viernes, 27 de diciembre de 2019

Relatos pisanos


La llave no hace ruido al girar; solo una ligera resistencia en los últimos grados de la circunferencia te da a entender que la has abierto (¡bien, a la primera!). La habitación que has dejado vacía y con el interruptor de las luces - el que está junto a la puerta de entrada, no el que han colocado junto a una de las camas - apagado se encuentra ahora superpoblada de nuevas inquilinas con quien compartirás ese pequeño espacio por unas horas, no más de ocho en tu caso. Aclaras la voz y entonas un tímido “Ciao… hi!”, pero la última corrección no causa efecto alguno en su atención.

Un sabor de tonalidades salchichonadas sube por tu esófago y te sugiere que quizás sería el momento propicio para limpiar tus dientes de los restos del bocadillo frío que has comido en un paseo de ida y vuelta al centro. Una de esas silenciosas criaturas se te adelanta, y es entonces cuando te das cuenta de que hay una de ellas que no es tan silenciosa. Compases y rimas de rap inundan todo, con algunos versos recitados con anticipación, como si dejar que sonara mínimamente acompasado con su voz fuera demasiado fácil o demasiado agradable.

Entras por fin al baño. Has sido lo suficientemente perspicaz como para llevarte también el pijama en el que piensas dejar cuatro apacibles horas de tu mejor sueño. Disfrutas de cinco minutos de absoluta intimidad y vuelves a girar otra llave, esta vez de salida al interior del cuarto.

El rap sigue sonando, los versos siguen saliendo, mezclados ahora con sollozos ahogados. “No me dejes, no sé qué hacer, mataría a cualquiera por ti, no me dejes, no, por favor, no me dejes”. Parece que está hablando por teléfono - ¿por qué en la habitación con la música y no fuera? No lo sabes, no es asunto tuyo. El resto del microcosmos se mueve, y a ti empieza a pesarte lo suficiente la jornada de viaje como para meterte entre las mantas y leer el libro hasta que el cansancio haga su trabajo y puedas desmayarte hasta las cinco menos cuarto.

Sientes el movimiento de la cama, el ser sollozante de la litera superior baja. Estás preparada para asistir, si fuera necesario, a la víctima de una mala ruptura y, quizás, hacerle entender que la música es el alimento y sanación del alma, pero que cada alma necesita un remedio distinto. Va al baño, hace salir a una pobre chica recién duchada, mea (hablando sola),  sale, y te pregunta por el libro que estás leyendo. “¡Oh, es La maldición de Hill House, de Shirley Jackson” contestas “una especie de libro de terror”. Debe de ser muy bueno, te dice sonriente, porque pareces muy metida en la historia. Tus aspiraciones de sanadora chamánica se esfuman y ella vuelve a su roca.

La música continúa, pero parece que ella se ha desmayado antes que tú. De todas formas, piensas, es aún pronto para decirle nada y a ti el ruido no te molesta. Se acabará dando cuenta y apagará el ordenador. Poco a poco, se te cierran los ojos y, a partir de ese momento, todo sucede como en un sueño.

Una voz aguda advierte entre tinieblas a tu inquilina de arriba de que se tiene que tapar (esta información es nueva, ¿cómo se habrá dormido?) y apagar la música. Obedece, te giras y continúas con tu sueño. Lo siguientes que sabes es que alguien le pide por favor que se despierte y se gire, está roncando demasiado. Sientes que se incorpora, y empieza de nuevo a hablar. Sin llegar a abrir del todo los ojos oyes cómo refunfuña palabrotas, no necesita dormir, qué más da, tiene que llamar a su madre, hija de puta, “lo siento, llevo tres días sin dormir y no puedo con tanto ruido” “no, cariño, no es culpa tuya, es esa puta que me ha despertado”. No, no es justo, él es un negro hijo de puta, con una mujer que es una hija de puta, ya se puede ir buscando a alguien que le haga las mamadas, no piensa seguir con él, no piensa casarse con él, negro hijo de puta, no, esos negros la odian, hijo de puta, ¡hijo de puta!. A todo esto se ha sumado un sonido metálico. Unos pies salen en la oscuridad mientras sigue retumbando “¡negro hijo de puta!”

