Me desperté con la luz del día. No sabía qué hora era, ni siquiera miré el reloj, no me importaba; me di la vuelta y me arrebujé entre las sábanas. No era algo que hiciera muy a menudo, normalmente sólo tras algún trabajo especialmente complicado. Después de exiliarme al mundo exterior, acostumbrado como estaba a vivir solo con unos cuantos mentores, no era capaz de convivir en la sociedad, tan radicalmente distinta además de la de la medina. Sin embargo, hecho curioso, sí que fui capaz de comprender sus entresijos rápidamente, es decir, era un espectador excepcional capaz de entender cómo se movían las personas y decidí sacar provecho de ello. Me llevó un tiempo crearme una red de clientes, pero si de algo puedo presumir es de perseverante y eficaz, así que una vez los conseguía era capaz de mantenerlos. Mi trabajo era simple: reunir toda la información posible en cuestión de economía y sociedad, y aconsejar a las empresas en consecuencia. Normalmente eran grandes compañías las que venían en busca de ayuda, pero también había algún que otro pequeño comerciante que pedía consejo para su negocio. Es un trabajo agotador, con algunos períodos más entretenidos que otros, en el que tienes que competir con todos los economistas, sociólogos, ... ¡incluso con Internet! Tienes que reunir las cualidades de todo el sector en tu persona, almacenar e interpretar la información sin dejar escapar el más mínimo detalle para luego poder sacar una conclusión. Claro que yo contaba con una ventaja que ningún ordenador, cálculo o estrategia suele tener: intuición. Llevaba toda la vida aprendiendo a leer a las personas por individuos y en comunidad, a manejar una economía (pequeña, pero con los mismos mecanismos),... había empleado mi existencia en saber cómo interpretar una sociedad y arreglar sus problemas.
Total, que no me apetecía mover ni medio músculo, al menos hasta que Anwar abrió la puerta anunciando a grito pelado que había churros con chocolate para desayunar. Creo que no existe en el mundo un argumento más convincente para sacarme de la cama, ni un volumen de voz más alto que el suyo. Me levanté con esfuerzo, repasando mentalmente cómo andar "derecha, izquierda, derecha,..." y acompañando con mi cuerpo el balanceo que me ofrecían mis "patas". En efecto, el aroma del chocolate ascendía por las escaleras en dirección a las habitaciones, y renovando mis fuerzas. Casi podía ver la barra de energía verde fosforita (bueno, al menos yo siempre me la he imaginado así) llenarse poquito a poco.
Anwar me esperaba con una gran montaña de bollos que me impedían poder ver su cara completamente y una humeante taza de chocolate. Saludé con una sacudida vertical de cabeza y me dejé caer sobre la silla contraria. Cogí uno de los bollos y empecé a mojarlo en el chocolate. Mirando hacia la taza empecé la conversación mañanera:
- Hablé con Sahira - mordisco. Vuelvo a mojar el bollo.
- Lo sé.
- Vendrá igualmente, pero sin matar a nadie - mordisco. Mojo el bollo de nuevo.
- Lo sé.
- Tiene que ser mañana, no podemos retrasarnos - mordisco definitivo.
- Lo sé.
- Sight, - suspiro - ¿no vas a decir nada más? - Silencio. - Oye, siento lo de anoche, me puse un poco... bastante... muy nervioso.
- Lo sé.
- Nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a ti.
- Lo sé.
- Tú lo averiguaste por tus propios medios. - silencio.- ¡Dios mío, dime algo!
Se levantó, presionó levemente con su mano mi hombro y dijo: “Está bien, no le des más vueltas”, y se fue. Yo me quedé un rato con la única compañía de los bollosy el chocolate. No decían nada, pero tampoco me hacían sentir incómodo. Sahira entró mientras estaba con uno de mis momentos en blanco.
- Hola, ¿mejor hoy? - mi primera reacción fue un espasmo de cabeza.
- S-s-s-s-sí, - dije torpemente – supongo. Siento mucho no haberte dicho todo antes, pero no me atrevía. Toda la vida he tenido que evitar la sociedad, por mi linaje primero, y por mi seguridad después. No estoy acostumbrado a que nadie sepa nada de mí. Lo lamento si te ha turbado... sobre todo lamento que te hayas visto implicada en todo esto.
Se quedó callada. Primero Anwar y luego ella. Estaba asistiendo a los primeros y únicos silencios incómodos de mi vida. ¡¿Qué le pasaba al mundo?! Preferiría mil veces que me gritaran, me chillaran, me pegaran, me apalearan o me echaran de una patada. No soportaba aquel silencio, aquella sensación de que el mundo se había parado, que había dejado de existir la vida a mi alrededor, que la habitación era demasiado pequeña para compartirla,… y todo por mi culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Había metido la pata hasta el fondo y lo sabía, lo que no acababa de acertar es con el remedio. Miraba, impotente, a la mujer que se había colado en mi vida sin avisar, y que parecía haber expulsado de ella sin quererlo. La miré fijamente a los ojos, que de pronto tomaron un carácter hipnotizador que no habían tenido nunca para mí. Tuve que apartar la mirada, que me abrasaba cada vez más.
- Lo siento, de verdad…
- Te creo – levanté la vista rápidamente. Se había trasladado como por arte de magia al lado de la mesa. – Cada uno tenemos nuestro pasado, no podemos hacer nada contra ello. Pero prométeme que no volverás a hacerlo, que jamás volverás a guardarte algo así para ti.
- L-l-l-lo prometo…
- Entonces está bien – posó sus labios en mi frente, dándome su bendición, sin darse cuenta de que ese gesto sería mi eterna maldición, que me perseguiría el resto de mi vida, obligándome a incumplir la recién estrenada promesa. - ¿Me das un bollo?
Le acerqué el plato y desayunamos en tranquilidad. El silencio volvió a ser un elemento natural del entorno, e incluso Anwar volvió por la tarde para recuperar la sana relación de complicidad que siempre habíamos tenido.
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