jueves, 29 de septiembre de 2011

Amantes de la noche

Tap-tap, tap-tap, tap-tap, el único sonido que se podía escuchar en la calle eran sus pisadas, calmas y acompasadas, que le hacían avanzar al ritmo de una suerte de melodía interna.  Su largo abrigo se balanceaba de un lado a otro, chocando suavemente con sus piernas, y haciendo que el compás que le dirigía se hiciera más fuerte.

No había nadie en la calle. Un martes de madrugada no era el momento de la semana con más actividad en la urbe. Sólo paseaban aquellos seres amantes de la noche que se rebelaban contra la condición humana de criaturas diurnas, y no eran demasiados. Consultó su reloj, era demasiado pronto aún. Lo había sabido antes incluso de salir de casa, pero su ansiedad era demasiado fuerte. Miró a su alrededor buscando un lugar donde sentarse a esperar. Vio que a pocos metros de donde se encontraba el ayuntamiento había tendido a bien colocar una marquesina de autobús. No es que fuera el sitio más cómodo del mundo, pero tendría que conformarse. Era, o eso parecía, de color verde.  Ahora les había dado por cambiar ese bonito color rojo de siempre y las ponían de las tonalidades y colores más insospechados.

No pudo sentarse al primer intento, pues un grueso libro olvidado o abandonado por algún alma errante del transporte público se lo impidió. Lo cogió y, ahora sí, se sentó sobre el estrecho banco. Miró la portada del libro, tenía aún mucho tiempo por delante. Vaya, ya sabía lo que era aquello. Era uno de esos libros que se habían puesto tan de moda entre los jóvenes... algo sobre unos vampiros vegetarianos. No pudo reprimir una carcajada sarcástica “¡Ja, qué imaginación!”. Si habían llegado a esos extremos es que los mitos de la oscuridad estaban en pleno declive. Se encogió de hombros, “mejor así” pensó.

Volvió a mirar su viejo reloj, era la hora. Miró en derredor hasta que dio con lo que buscaba: una mujer. Salió de detrás de una esquina cercana a la marquesina. Alta y delgada, pero no escuálida, como a él le gustaban. Su larga cabellera se veía ondear y daba un toque de color a la noche con ese color escarlata tan provocador. Sus mejillas, rosadas por el esfuerzo de caminar apresurada para llegar a su casa, contrastaban con su pálida piel, y se podían ver cada vez que pasaba algún coche y la alumbraba con sus faros.

Se levantó y comenzó a perseguirla. Conocía el recorrido de memoria. “Derecha... Izquierda... Izquierda de nuevo...”, lo mismo de todas las noches. Llevaba semanas acechándola, antes incluso de la anterior luna nueva. Casi en el mismo instante que la vio se había convertido en una obsesión continua que alimentaba de día en sueños, y de noche en la distancia. No debía apresurarse ahora, tenía que tomárselo con calma.

Por fin ella dobló aquella esquina, la última, y entró en una calle estrecha y sin apenas farolas, uno de aquellos callejones de la vieja ciudad. Sólo unos segundos, apenas unos segundos. Un temblor de emoción le recorrió toda la espalda, y aprovechó el impulso de su ánimo para atacar. Sólo le llevó unos instantes. Se abalanzó sobre ella cubriendo su boca con una mano mientras le giraba la cabeza dejando el cuello al descubierto. Se relamió a la vez que hundía en ella sus blancos colmillos. Cuando llegaron a sus labios las primeras gotas de sangre no pudo reprimir un gemido de placer. Prolongó todo lo que pudo el momento, extrayendo de ella su vida escondida en ríos escarlata hasta que no quedó ya más de aquella sangre oxigenada tan deliciosa.

La depositó con cuidado en el suelo, admirando una vez más su belleza. Se levantó y se marchó, desapareciendo entre las sombras. Cuentan los amantes de la noche de la ciudad vieja que aquella noche retumbó en sus calles una risa clara y macabra a la vez, y que entre las carcajadas eufóricas se podían escuchar unas palabras desconcertantes: “Vampiros vegetarianos... ¡qué imaginación!”.

viernes, 27 de mayo de 2011

VII

Bueno, ya se acabó todo. Ahora, por fin, puedo comprar mis muebles tranquila. Héctor y yo seguiremos en el piso porque “sería una pena desaprovechar los meses de contrato del alquiler”. Tengo que admitir que en el fondo no es tan malo vivir con él.