La misma voz aguda de antes, acompañada de un movimiento de interruptor que da un golpe de efecto angelical a la escena, advierte al ser enfurecido que debe abandonar la habitación. No ha respetado las normas, se le devolverá el dinero, debe marcharse. Pero ella estaba dormida, la han despertado, no es culpa suya, abandonará el albergue pero es todo culpa de un negro hijo de puta y todos los jodidos negros hijos de puta que la odian y están por todas partes, ¡negro hijo de puta! Han llamado a la policía, debe esperar con ella y con el propietario en recepción, ¡negro hijo de puta! Recoge sus cosas empleando cuatro veces la fuerza necesaria para realizar cada uno de esos movimientos, ¡negro hijo de puta! Sale al patio, ¡negro hijo de puta! Su voz resuena por toda Pisa (¿tendrá oídos la torre?), ¡negro hijo de puta! Ya se oyen las sirenas, ¡negro hijo de puta!

Tus ojos se cierran mientras oyes a los pies que han ido a buscar al ángel salvador decir a su compañera de abajo “¡ay, marica, es que me dio miedo, tenía un cuchillo!” En la madrugada, la única señal que te confirma los hechos es un cambio en la contraseña de entrada.

El silencio de los templarios vuelve a ser dueño de la ciudad.

viernes, 22 de noviembre de 2019

In musica solitudinem


Días son días en que tu banda sonora sale a través de unos auriculares con los que has intentado hacer volar en pedazos las pocas neuronas que deben de quedar en ese cerebro todo desmadejado, roto, perdido y abandonado, relleno ahora de compases que martillean el tímpano y tintinean al principio de la espina dorsal sin llegar a los pies que van, como autómatas, a su aire, a su ritmo, a su paso, tus pasos, solo tuyos y de nadie más, que nadie oye, que nadie escucha como tú oyes, escuchas, te sumerges y te hundes en esa música que sale, que es tuya, que querrías bailar, acompasar con el resto de tu cuerpo, que piensas en compartir con los demás hasta que te das cuenta de que los demás no la compartirán, no la entenderán, y acabarás viviendo en la adolescencia de otros, en la infancia de otros, en los años Ochenta de otros, y los tuyos quedarán en la sombra, en tus pies, en la red de cera de tus oídos, y no los bailarás, nunca los bailarás, nunca los escucharás de esos otros, que tampoco lo escucharán, ni compartirán tu adolescencia, tu infancia, porque la harán suya, la retorcerán, la compararán y la arruinarán para siempre, y te encierras, y cantas y desafinas en silencio, moviendo los labios en lugar de las cuerdas vocales, los dedos en lugar de los brazos y la cabeza en lugar de las caderas, como si nada existiera y todo existiera, como si tú existieras como si el futuro se hubiera quedado atrás y el pasado se colorara delante de ti y a tus fantasmas les crecieran piernas para acompañarte y tu reflejo se hubiera borrado de todos los espejos, de todos las lunas de los coches abandonados junto a la carretera, de todas las pupilas y de todos los pasados.


lunes, 11 de noviembre de 2019

5 piezas de fruta al día


Las crisis requieren sacrificios; la tierra debe recuperar los frutos que se inmolan en cada guerra, armada o no, militar o civil, o social, o cultural. Frutas modestas e indefensas que nadie recordará, a quien nadie dedicará dos versos, que no protagonizarán ninguna epopeya épica, pero que se sacrifican, se exilian, se crucifican para darnos una seguridad inexistente.

Y es que la fruta es la vida y el renacer, pero de los otros, de nosotros. Se quema, se entierra, se desangra para devolverle a la tierra parte de lo que ha dado y para que pueda proseguir con más fuerza, dando otras frutas que serán sacrificadas con el siguiente eclipse.

Y ahí están, cada vez que pensamos “menos mal que le ha pasado a otro y no a mí”, porque si le ha pasado a otro eso quiere decir que yo puedo seguir adelante. Porque si los otros son unos vagos incultos, si son los enfermos, si son los ladrones, yo me puedo erigir amo, dueño y señor de la verdad y la moral.

Mientras esto sea así, la tierra se cobrará sus víctimas en forma de sangre, de moratones, de hundimientos y miseria ante una muchedumbre complacida, que cierra los ojos ante la hoguera que a su alrededor se está preparando y que fundirá hasta la roca más dura de los cimientos que la sustentan.



domingo, 13 de octubre de 2019

De nuevo Ítaca

Ítaca es, dicen, la tierra a la que se debe volver, el hogar. Ítaca, de donde parten los héroes, a donde regresan, victoriosos, para recibir lo que ellos creen su merecida recompensa, reclamada a golpe de flecha y lanza. Felicidad forzosa, forzada; no en vano han abandonado la que se les ofrecía en la senda de regreso.

Ítaca es ese lugar permanente, estático, inmutable en el tiempo y en el espacio. Volver a Ítaca es reencontrarse con el pasado futuro que planeaste al partir. Odiseo ha de partir para regresar; ha de partir para cambiar, crecer, vivir y volver a ese lugar donde, maduro, ya no se alterará más que cuando se abandone a las Moiras.

Para que Odiseo vaya y vuelva, Penélope debe permanecer, tan inmutable como la tierra que habita. Pasa los días atrapada en una red que ella misma teje, obligándose a no abandonar nunca su prisión, a no sentir el impulso de convertirse ella misma en navegante. Se teje y se trama, se cose las costuras de las arrugas y se llena de la cálida espuma de una libertad que no es la suya.

Penélope espera, sobrevive, prisionera de una patria que abrasa sus dedos con cada nuevo amanecer. Esclava de su semilla, teje. Teje y desteje, dueña solo del tiempo. Teje para huir sin escapar, cree que sus pies son demasiado blandos para aguantar el camino; no se da cuenta de los callos que han endurecido sus manos y sus ojos. Teje, teje y teje, teje y desteje, cada día, hasta que su hilo se rompa.

sábado, 24 de agosto de 2019

Ejercicios poco oulipianos


“Callé.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.” (fragmento de “Casi el mismo dolor” de Annemarie Schwarzenbach”

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados entre los espacios dentales.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos relojes mudos.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se movían a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos relojes mudos.
Sus palabras se intercalaban con unas inspiraciones graves, con unos latidos agudos, con las luces naranjas, con el murmullo de los fantasmas.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

Callé.
Sus labios se articulaban a la velocidad de la luz mientras el sonido que emanaba de ellos viajaba por una autopista del espacio-tiempo con atascos.
Yo miré a Gordon, que no movía un pelo, que no le temblaba un músculo mientras fruncía el ceño con cara de circunstancias.
Y yo callé, lo callé todo. Mi frente lisa, mis ojos secos, mi boca entreabierta que se guardó cada sílaba, cada uno de los fonemas que se quedaron atrapados en los espacios dentales.
Su mano – húmeda, temblorosa – cogió la mía – fría, seca. Las de Gordon colgaban, como péndulos, como plomo, como dos relojes mudos.
Sus palabras se intercalaban con unas inspiraciones graves, con unos latidos agudos, con las luces naranjas, con el murmullo de los fantasmas: “tercer piso”, “sobrevivido”, “acompañar”, “difícil”.
Su voz calló, sus manos soltaron las mías y Gordon, por fin, se movió, me miró, y se disolvió con el aumentar de los latidos, con el apagarse de la respiración, con el cerrarse de las puertas.
Me había dicho algo que yo ya sabía. También Gordon lo sabía.

domingo, 4 de agosto de 2019

Mattina


El día comienza con un chasquido, y luego otro, y luego otro. Miles de fosas nasales aspirando el olor del primer café.

El suave sonido de las zapatillas que se arrastran acaricia el lóbulo de la oreja mientras se deja caer delicadamente en el tímpano, tras recorrer una a una las olas de sus confines cartilaginosos.

El sol aún no quema. Desde la ventana, y sin orden judicial, entra la brisa, allanadora de moradas.  El nuevo día trae consigo un nuevo aire, un nuevo oxígeno que llenará los pulmones de vida gaseosa.

Allá fuera, los estorninos vuelan, dos gatos mantienen su primera pelea de la jornada, el camión se lleva la inmundicia pasada.

Aquí, en el refugio de azulejo, bebo a sorbos la calma humeante de la taza.  

martes, 25 de junio de 2019

Ducha in memoriam


Agua.
Tiempo marcado por las gotas que
se escurren,
           que caen,
                     que se arrojan 
                                         desde la punta de los
                                                                              dedos.
Columnas de un vapor que es la vida
            que se aspira,
se inspira,
                                                            se espira.
Respira el humo enredado entre los cabellos de sinapsis,
los meandros de amargura entre las carnes.
Memoria del árbol fulminado que deja sus frutos en esta
tierra que llora,
que es la suya,
que es la única.



martes, 4 de junio de 2019

Atardecer en la facultad

Las nubes bailan entre los adoquines, los edificios se contonean en un compás aún desconocido para el ser humano. El cielo se ha teñido de amarillo, de rojo, de luz; el aire se ha llenado de ozono. El temporal no es ya cruel, ni frío; no moja, es solo recuerdo, inofensivo, inocuo, inexistente.

El ocaso se lleva volando las montañas condensadas, que cruzan sin atravesar las altas torres, seña, perfil y fachada de la ciudad que nunca fue, de la ruina que se comió los mármoles, del vacío que esculpió la pobreza.

Las voces que hace poco se oían persiguiéndose de esquina en esquina se han apagado, de golpe. Queda, pesado como el plomo, el batir de mis dedos sobre el teclado, pasos de un elefante que vaga perdido en sus recuerdos.

Melodías de una tierra que es mía, que no lo es, que nunca vi y siempre escuché agitan las alas de mi espina dorsal, me toman de una cintura nacida con el desaparecer de la carne, con la muerte del tiempo, con la agonía de la fuerza.

Fuera todavía se oyen, sin descanso, los tambores de una ciudad que duerme mecida entre caballos y banderas.

jueves, 16 de mayo de 2019

De vita

Mi vida son los muros que hablan mirándome por encima de la cornisa; es la tierra parlanchina que viaja entre los surcos de mis dedos, que se esconde bajo mis uñas. Mi vida es un par de botas gastadas, que dan sus últimos suspiros a cada paso, unos pantalones desteñidos, una camiseta testigo, víctima y compañera de fatigas; es una emboscada al estrato de las 8.30.


Mi vida es un catálogo de cerámicas, el barro de otras vidas rotas, reconstruidas, ajadas, puestas y recompuestas. Pedazos marcados con temblorosos números en tinta indeleble, errores borrados con disolvente, superficies químicamente carcomidas. Mi vida es una montaña de pedazos para siempre inertes, primorosamente amontonados en cajas, clasificados, etiquetados, dibujados, olvidados.


Mi vida es una colección de silencios. Los guardo, los atesoro con todas las palabras que nunca salieron al mundo físico, y con las que naufragaron justo antes de alcanzar la orilla de tu oreja. Mi vida es un vinilo al que no llega la aguja, una colección de vacíos en movimiento, de sabores escondidos bajo tierra. En este convento de de sombras, soy el eco de mis pasos.

