martes, 25 de diciembre de 2018

Pesadilla antes de Navidad

Se escucha correr el agua. No es aquí; aquí no corren más que los rumores y las ratas. La oscuridad de fuera contrasta con la penumbra cegadora que nos rodea. Silencio en la sala, ojos perdidos en el horror de la incertidumbre.
Unos metros más abajo se oye llorar a la criatura que con dos semanas de vida parece haber entendido el mundo que le ha tocado en suerte. También nosotras lloramos, porque lo hemos comprendido demasiado tarde, el primer llanto no debería haber cesado. Encontramos en el gélido vacío un refugio ante el abandono del poco calor que habíamos encerrado en cajitas esparcidas en una red que creíamos perfecta... y tanto lo era que han desaparecido todas a la vez.
Una carcajada. ¿Dónde? No lo sabemos. Los dedos de los pies se contraen en las zapatillas, sangran discretamente ante la paradoja de que todavía existan motivos para la risa.
El invierno ha llegado, ha venido para quedarse, para convertir en hielo cada respiro, cada paso, cada esperanza. La niebla empaña los rayos solares.  No nos quedan más que la mirada del espanto, el llanto de la desesperación y la llama de una vela que vemos languidecer hasta que también ella, como nosotras, se consuma y ceda.


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