Un café solo, cargado, y un bollo industrial: el desayuno. No
le gustan los bares (tristes, llenos de charlatanes y solitarios, incómodos en
cualquiera de los asientos preparados para los clientes), pero no ha tomado
nada antes de salir. Un minuto más antes de escapar de las sábanas, un largo
parpadeo interrumpido por el timbre, ya no hay tiempo, o más bien todo el
tiempo está por venir.
Mira el reloj: las diez y media. Llega tarde, no ha llegado,
no llega. Todavía podría pagar, salir del bar, llegar a la facultad y entrar.
Sólo serían diez minutos – quince como máximo – de retraso. Primer día, primer
contacto, recepción, presentación, “os esperamos la semana que viene en clase”.
No es importante, no pasa nada, no puede entrar tarde. Una vez entró tarde a
una clase, casi no lo recuerda; sólo recuerda la mirada reprobatoria del
maestro, los ojos expectantes de veinte – ¿o eran treinta? – personitas, el
rubor, la imagen borrosa de los pupitres. Ahora no puede entrar – suda,
tiembla, no puede.
Bienes muebles contenidos en su bolsa: cuatro papeles vacíos
y arrugados, utensilios de escritura salidos de otro tiempo (nada dependiente
de alocados electrones), una botella aún por llenar y un libro viejo – el
primero que ha cogido, sin mirar, en la librería de segunda mano de camino al
campus.
Saca las hojas, las mira (o mira hacia ellas) sin emoción,
las vuelve a guardar. Saca el libro. Tapas de tela, casi rotas, amarillas, sin
título. ¿Por qué lo ha cogido? No lo sabe. Ha sido el instinto, la memoria, los
recuerdos escondidos. Ese libro no es un libro, cualquier libro, es el libro
primero. En el lomo figura la marca en relieve de una editorial ya extinta, las
páginas huelen a otros tiempos, a los recuerdos de alguien más, codificados,
imposible saberlos, incompatibles con el sistema operativo personal. La primera
página muestra, ahora sí, letras, el alma del volumen se abre ahora, clara,
mostrándose a sí misma y su historia: “Enhorabuena”.
La línea central, descolorida, forma ya parte del relato
mismo. Por encima, el nombre que figura en el registro – ya no importa, hace
mucho que dejó de importar – más abajo, una firma que figura en otros
registros. Mejor dicho, es una firma que figuraba en otros registros, hace años
que esos garabatos ya no existen, lo sabe bien, los conoce de sobra, es
culpable de esa y otras tantas inscripciones autografiadas. Podría decir que es
el destino, pero no cree en el destino – los dioses se han vuelto tan
holgazanes como los humanos, poco tienen que escribir. Cree más bien en lo
inconsciente, en el atractivo de lo conocido, en la reaparición de cadenas, en
un pasado agonizante que no acaba de morir.
No le hace falta más. Cierra las tapas como la caja; no de
Pandora, la suya. No escapan de allí los males, se quedan encerrados, saltando
entre páginas, ordenando y reordenando cuadernillos y capítulos. Piensa en
tirarlo, arrojarlo a un contenedor, despedazarlo, quemarlo…todo inútil: esa
firma será su perdición. Mejor será llevarla siempre consigo, siempre a la
vista, siempre vigilada para que no pueda volver a atacar.
Sale de allí. No ha llegado al campus, nunca lo hará. Su camino
va en dirección contraria, sus pasos crearán otro viaje, lejos, fuera del
alcance del pasado, donde todavía sea posible un futuro, donde no haya donde
llegar, donde ningún puerto sea el último. Una senda sin retorno y con un solo final.
Tema propuesto por Celia: el impacto de las pequeñas decisiones que tomamos que parecen ser insignificantes, pero que pueden afectar mucho al curso de nuestras vidas.