martes, 25 de diciembre de 2018

Pesadilla antes de Navidad

Se escucha correr el agua. No es aquí; aquí no corren más que los rumores y las ratas. La oscuridad de fuera contrasta con la penumbra cegadora que nos rodea. Silencio en la sala, ojos perdidos en el horror de la incertidumbre.
Unos metros más abajo se oye llorar a la criatura que con dos semanas de vida parece haber entendido el mundo que le ha tocado en suerte. También nosotras lloramos, porque lo hemos comprendido demasiado tarde, el primer llanto no debería haber cesado. Encontramos en el gélido vacío un refugio ante el abandono del poco calor que habíamos encerrado en cajitas esparcidas en una red que creíamos perfecta... y tanto lo era que han desaparecido todas a la vez.
Una carcajada. ¿Dónde? No lo sabemos. Los dedos de los pies se contraen en las zapatillas, sangran discretamente ante la paradoja de que todavía existan motivos para la risa.
El invierno ha llegado, ha venido para quedarse, para convertir en hielo cada respiro, cada paso, cada esperanza. La niebla empaña los rayos solares.  No nos quedan más que la mirada del espanto, el llanto de la desesperación y la llama de una vela que vemos languidecer hasta que también ella, como nosotras, se consuma y ceda.


martes, 4 de diciembre de 2018

¿Huérfanos de historia?

Es la segunda vez que lo oigo, entre todos los análisis por las elecciones andaluzas, entre todos los "crisis", "normalización del discurso de derechas", del "descontento" y la "dinámica global. Todavía no sé quién se lo ha inventado pero sé que no lo quiero volver a oír. Nunca. Bajo ningún concepto. Es perverso y, lo que es peor, es mentira.
Resulta que mi generación, los millennials (y en verdad os digo que nunca creí que me fuera a incluir de forma voluntaria bajo esta denominación), ya no somos solo una generación de flipaos, malcriados, vagos e ingenuos. Ya no somos esa generación que creía que los sueños se hacen realidad (cuando igual lo que creemos es que tenemos que “luchar mucho” para alcanzarlos, tomar diferentes caminos o cambiarlos a tiempo), que ya no buscaba una plaza de funcionario y fundar una familia para sentir que habían cumplido con el sentido de su vida. Ni siquiera somos esos pobrecillos que andaban perdidos, deambulando sin rumbo en los callejones de la existencia, porque no hemos construido un relato como el de la transición. No, ya no somos nada de eso. Ahora, por lo que parece, “no tenemos historia” y así, claro, o pasamos de todo o votamos al primero que nos promete caramelos, ya sea la encarnación del comunismo más amable o el facha mayor del reino (porque, por otra parte, los únicos votos que deciden unas elecciones son los de la juventud).
Y escribiría unas líneas más poéticas, o más alarmistas sobre lo ocurrido en Andalucía pero, una vez más, quizás convenga detenernos también en estos pequeños detalles. Porque la historia, queridas personas mayores, sabias, vividas y con experiencia, está hecha de pequeños detalles, de procesos, del fluir del tiempo. Aquello que llamáis Historia es la Odisea, es el Cantar del Cid, es Pearl Harbour, el "no pasarán" y es la Transición. Es, como decíais, un relato. Confundís, confundimos, porque así nos han educado, porque así nos lo han enseñado, la historia con la épica, los procesos con sus culminaciones, la versión con los hechos, y fama con heroicidad.
Tenemos historia, claro que la tenemos. Toda ella, por cierto, la compartimos con vosotros, que lleváis a las espaldas la historia que compartisteis con vuestros padres, que bien os podrían haber dicho que no teníais historia porque no habíais vivido una república, o una guerra, o una posguerra, o los años más duros (¿los hubo blandos?) del franquismo. La generación millennial tiene historia y hace historia. Una historia más global, si queréis, o más difuminada, más perdida entre las sombras de la sobreinformación, que oculta los avances en feminismo, el debate sobre migración o los movimientos para decidir sobre cómo queremos que sea el país al que nos ha caído en suerte pertenecer. Somos la generación con la historia heredera de la que consideráis vuestra, como si se pudiera poseer, como si cada generación hiciera una gran cosa y ahí se parara su reloj, todo hecho, se chapa, “cerrado por historicidad”.
Una historia heredada, por cierto, llena de invasiones (bárbaras, árabes o de inmigración), de grandes hombres, llena de gobernantes que imponían la paz. Una historia llena de racismo, machismo, xenofobia y todos los –ismos y fobias habidos y por haber, que se sigue aprendiendo así de memoria, y luego nos preguntamos que por qué tenemos esta sociedad que vota contra el diferente, contra la división a ultranza, que se caga en la muda recién lavada de la ideología ante cualquier aparente perturbación en la fuerza (o de las fuerzas).
Tenemos historia, se siente, es nuestra madre, como lo es vuestra, no existe la orfandad histórica. El problema no es la historia, o quizás sí. El problema es creer que tenga que haber una historia chapada a la antigua, la de los antiguos héroes, la de las grandes revoluciones. Y quizás lo peor es que nos hemos olvidado de cómo acabamos cuando cierto señor bajito y con voz de pito decidió que iba a hacer historia, que iba a pasar a la historia, que nos iba  a regalar su propia versión de la historia, porque nos estábamos perdiendo la Historia.