sábado, 10 de junio de 2017

Despedida a una vieja amiga

Dime, ¿por qué has parado? No, no apartes la mirada de mí. Largo ha sido el camino. Desierto, falto de monstruos, o más bien con la omnipresente monstruosidad de la soledad. Penosa, escucha, ha sido la senda recorrida. ¡Vuélvete, tú que has aguardado! Mi presencia has reclamado sin descanso, aquí me tienes. Pero al fin, ¿qué buscas?

Nada de mi dolor has querido llevarte.  Todo te lo he dado, todo has despachado con un vago gesto. He acudido a ti en busca de una nueva vida, y sólo muerte me has dejado. Guárdate esas cenizas, no las quiero… ¡Mírame!

Mi sangre y mis cantos no han bastado para saciar tu sed, maldita. ¿Cuántas noches, dime, te he llamado? ¿Cuántas me he quedado sin voz, esperando que fueras tú quien hablara? Y, de nuevo, el silencio.

En silencio me has dejado perseguirte. En silencio he contemplado tus espaldas sin descanso. En silencio me he ido gastando, quebrando. En silencio las sombras se han adueñado del sendero, el negro no es ya el color más oscuro. Han muerto los colores y las voces, camino entre fantasmas… tampoco ellos hablan.

¿Qué importa ya? Vete, no te perseguiré. He comprendido. Nada tengo que quieras llevarte. Ninguna tristeza, ningún goce. No fui ayer quien querías, no soy hoy quien necesitas y, aun si vinieras mañana, nada te llevarías.

Vete, pues, musa maldita. Esta peregrina es ahora dueña de sus pasos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario