Te quiero,
pero no te puedo ni ver. Te adoro, pero ya no puedo soportar contemplarte. Eres
hija de otros tiempos, y los años te han cambiado. Cada vez más vieja y cada
vez más niña, más egoísta, más inmadura. Quieres hacer hoy lo que hacías en tu
juventud, como si no sintieras las cuatro décadas en tus huesos vacíos,
carcomidos por las infecciones, con las defensas concentradas en procesos
autoinmunes, sin atacar al cerebro gangrenado que guía tus pasos.
Atemorizada,
te comes a cada nueva generación. Como al titán, te aterra que alguien destruya
el orden que tanto te has empeñado en establecer, la paz impuesta sin
consensuar. Escondes tras barrotes los gritos de rabia de las musas, quemas en
la hoguera las páginas de tu historia más oscura, matas de hambre a tus mayores
y empujas al exilio a tu descendencia más joven, que huye de tus garras.
No me
malinterpretes, madre. Yo te llevo en lo más profundo de mi ADN, y te quiero; pero
no te aguanto. Cada una de las noticias que llegan a la tierra de las viejas
leyendas, cada nueva acción, me golpea como una puñalada bañada en alcohol; me
quema, me endurece. Te quiero, madre, pero no te reconozco. O mejor, te
reconozco demasiado: vieja e inamovible, sorda y medio ciega, miedosa y
soberbia, cerrada y reaccionaria. No te soporto, y no soporto este sentimiento,
esta rabia que has sembrado y que aflora cada vez que oigo tu nombre, este
miedo a descubrir un nuevo episodio de tus desvaríos, de esta esquizofrenia
paranoide que se ha apoderado de todas tus células. No te quiero ni ver, ni oír,
ni intuir; no quiero saber en qué te estás convirtiendo, o en qué no llegaste
nunca a convertirte. Porque ya no sé quién eres, ni quién quiero que seas, ni
quién quiero ser yo para ti. Y en este no saber siento tu calor perderse entre
las brumas toscanas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario