Las crisis requieren sacrificios;
la tierra debe recuperar los frutos que se inmolan en cada guerra, armada o
no, militar o civil, o social, o cultural. Frutas modestas e indefensas que
nadie recordará, a quien nadie dedicará dos versos, que no protagonizarán
ninguna epopeya épica, pero que se sacrifican, se exilian, se crucifican para
darnos una seguridad inexistente.
Y es que la fruta es la vida y el
renacer, pero de los otros, de nosotros. Se quema, se entierra, se desangra
para devolverle a la tierra parte de lo que ha dado y para que pueda proseguir
con más fuerza, dando otras frutas que serán sacrificadas con el siguiente
eclipse.
Y ahí están, cada vez que
pensamos “menos mal que le ha pasado a otro y no a mí”, porque si le ha pasado
a otro eso quiere decir que yo puedo seguir adelante. Porque si los otros son
unos vagos incultos, si son los enfermos, si son los ladrones, yo me puedo
erigir amo, dueño y señor de la verdad y la moral.
Mientras esto sea así, la tierra
se cobrará sus víctimas en forma de sangre, de moratones, de hundimientos y
miseria ante una muchedumbre complacida, que cierra los ojos ante la hoguera
que a su alrededor se está preparando y que fundirá hasta la roca más dura de los cimientos que la sustentan.
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