jueves, 18 de abril de 2019

El ser más antiguo


Soy el ser más antiguo y el más joven del mundo. Cada día, cada hora, nazco desde las entrañas profundas de la tierra, recorro largas distancias y muero al juntarme con mis hermanos.
Soy la primera diosa, creadora de la vida. Fui yo quien antes vio a las pequeñas criaturas que poblaron el planeta, yo quien les ayudó con sus primeros pasos. Hoy, acompaño a millones de seres en su viaje, les doy un hogar entre mis brazos, toman comida de mis venas. Son mis hijos, encuentran reposo en mi regazo. Sus hermanos de la tierra dura, la tierra que quema, se acercan a mí para apagar su sed.
Soy el ser más antiguo y el más joven del mundo, y estoy en peligro. Cada día, cada hora, recorro el mundo, llevando a miles de criaturas en mí, dando de beber a otras miles. Hoy, esas criaturas enferman, mueren envenenadas en mis venas.
Hace tiempo que conozco a los pequeños seres que me han hecho enfermar. Yo los vi nacer, los vi empezar a caminar, vacilantes, temblorosos ante un mundo que no comprendían. Yo, generatriz de vida, los acompañé en sus viajes, me introduje en sus refugios, los protegí del hambre y del fuego. Recorrieron el mundo, impulsados por su curiosidad, siempre hacia el horizonte, conmigo como compañera, buscándome en cada nueva etapa.
Y un buen día, el viaje se detuvo. Ellos me llamaron entonces, y yo acudí. Flui hasta sus primeros cultivos, alimenté sus rebaños. Sus familias prosperaron, sus refugios se expandieron; cada vez más criaturas, cada vez más agua. Me necesitaban, me construyeron caminos por los que yo me arrastraba hasta sus ciudades. Me celebraban, mi sonido era la música de la vida, mi paso las llenaba de color, como si toda la luz quedara atrapada entre mis hilos de tejido transparente.
Cada paso hacia adelante era una nueva llamada a la que acudía solícita. Yo les he dado cuanto tienen, pero a cambio poco he recibido. Con el paso de los años, se han vuelto orgullosos, han olvidado la senda recorrida. Atrás quedaron los agradecimientos, han convertido a su amiga en su esclava, tomando de ella el agua clara y la vida, devolviendo oscuros fluidos de muerte.
Les advertí. Dejé de regar sus cultivos, hice que me añoraran. De nada sirvió, me atrajeron de nuevo. Me dividieron, me cortaron, me arrancaron de mis caminos para encerrarme, lejos de mis amados campos, de la mística de las cuevas, de las salvajes olas. Descargué entonces mi ira, destruyendo sus montes, invadiendo cada valle, haciéndome dueña y señora de sus endebles poblados. De nuevo, nada. Construyeron grandes muros para separarme de ellos, escondiendo de sus ojos el miedo a la destrucción. La avaricia se ha apoderado de ellos, nada queda de los incansables viajeros. Permanecen ahora asentados, amontonando bajo ellos riquezas inertes, inútiles.
Soy el ser más antiguo y más joven del mundo. Cada día nazco en las montañas y muero en el mar. He estado en el principio mismo de la vida, y hoy la llevo conmigo en mis viajes. Os he acompañado, pequeños seres, y a muchos antes que a vosotros. Todo os lo he dado, todo me lo debéis. Como una madre he intentado enseñaros, y como malos hijos me habéis devuelto solo veneno. Siempre he fluido en esta tierra, pero ahora debo retirarme, cesar también yo en mi viaje. Adiós, pequeños, estáis solos; estáis desde hoy condenados a mirar con desesperación la seca cima de las montañas.

jueves, 7 de marzo de 2019

Días

Hay días en que el mundo es todo ruido
y yo toda silencio.
Hay días en que todo es aire, voces, risas, viento,
y yo toda plomo, calma, cenizas.
Más allá de la trinchera del libro es todo guerra,
en esta grieta de tinta y celulosa la muerte es sólo una página que volver.
Hay días en que en el mundo es ruido todo,
y para mí todo calla.
Hay días en que el mundo es todo velocidad, ajetreo, aludes y cascadas,
y yo soy toda pesa, roca, arena de reloj.

