Se escucha
correr el agua. No es aquí; aquí no corren más que los rumores y las ratas. La oscuridad
de fuera contrasta con la penumbra cegadora que nos rodea. Silencio en la sala,
ojos perdidos en el horror de la incertidumbre.
Unos metros
más abajo se oye llorar a la criatura que con dos semanas de vida parece haber
entendido el mundo que le ha tocado en suerte. También nosotras lloramos, porque lo hemos comprendido demasiado tarde, el primer llanto no debería haber
cesado. Encontramos en el gélido vacío un refugio ante el abandono del poco calor que habíamos encerrado en cajitas
esparcidas en una red que creíamos perfecta... y tanto lo era que han desaparecido todas a la vez.
Una carcajada. ¿Dónde? No lo sabemos. Los dedos de los pies se contraen en
las zapatillas, sangran discretamente ante la paradoja de que todavía existan
motivos para la risa.
El invierno
ha llegado, ha venido para quedarse, para convertir en hielo cada respiro, cada
paso, cada esperanza. La niebla empaña los rayos solares. No nos quedan más que la
mirada del espanto, el llanto de la desesperación y la llama de una vela que
vemos languidecer hasta que también ella, como nosotras, se consuma y ceda.
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