domingo, 6 de mayo de 2018

La balsa de Medusa

El cielo es hoy igual al cielo de ayer. El añil lento, las nubes ligeras, el viento de levante. El filósofo, encaramado al tejado, busca señales en el vuelo de unos pájaros que desaparecieron con la última luna.

El agua no cambia, no fluye, la tierra se mueve. Los cantos, las plantas, caminan colina arriba. Atisba las sombras que permanecen en el fluctuante líquido: nana del adiós, cuna de la muerte.

El mismo, la misma, todo distinto. El mismo, la misma, el norte al oeste. La brújula ha fallado, la razón ha sido secuestrada. Amnesia, afasia, apatria. Ojos desorientados, mentes vagabundas, niños adultos perdidos.

Las almas han sido expulsadas, cubiertas de brea y plumas. Restan los cuerpos, vacíos, de serrín, pesados, inamovibles. Tumbas desiertas, desiertos superpoblados.

Han migrado los pájaros del filósofo, han escapado los versos del aedo. Nacimiento y muerte se esfuman, no hay miedos, no hay valentías, no hay épica ni poesía; sólo silencio.

Atardece y las nubes vuelven, se revuelven, se acumulan, se tiñen 

se funden

con la sangre

de los exiliados.

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