Ya está, me he comprado una mesa, una silla, un par de estanterías, un armario y mi tan ansiada cama. Sin querer he descubierto dónde han ido a parar los descendientes de los vikingos: ahora no abordan barcos o queman aldeas, ahora venden muebles con unos nombres impronunciables y con tornillos que sobran por todas partes. De paso me he negado la posibilidad de comer este mes comprándome un colchón de los buenos, he aprendido que con esas cosas no se juega. Acabo de montar todo, espero no mudarme al menos en una temporada, como tenga que desmontar los muebles me muero.

- ¿Has acabado ya? Vaya, qué bien te ha quedado
- Bueno, no creo que sea para tirar cohetes, pero es práctica. Por cierto, yo aún no he visto tu cuarto montado.
- Claro, como eras tan borde… - hay que ver qué victimista se pone para fastidiar.
- En mi defensa diré que tú tampoco eras precisamente una fuente de simpatía, don “héroe troyano” – le miro burlona.
- Ja, ja, ja, sí, en eso tienes razón. En fin, si te hace tanta ilusión puedes verla ahora, lleva montada una semana.
Voy para allá. No me lo puedo creer, parece un miniapartamento. Tiene libros por todas partes, un escritorio… un momento, ¿dónde está la cama?
- Ah, bueno, yo es que duermo a la japonesa.
- Oséase, que duermes en el suelo. Estás loco.
- Quizás – se encoge de hombros. – Oye, ¿te vienes a cenar? No me malinterpretes, es que a mí no me apetece cocinar y me parece que a ti tampoco. Vámonos a por una hamburguesa. Además, aún no nos conocemos y parece que vamos a pasar mucho tiempo encerrados en unos pocos metros cuadrados.
- Vale, pero como nos tengamos que contar la vida en una noche vamos a andar un poco pillados de tiempo.
- Ja, ja, ja, no te preocupes, la noche aún es joven, nena.

viernes, 20 de mayo de 2011

VI

Ya ha anochecido. El corazón parece que se quiere ir de vacaciones y me va a romper el pecho. Tampoco es que esto vaya a ser como en las películas de polis. Héctor me ha dejado a la puerta. ¿Mi misión? Darle un toque al móvil cuando vea que entra alguien, y como yo hay otros diez policías apostados alrededor del lugar. No es esta la idea que yo tenía de mi primera experiencia policíaca, pero aún así no puedo evitar los nervios. Obviamente no espero que se cuele nadie en el cementerio a esta hora por la puerta principal, pero también es lógico que me den la posición de menor riesgo. Son las tres de la mañana. Ya habrán entrado. Lo único que espero es que no se olviden de mí cuando acabe todo. En fin, lo dicho, que me he hecho demasiadas ilusiones con todo esto, no creo ni que vea el arresto de verdad. Me voy a sentar aquí, en el banquito. Hace ya un rato que estoy aquí y mis pies ya no aguantan más. Ah, qué bien así. Espera, oigo algo. Alguien corre, algún chaval fuera llegará tarde a casa. No, no es eso, el ruido viene del cementerio. Oigo voces a lo lejos. No entiendo nada, sólo puedo distinguir “ena, elo” ¿Ena, elo? ¿Qué será eso? No tiene ningún sentido, serán palabras más largas. Se oye de nuevo la voz: “¡Helena, cógelo!” Ahooora lo entiendo. Me levanto y, cuando me estoy dando la vuelta, algo choca contra mí. Me da tan fuerte en la cabeza que me parece incluso escuchar mi cráneo partiéndose en dos. Ambos, la cosa y yo, caemos al suelo. Apenas me encuentro lo suficientemente bien como para distinguir que no es una cosa, sino una persona, y que tal vez es a quien tenía que detener.

Pronto llegan los polis y yo me escabullo disimuladamente… o al menos todo lo discretamente que la poca coordinación que guardo por el golpe me permite.

