Días son días en que tu banda sonora sale a través de unos auriculares con
los que has intentado hacer volar en pedazos las pocas neuronas que deben de
quedar en ese cerebro todo desmadejado, roto, perdido y abandonado,
relleno ahora de compases que martillean el tímpano y tintinean al principio de
la espina dorsal sin llegar a los pies que van, como autómatas, a su aire, a su
ritmo, a su paso, tus pasos, solo tuyos y de nadie más, que nadie oye, que
nadie escucha como tú oyes, escuchas, te sumerges y te hundes en esa música que
sale, que es tuya, que querrías bailar, acompasar con el resto de tu cuerpo,
que piensas en compartir con los demás hasta que te das cuenta de que los demás
no la compartirán, no la entenderán, y acabarás viviendo en la adolescencia de
otros, en la infancia de otros, en los años Ochenta de otros, y los tuyos
quedarán en la sombra, en tus pies, en la red de cera de tus oídos, y no los
bailarás, nunca los bailarás, nunca los escucharás de esos otros, que tampoco
lo escucharán, ni compartirán tu adolescencia, tu infancia, porque la harán
suya, la retorcerán, la compararán y la arruinarán para siempre, y te encierras,
y cantas y desafinas en silencio, moviendo los labios en lugar de las cuerdas
vocales, los dedos en lugar de los brazos y la cabeza en lugar de las caderas,
como si nada existiera y todo existiera, como si tú existieras como si el
futuro se hubiera quedado atrás y el pasado se colorara delante de ti y a tus
fantasmas les crecieran piernas para acompañarte y tu reflejo se hubiera
borrado de todos los espejos, de todos las lunas de los coches abandonados
junto a la carretera, de todas las pupilas y de todos los pasados.
viernes, 22 de noviembre de 2019
lunes, 11 de noviembre de 2019
5 piezas de fruta al día
Las crisis requieren sacrificios;
la tierra debe recuperar los frutos que se inmolan en cada guerra, armada o
no, militar o civil, o social, o cultural. Frutas modestas e indefensas que
nadie recordará, a quien nadie dedicará dos versos, que no protagonizarán
ninguna epopeya épica, pero que se sacrifican, se exilian, se crucifican para
darnos una seguridad inexistente.
Y es que la fruta es la vida y el
renacer, pero de los otros, de nosotros. Se quema, se entierra, se desangra
para devolverle a la tierra parte de lo que ha dado y para que pueda proseguir
con más fuerza, dando otras frutas que serán sacrificadas con el siguiente
eclipse.
Y ahí están, cada vez que
pensamos “menos mal que le ha pasado a otro y no a mí”, porque si le ha pasado
a otro eso quiere decir que yo puedo seguir adelante. Porque si los otros son
unos vagos incultos, si son los enfermos, si son los ladrones, yo me puedo
erigir amo, dueño y señor de la verdad y la moral.
Mientras esto sea así, la tierra
se cobrará sus víctimas en forma de sangre, de moratones, de hundimientos y
miseria ante una muchedumbre complacida, que cierra los ojos ante la hoguera
que a su alrededor se está preparando y que fundirá hasta la roca más dura de los cimientos que la sustentan.
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