sábado, 22 de julio de 2017

De la importancia de un buen desayuno

Un café solo, cargado, y un bollo industrial: el desayuno. No le gustan los bares (tristes, llenos de charlatanes y solitarios, incómodos en cualquiera de los asientos preparados para los clientes), pero no ha tomado nada antes de salir. Un minuto más antes de escapar de las sábanas, un largo parpadeo interrumpido por el timbre, ya no hay tiempo, o más bien todo el tiempo está por venir.

Mira el reloj: las diez y media. Llega tarde, no ha llegado, no llega. Todavía podría pagar, salir del bar, llegar a la facultad y entrar. Sólo serían diez minutos – quince como máximo – de retraso. Primer día, primer contacto, recepción, presentación, “os esperamos la semana que viene en clase”. No es importante, no pasa nada, no puede entrar tarde. Una vez entró tarde a una clase, casi no lo recuerda; sólo recuerda la mirada reprobatoria del maestro, los ojos expectantes de veinte – ¿o eran treinta? – personitas, el rubor, la imagen borrosa de los pupitres. Ahora no puede entrar – suda, tiembla, no puede.

Bienes muebles contenidos en su bolsa: cuatro papeles vacíos y arrugados, utensilios de escritura salidos de otro tiempo (nada dependiente de alocados electrones), una botella aún por llenar y un libro viejo – el primero que ha cogido, sin mirar, en la librería de segunda mano de camino al campus.

Saca las hojas, las mira (o mira hacia ellas) sin emoción, las vuelve a guardar. Saca el libro. Tapas de tela, casi rotas, amarillas, sin título. ¿Por qué lo ha cogido? No lo sabe. Ha sido el instinto, la memoria, los recuerdos escondidos. Ese libro no es un libro, cualquier libro, es el libro primero. En el lomo figura la marca en relieve de una editorial ya extinta, las páginas huelen a otros tiempos, a los recuerdos de alguien más, codificados, imposible saberlos, incompatibles con el sistema operativo personal. La primera página muestra, ahora sí, letras, el alma del volumen se abre ahora, clara, mostrándose a sí misma y su historia: “Enhorabuena”.

La línea central, descolorida, forma ya parte del relato mismo. Por encima, el nombre que figura en el registro – ya no importa, hace mucho que dejó de importar – más abajo, una firma que figura en otros registros. Mejor dicho, es una firma que figuraba en otros registros, hace años que esos garabatos ya no existen, lo sabe bien, los conoce de sobra, es culpable de esa y otras tantas inscripciones autografiadas. Podría decir que es el destino, pero no cree en el destino – los dioses se han vuelto tan holgazanes como los humanos, poco tienen que escribir. Cree más bien en lo inconsciente, en el atractivo de lo conocido, en la reaparición de cadenas, en un pasado agonizante que no acaba de morir.

No le hace falta más. Cierra las tapas como la caja; no de Pandora, la suya. No escapan de allí los males, se quedan encerrados, saltando entre páginas, ordenando y reordenando cuadernillos y capítulos. Piensa en tirarlo, arrojarlo a un contenedor, despedazarlo, quemarlo…todo inútil: esa firma será su perdición. Mejor será llevarla siempre consigo, siempre a la vista, siempre vigilada para que no pueda volver a atacar.

Sale de allí. No ha llegado al campus, nunca lo hará. Su camino va en dirección contraria, sus pasos crearán otro viaje, lejos, fuera del alcance del pasado, donde todavía sea posible un futuro, donde no haya donde llegar, donde ningún puerto sea el último. Una senda sin retorno y con un solo final.

Tema propuesto por Celia: el impacto de las pequeñas decisiones que tomamos que parecen ser insignificantes, pero que pueden afectar mucho al curso de nuestras vidas.

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