- ¡Buen trabajo! Un poco bruto, pero lo has parado – ya está Héctor aquí, a ver si se va pronto. ¡Uf, menudo dolor de cabeza!
- Ya, bueno, es que me ha pillado desprevenida.
- Ya veo, ya. Toma, ponte esto – me da una bolsa con hielos.- Vaya un chichón más feo.
- Lo supongo, no veas cómo duele. Oye, ¿importa mucho si me voy a casa? De repente se me han quitado las ganas de seguir haciendo de Sherlock para siempre.
- ¡¿Cómo, no quieres saber quién es tu primer detenido?!
- Ah, claro, el delincuente. Un cualquiera, supongo.
- ¡Un cualquiera! Está usted muy equivocada madmoiselle. Mira, ahora va a pasar bajo aquella farola.

¡Madre mía, pero qué plasta que es! ¿Por qué no me deja en paz? A ver, ¿quién puede ser tan importante como para importarme? No… NO PUEDE SER.

- ¡Es el alcalde! – no puedo reprimir un grito de sorpresa.
-Sí, sí lo es. Yo de ti me cuidaría de la prensa. Si se enteran de quién le impidió la huida te acribillarán a reportajes. ¿Quieres entonces que nos vayamos?
- Yo necesito descansar, pero supongo que tú aún tienes que quedarte.
- Bah, ya se las apañarán. Venga, te acompaño.

sábado, 7 de mayo de 2011

V

- Cariño, tenemos que hablar.
- ¿Hablar? ¿De qué?
- No te hagas la tonta conmigo. Sé lo de tu excursión del primer día al cementerio.
- No sé de qué...
- Y mira que te he dicho que no te hagas la tonta. No te preocupes y cuéntamelo todo, por favor. Es de vital importancia.
- Yo no creí que estuviera haciendo nada malo, lo prometo. Además de saltar la valla del cementerio, por supuesto. Al ser la primera noche en casa, pensando en todo lo que tenía que hacer al día siguiente y en el cementerio, y sin una cama decente, no podía dormir. Entonces escuché voces del cementerio. ¡No veas el brinco que pegué! Si me ven me llevan a las olimpiadas, te lo juro. Estaba taquicárdica perdida y mira, todavía se me pone la piel de gallina cada vez que lo recuerdo. ¡Uf, qué apuro!. Eso hasta que caí en la cuenta de que los muertos no hablan. Entonces se me pasaron todos los males y me puse a aguzar el oído. Decían que iban a dejar no sé qué en una tumba y que se reunirían allí mañana. Cuando se fueron fue cuando bajé a registrar las tumbas.
- ¿Y no se te ocurrió decirle nada a la policía?
- ¡Pues claro! ¿Pero qué se supone que iba a decir? Señor poli, señor poli, hay unos hombres muy malos que se reúnen en los cementerios. ¡Nadie me creería! Total, que sí, que fui al cementerio. Eché mis cálculos y pensé que con registrar las tres primeras filas de lápidas sobraba. Además, habían dicho que era un matrimonio y, obviamente, no iban a dejar unas flores que se marchitan y que alguien puede quitar. Estaba ya desesperándome un poco cuando encontré encima de una de las lápidas de un matrimonio un marquito con un cuadro, de estos hechos con flores prensadas, bastante viejo y descolorido, por cierto. Bueno, lo cogí para hacerle unas pruebas en el laboratorio. Reconozco que me emocioné demasiado, me entró complejo de Sherlock Holmes y se me fue la olla. Ayer me llevé el cuadrito al trabajo y le hice toda clase de pruebas, pero estaba más limpio que un quirófano antes de operar. En esto que ya lo iba a devolver y a olvidarme de todo, cuando me encontré con una nota claramente dirigida a mí. Es esta – le doy la nota en cuestión - Como podrás imaginar yo ya no me podía olvidar del asunto. Así que me la llevé corriendo al laboratorio, y adivina… ¡hay una huella! Por eso he venido, una huella es algo más que un marquito cutre. Pensaba que a lo mejor con esto tenía alguna posibilidad de que alguien me escuchara. Así que hoy no voy a trabajar y he venido aquí con la mejor de mis intenciones pero…
- Ya, pero seguía pareciendo estúpido.
- Sí, y entonces es cuando te he tirado el café
- ¿Te das cuenta de lo que has hecho? - ¿qué?¿qué es lo que he hecho? Vamos, no puede ser para tanto, me está vacilando.- Has puesto en riesgo una operación de meses. ¿Sabes por qué quise ir a vivir a esa casa? Como podrás entender no es por casualidad. Eso sí, encontrar tu anuncio fue una suerte.
- ¡Claro, y si a mí me pegan un tiro no pasa nada! ¿No se supone que la poli trabaja para que estemos todos más seguros?
- No te iba a pasar nada, o no te pasaría si no hicieras estúpidas excursiones nocturnas. De eso se cuidan mucho, créeme, no les interesa tener cargos por asesinato, y menos de alguien que no representa en principio ningún peligro. Claro, que quién iba a imaginar que te pondrías a jugar a los detectives a las pocas horas de mudarnos… Espero que te des cuenta del peligro al que te has expuesto.
- Sí, ya, pero mira, tengo una huella, tal vez os sirva de algo y el riesgo ha merecido la pena.
- ¿Merecer la pena? Creo que no has entendido nada. ¡Te podían haber matado, o secuestrado, o yo qué sé! Anda, trae la nota. ¿Y dices que has encontrado algo?- ahora se queda mirando la nota, perfecto, igual se bloquea como un ordenador y puedo escapar de aquí.- Qué raro, suelen ser muy cuidadosos.- Vaya, pues no ha podido ser.

