Dime, ¿por qué has parado? No,
no apartes la mirada de mí. Largo ha sido el camino. Desierto, falto de monstruos,
o más bien con la omnipresente monstruosidad de la soledad. Penosa, escucha, ha
sido la senda recorrida. ¡Vuélvete, tú que has aguardado! Mi presencia has
reclamado sin descanso, aquí me tienes. Pero al fin, ¿qué buscas?
Nada de mi dolor has querido
llevarte. Todo te lo he dado, todo has
despachado con un vago gesto. He acudido a ti en busca de una nueva vida, y
sólo muerte me has dejado. Guárdate esas cenizas, no las quiero… ¡Mírame!
Mi sangre y mis cantos no han
bastado para saciar tu sed, maldita. ¿Cuántas noches, dime, te he llamado?
¿Cuántas me he quedado sin voz, esperando que fueras tú quien hablara? Y, de
nuevo, el silencio.
En silencio me has dejado
perseguirte. En silencio he contemplado tus espaldas sin descanso. En silencio
me he ido gastando, quebrando. En silencio las sombras se han adueñado del
sendero, el negro no es ya el color más oscuro. Han muerto los colores y las
voces, camino entre fantasmas… tampoco ellos hablan.
¿Qué importa ya? Vete, no te
perseguiré. He comprendido. Nada tengo que quieras llevarte. Ninguna tristeza,
ningún goce. No fui ayer quien querías, no soy hoy quien necesitas y, aun si
vinieras mañana, nada te llevarías.
Vete, pues, musa maldita. Esta
peregrina es ahora dueña de sus pasos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario