quedado unidos, al menos durante un tiempo. Ninguno de los dos sabía qué significaba aquello, ni adónde les llevaría, pero aquello tampoco les asustaba. Fue Sahira quien rompió el silencio:

- ¿Cómo sabes que soy yo?
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Cómo sabes que soy yo de quien hablaba la predicción? De alguna forma he acabado secuestrada como Helena, ¿no es eso cumplir el destino de mi nombre?
- También hablé con la directora de tu orfanato. Al parecer fuiste tú misma quien se abalanzó sobre un ejemplar de la Ilíada que tenía ella en su mesa desde los brazos de la cuidadora que te encontró. Así que desde el principio el destino lo elegiste tú.
- Vaya, menuda investigación has hecho. ¡Ni que se hubiera colado en tu casa una criminal! No me extraña que te pidan ayuda en las investigaciones policiales... qué derroche de medios.
- Nunca se sabe – dijo riendo – al fin y al cabo vienes de un mundo casi desconocido. Y mis únicas referencias son de unas llaves y una profecía un poco vaga al respecto, igual no eras tú a quien yo debía encontrar. Unas llaves... dime si has escuchado alguna vez algo semejante.
- No, eso es verdad. ¿Cómo lo hiciste?
- ¿Hacer? Yo no hice nada. Cuanto te dije es verdad. ¿Sabes cuando se rompen los cristales porque suena algo a una determinada frecuencia? Pues esto es algo parecido, esa habitación vibra a la misma frecuencia que tú.
- Eso es destino también, ¿no?
- Sí, pero el mío. Ya te dije que yo debía encontrarte. Hasta ahí bien, te encontré y decidí llevarte a mi casa. Eso ya no estaba escrito en ninguna parte, no que me hayan dicho al menos. Además, tú podrías haberte fugado. Me dejaste de piedra cuando te encontré en la misma habitación donde te había dejado con los deberes hechos y con un libro entre las manos.
- Ya, ¿y adónde se supone que podía haber ido?
- No lo sé, pero es que ni siquiera parecías tener miedo.
- ¡¿Miedo?! - no pudo reprimir una sonora carcajada.- No sabes cuántas veces he soñado con vivir en un cuarto como ése. Además, no estaba pasando por una racha demasiado buena emocionalmente, - no prestó atención cuando él bajó la mirada y su lado derecho de la cara sufrió un espasmo de culpabilidad - y las expectativas de tiempo libre me deprimían aún más. Pensé que no importaba quedarme. Sinceramente, no parecías peligroso. ¡Incluso me habías dejado unas tortitas hechas para el desayuno!
- Sí, eso es verdad. Oye, escúchame, de veras que siento lo de Alejandro.
- Está perdonado, pero no sigas pronunciando su nombre, por favor te lo pido – hizo una mueca de dolor – aún está demasiado reciente todo. Sé que un año y pico parece suficiente pero...
- Tranquila, es normal, cada uno necesita su tiempo.
- Igualmente, ya es casualidad – continuó ella. – Bueno, ya no sé si es casualidad o destino, pero no creo que conozcas a mucha gente de aquí arriba.
- Hombre, de la ciudad conozco a todos los que estudiaron conmigo, y alguno más. Aunque te parezca mentira, yo no era uno de esos niños marginados solos en una esquina y que no se relacionan con nadie. Pero sí, tienes razón, ha sido inesperado. Sabía de su ruptura con su última novia, pero no imaginaba que fueras tú, ni él me dijo nada cuando me dio la información. Sabía que era química y, claro, cuando he visto tu cara, lo he entendido todo. Pero cambiemos de tema – dijo, casi suplicando, rápidamente, – ahora ya has abandonado tu mundo. ¿Qué vas a hacer? Podemos pasar por tu casa antes de volver para coger lo que quieras.
- No, no puedo volver de momento. Tranquilo, me buscaré un trabajo.
- No hace falta. Gano bastante y no gasto demasiado así que si no quieres...
- Sí, sí la hace. Trabajaré para comprarme algo de ropa (que esta se me va  a deshacer de tanto lavarla) y lo que necesite. Eso sí, me gustaría pedirte un favor.
- Lo que quieras – dijo haciendo aparecer un hoyuelo en la mejilla derecha.
- Querría, si no es mucha molestia quiero decir, que me dejaras quedarme en esa habitación. Es que es como... no sé, como si me hubiera estado esperando toda la vida, como si me viera reflejada en cada detalle, cada objeto, cada libro... jejeje, - se le escapó una risilla nerviosa - pensarás que soy una rarita, pero la verdad es que nunca me he sentido así, ni siquiera en mi propia casa.
- Claro, ya contaba con ello, ¿no viste cómo se pusieron las llaves? Si te dejo ir mi casa cobrará vida y me matará, como si fuera una mansión encantada, bueno, un agujero embrujado. Tengo una idea, ¿querrías trabajar para mí? - ella abrió los ojos de par en par, con una ceja levantada, sin saber muy bien cómo acabaría aquello – No me malinterpretes, llevo un tiempo queriendo contratar a alguien que me coja los recados y escoja los casos, ya sabes, alguien que pueda discriminar los más importantes o curiosos de los que no. Lo que pasa es que, ya sabes, con lo estirados y poco emocionales que son allí abajo, a nadie le interesa el puesto. Además, así no te tienes que mover de casa más que para ir a ver a los posibles clientes. Sé que quieres relacionarte con la gente, piénsalo, es una buena oportunidad, no te creas que te voy a dejar sin hacer nada, vas a recorrer la ciudad de arriba abajo, y vas a hablar con la mitad de sus habitantes. No podrías ni imaginarte la cantidad de gente que tiene problemas.
- Bueno, déjame pensarlo hasta entonces. De momento disfrutemos del fuego y el cielo, me parece que echaré de menos las estrellas.
- Sí, tienes razón. Mira, ¿ves aquellas cinco tan brillantes de allí?

Y así terminó el ritual de renacimiento, con una vuelta a las maravillosas historias celestiales.