sábado, 16 de febrero de 2019

Suelos


Sol, tierra, silencio, la mano torpe y suave de mi compañero. Marchamos en fila de a dos, bien agarrados hacia ese espacio gigante que hasta ahora siempre ha pertenecido a ellos, a los mayores, y que ahora también nos pertenecerá a nosotros, que dejamos atrás los columpios y los obstáculos de colores, que descendemos por la tortuosa rampa en lo que será nuestra primera catábasis, el viaje a los infiernos de los números y las letras.
El sol y la tierra cambian, el pie vacila, la mano se suelta, el suelo se acerca. La respiración se corta; alrededor, solo silencio. Un tropiezo, una caída, una lágrima que no debe caer porque ya cae la sangre de unas rodillas abiertas que más tarde, con el agua, se volverán de color rosa, color rosa pálido, débil, entre toda esa piel oscura. No llores, no ha pasado nada, ¿te duele? No, sí, no lo sé, ¿me duele? Creo que me duele. No, no miréis, no ha pasado nada, no me miréis, seguid, seguimos, no miréis, el suelo de baldosas, la sangre, el dolor, las lágrimas, nada existe, no lo miréis, seguid.
***
Levántate, ¿te has hecho daño? Otra vez el suelo, la respiración, los labios que tiemblan. No, no me he hecho daño, las rodillas están bien. No, no quiero volver a hacerlo, no quiero volver a intentarlo, el suelo sigue estando demasiado cerca. Debes. No quiero, no pasa nada, otro día. De nuevo. No, de verdad, estoy bien, no pasa nada. Otra vez, o el miedo no se irá; al miedo no hay que darle tiempo de acomodarse en la memoria, el único recuerdo que debe permanecer es el de superarlo. Otra vez, de nuevo.
Veo a mis compañeros que saltan delante de mí. Nadie se cae, solo yo, solo a mí me quiere el suelo. No quiero caer, no delante de ellos. No veo, no quiero, no sé dónde estoy ni cuánto falta para acabar. La última sombra desaparece y comprendo que es mi turno. No me limpio los ojos, no quiero ver el suelo, no quiero ver nada. Si no veo nada, nada existirá: quien me obliga a saltar de nuevo, otra vez, la barra, el suelo.
Corro y salto. Por favor, no te caigas, no te caigas, por favor, por favor, no te caigas, no mires al suelo, salta, no te caigas, la barra no existe, el suelo está lejos, salta.
Desconozco el final de la historia, nunca he vuelto a saltar una barra.
***
Uno, dos, tres, cuatro, esto es. Esto es el equilibrio, ocho, nueve diez. Por fin, equilibrio. Permanezco, ligera, sobre una pierna. El cuerpo inmóvil, contraído, recto, fuerte, suspendido. Una palmada lo desmonta, hay que seguir, la música no espera. He pasado horas y horas tratando de comprender qué, cómo sentir para alcanzar el equilibrio. Y lo he alcanzado, y lo he mantenido, y lo he derrumbado para continuar.

Porque el equilibrio es estático, no avanza; hay que volver a bajar, moverse entre los infiernos, retomar el ritmo de los compases y volverlo a encontrar… pero no vuelve. No siempre. Porque no basta con conocerlo: es esquivo y hay que acercarse a él poco a poco, sin prisa, con seguridad... escapa solo con pensarlo.
Uno, dos, tr… no vale. Uno, dos, tres… cuatro al suelo. Uno, dos… ¡vuelve! Uno, d… U… Uno… Basta, se ha ido, se ha esfumado.
***

Silencio, jadeos, labios húmedos. ¿Estás bien, te duele? No, sí, ahora sí, no, espera, sí, mejor. ¿Qué hago aquí? Un espejo en el techo me devuelve la mirada, me muestra el suelo al que estoy cayendo. Me muevo, y una masa sudorosa se mueve sobre mí, conmigo, nos movemos, al límite del colchón, al límite del suelo.
Cambiamos, está detrás de mí, no lo veo, siento sus manos, lo siento volver a moverse. ¿Y así, te duele? No. Sí. Me inclino, me muevo, hundo mi cara, no quiero ver, no quiero que me vea, tampoco me quiere ver. Me toca, se excita, se mueve, me duele. Para, termina, acaba ya, por favor, me duele. ¿Te gusta? Sí. No. Me duele. Me siento intentando volver al equilibrio, me siento contraer, moverme, avanzar para que todo acabe. Basta.
Se aparta lentamente, me derrumbo sin volver a mostrar mi cara. Besa mi cuello, mis hombros, mi espalda. Ha acabado, no sabe si yo lo he hecho. ¿Te ha gustado? Sí. No. ¿Quieres continuar? No. No. Se tumba. Aparto mi cara, seca ya, de la almohada, me abraza, me besa la frente.
***
Miro el enorme agujero del suelo, ese suelo maldito que me ha perseguido antes quizás de que lo pueda recordar, ese suelo que me ha llevado siempre hacia él, siempre más duro, más oscuro, más traidor. Ese suelo me invita ahora a sumergirme en él, a traspasar ese límite de solidez que parecía tan seguro: siempre existe un “más abajo”.
Hormigas y arañas siguen indiferentes en sus agujeros, solo un escorpión me mira, inmóvil y alerta, desde las sombras. Del suelo siguen saliendo los restos de quienes descendieron mucho antes que yo. Pero también estos restos acabarán, estos viejos fantasmas dejarán de hacerme compañía.; también a mí me llegará el momento de volver a la superficie, al mundo de los cuerpos, de los sonidos, de la luz.
Pero no hay donde apoyarse. Las raíces son viejas, inestables, están rotas. Una vez más, tendrá que ser el suelo, este suelo de lodo y guijarros, quien decida cuándo y cómo abandonarlo, cuántas rodillas tendrán que sangrar, cuántos equilibrios derrumbar, cuántas serán las barras que haya que saltar, cuántas las almohadas que mojar.

