miércoles, 30 de mayo de 2018

Nihil novum


Pues sí, nos hemos acostumbrado. Nos hemos acostumbrado a tener ladrones por patrones, a sostener a todos los tuertos mientras ajustamos las vendas que nos cubren los ojos, a mirar el dedo en lugar de las mareas de plata que fluyen hacia aguas internacionales.

Nos hemos acostumbrado a mirar con recelo, a ver “al otro”, a creer que todo es normal, merecido, ineludible. Nos hemos acostumbrado a que nos impongan la paz y la palabra (casta y castellana). Nos hemos acostumbrado a ser nosotros también “el otro”, a una guerra tácita, al “conmigo o contra mí”, sin pensar que la respuesta a veces es “juntos, contra ellos”.

Nos hemos acostumbrado a mirar, observar, esperar, temblar y callar. Nos hemos acostumbrado a secar las lágrimas de antiguas emociones y devorar una prensa cargada de bombas que no estallan pero nos carcomen, a esperar con miedo las nuevas que el alba ha de traer y aquellas que nunca han de llegar.

Nos hemos acostumbrado, en fin, a calzarnos la armadura para no librar batalla.

domingo, 6 de mayo de 2018

La balsa de Medusa

El cielo es hoy igual al cielo de ayer. El añil lento, las nubes ligeras, el viento de levante. El filósofo, encaramado al tejado, busca señales en el vuelo de unos pájaros que desaparecieron con la última luna.

El agua no cambia, no fluye, la tierra se mueve. Los cantos, las plantas, caminan colina arriba. Atisba las sombras que permanecen en el fluctuante líquido: nana del adiós, cuna de la muerte.

El mismo, la misma, todo distinto. El mismo, la misma, el norte al oeste. La brújula ha fallado, la razón ha sido secuestrada. Amnesia, afasia, apatria. Ojos desorientados, mentes vagabundas, niños adultos perdidos.

Las almas han sido expulsadas, cubiertas de brea y plumas. Restan los cuerpos, vacíos, de serrín, pesados, inamovibles. Tumbas desiertas, desiertos superpoblados.

Han migrado los pájaros del filósofo, han escapado los versos del aedo. Nacimiento y muerte se esfuman, no hay miedos, no hay valentías, no hay épica ni poesía; sólo silencio.

Atardece y las nubes vuelven, se revuelven, se acumulan, se tiñen 

se funden

con la sangre

de los exiliados.