El agua no cambia, no fluye, la tierra se mueve. Los cantos, las plantas, caminan colina arriba. Atisba las sombras que permanecen en el fluctuante líquido: nana del adiós, cuna de la muerte.
El mismo, la misma, todo distinto. El mismo, la misma, el norte al oeste. La brújula ha fallado, la razón ha sido secuestrada. Amnesia, afasia, apatria. Ojos desorientados, mentes vagabundas, niños adultos perdidos.
El mismo, la misma, todo distinto. El mismo, la misma, el norte al oeste. La brújula ha fallado, la razón ha sido secuestrada. Amnesia, afasia, apatria. Ojos desorientados, mentes vagabundas, niños adultos perdidos.
Las almas han sido expulsadas, cubiertas de brea y
plumas. Restan los cuerpos, vacíos, de serrín, pesados, inamovibles. Tumbas
desiertas, desiertos superpoblados.
Han migrado los pájaros del filósofo, han
escapado los versos del aedo. Nacimiento y muerte se esfuman, no hay miedos, no hay valentías, no hay
épica ni poesía; sólo silencio.
Atardece y las nubes vuelven, se revuelven, se
acumulan, se tiñen
se funden
se funden
con la sangre
de los exiliados.
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