domingo, 3 de febrero de 2019

Histeria colectiva

Ssssssh, silencio. Estáis haciendo demasiado ruido. ¿Qué hacéis aquí, os habéis perdido? Ah, no, veo que llevas tu uniforme en la mano. 
¿Ves a aquella muchacha? Lleva semanas deambulando por los pasillos repitiendo los postulados de Euclides, siempre los mismos, como un mantra. Solo se detiene ante el agotamiento, la comida y el término paralelas. Una vez le pregunté si no sería más agradable caminar en círculos por el jardín en lugar de recorrer siempre las mismas baldosas dispuestas en fila. La única respuesta que obtuve fue…
¡No, no, no! ¡No te levantes! Suele dar esos golpes, pero no es violento. ¿Ves? Ya ha vuelto a su silencio. Pasa las horas buceando en unos enormes diccionarios de términos políticos, jurando en arameo, gritando que todo son cuentos chinos y que él sabe latín y nadie lo va a engañar tan fácilmente.
¿Ese otro? Pasa las horas así. Cuando entró se sentó en esa gran mesa, abrió un libro, respiró hondo como para coger carrerilla y así se quedó, petrificado, como si no se atreviera a volver a bajar la mirada. Le hemos cambiado el ejemplar varias veces, así, por probar, pero ni se ha inmutado.
Aquellas dos ingresaron juntas y recitan a versos alternos la Divina Comedia, quién sabe por qué. Creo haber oído que las soltarán en una semana, pero no podré verlo. Yo me iré mañana, ¿sabéis? Todavía veo mosaicos antraquinónicos, pero no es grave, me han dicho que en unos días habré recuperado la normalidad. Y me gustaría no volver, pero algo me dice que nos veremos en unos meses…


jueves, 10 de enero de 2019

Realidad paralela 410


E non ti servirà il ricordo. Hace diez días, diez años, diez siglos que suena, incesante, a 45 revoluciones por minuto, el vals, ese vals, el único vals que supo bailar. En compás de un, dos, tres por cuatro se mueve entre antiguas madejas pasadas, con hilos danzantes, temblantes, al son del silencio.

Non ti servirà più a niente, tararea mientras se recoge el cabello, que ha olvidado su color original, que fue el primero en comprender que el tiempo y el tempo se ha detenido, perdido en unas aguas cada vez más y más profundas, oscuras, que han dejado de fluir, estancadas en una ciénaga de nula visibilidad, filtrándose por ese fondo que parecía sólido, poco a poco, gota a gota, recuerdo a recuerdo, hasta desaparecer.

Mientras tanto, carica d’anni e di castità, vive la vida que vivió, la misma desde hace diez días, diez años, diez siglos. A veces, en esos silencios que inundan cada centímetro cuadrado, a veces, llama a sus hijos, entre llantos desconsolados, a aquellos hijos que nunca acuden. A veces, sólo a veces, se da cuenta de que nunca existieron, y llora aún más desconsoladamente. A veces, en los días lúcidos,  estalla en carcajadas ante las oraciones coleccionadas a lo largo de los días, los años, los siglos, en forma de estampitas. Las recita a gritos blasfemando entre verso y verso, como en una especie de rebeldía final a la espera de que el torbellino formado por esa fuga descontrolada de días, años, siglos dé paso al arranque y fin de los tiempos, del tempo, de su tiempo, che vola e va.