domingo, 18 de marzo de 2018

El desierto


Se ha sentado allá donde ya no hay ciudades, donde nada crece, donde el viento ha huido y el sol esquiva la piel.

Ha abandonado un mundo sin hogar, un tejido del que no forma parte. Es el hilo enganchado, la puntada deshecha; re-coser o cortar. Un hilo del color equivocado, antitramado.

Ha tomado las sendas deshabitadas, los caminos que aún no han sido explorados. Ha caminado hasta no sentir las piernas, derrumbarse, desfallecer. Ni un alma, nadie. Se ha dejado caer donde nadie buscará, ni hay nada que encontrar.

El tiempo no se ha detenido, porque no existe, solo insiste. El metrónomo escarlata no cesa en la producción de segundos que no discurren; se posan, cuajan.

Se ha sentado en silencio, porque ya no hay palabras. Se ha sentado allá donde la vida es un espejismo, donde nada es, o todo es dejar de ser. Se ha sentado allá donde su reflejo es transparente, donde cada certeza se esfuma, donde no cabe la duda; donde no se puede permanecer, ni huir. Se ha sentado allá donde sabe que no volverá, que nunca ha estado, ni existido, ni sido, ni será.



sábado, 3 de marzo de 2018

A una madre

Te quiero, pero no te puedo ni ver. Te adoro, pero ya no puedo soportar contemplarte. Eres hija de otros tiempos, y los años te han cambiado. Cada vez más vieja y cada vez más niña, más egoísta, más inmadura. Quieres hacer hoy lo que hacías en tu juventud, como si no sintieras las cuatro décadas en tus huesos vacíos, carcomidos por las infecciones, con las defensas concentradas en procesos autoinmunes, sin atacar al cerebro gangrenado que guía tus pasos.
Atemorizada, te comes a cada nueva generación. Como al titán, te aterra que alguien destruya el orden que tanto te has empeñado en establecer, la paz impuesta sin consensuar. Escondes tras barrotes los gritos de rabia de las musas, quemas en la hoguera las páginas de tu historia más oscura, matas de hambre a tus mayores y empujas al exilio a tu descendencia más joven, que huye de tus garras.
No me malinterpretes, madre. Yo te llevo en lo más profundo de mi ADN, y te quiero; pero no te aguanto. Cada una de las noticias que llegan a la tierra de las viejas leyendas, cada nueva acción, me golpea como una puñalada bañada en alcohol; me quema, me endurece. Te quiero, madre, pero no te reconozco. O mejor, te reconozco demasiado: vieja e inamovible, sorda y medio ciega, miedosa y soberbia, cerrada y reaccionaria. No te soporto, y no soporto este sentimiento, esta rabia que has sembrado y que aflora cada vez que oigo tu nombre, este miedo a descubrir un nuevo episodio de tus desvaríos, de esta esquizofrenia paranoide que se ha apoderado de todas tus células. No te quiero ni ver, ni oír, ni intuir; no quiero saber en qué te estás convirtiendo, o en qué no llegaste nunca a convertirte. Porque ya no sé quién eres, ni quién quiero que seas, ni quién quiero ser yo para ti. Y en este no saber siento tu calor perderse entre las brumas toscanas.