Coge la huella y la escanea. Ahora empieza a hacer un montón de “clicks” con el ratón. Sonríe, luego algo debo de haber encontrado. ¡Anda, está girando la pantalla!

- Mira quién es tu peligroso delincuente mafioso – dice divertido.
- ¿Tú? Te estás quedando conmigo.

¡No - me - lo - puedo – creer! O sea, que los malos no se habían dado cuenta de nada y mi vida no ha corrido ni el más mínimo peligro. Éste me las va a pagar.

- Buen trabajo, realmente pensé que no había dejado rastro.
- Ya bueno, es papel, así que con tocarlo una vez ya… Oye, no me cambies de tema. Me podías haber dicho desde el principio quién eras y que devolviera el cuadro, o simplemente impedir que bajara y nos habríamos ahorrado todo esto.
- Ya, pero ninguno de los dos nos lo habríamos pasado ni la mitad de bien que esto, ¿verdad?
- Tsk, alucino contigo.
- Bueno, así te sirve de lección. Primero: deberías tener cuidado con el piso en el que vas a vivir y con quién. Esa confianza tuya te matará algún día. Segundo: ya no volverás a inmiscuirte en asuntos que no son de tu incumbencia.
- Ya, bueno, pero me lo podías haber dicho antes de hacer el idiota o meterme en algún lío de verdad.
- Venga, venga. Si te iba a dejar que vinieras mañana…
- ¿Mañana? ¡¿Al cementerio?!
- Claro, ¿adónde si no?

domingo, 24 de abril de 2011

IV

Vamos a ver qué hay para el desayuno. Hmmm, cereales de chocolate, no los comía desde el instituto. Ahora sólo me faltan la leche y el cuenco. ¡Anda, si tenemos un cuenco verde! Para mí. Pongo los cereales, la leche,... ¡hala, si he puesto más leche fuera que dentro del cuenco! Parece ser que esto es una operación demasiado complicada para mí a estas horas de la mañana.

Por cierto, aún no he visto a mi fantástico compañero de piso. Ayer con los nervios ni me fijé en si salía por la mañana, y luego no debió de volver hasta por la noche. Yo, con mis 24 horas de desvelo casi absoluto, a las diez estaba ya roncando y ya podría haber estallado la tercera guerra mundial que yo no me iba a despertar. Me pregunto en qué trabajará para llevarlo tan en secreto. Igual es un espía de la CIA y yo estoy aquí haciendo el pardillo, claro, que a lo mejor es que tiene un trabajo tan sumamente cutre que le da vergüenza decirlo... Bueno, venga, acabemos con el tema policial que hay que ir a currar. Menos mal que ayer tuve la precaución de cambiarle el turno a una colega de laboratorio y hoy no trabajo.

Me encamino hacia la comisaría. Voy, como siempre, saltando por encima de las baldosas que hacen la diagonal de los cuadrados. Sí, ya sé, parezco una maniática, pero no estoy loca. Puedo caminar normal, lo juro, pero no es tan divertido. Además, no se nota tanto. Mira, ya llego. ¡Stop! Casi me trago la puerta automática, que no es que vaya muy bien de reflejos que digamos. Bueno, ya estoy dentro, ¿y ahora qué? ¿Qué se supone que les voy a decir? Todo esto ha sido un error, será mejor que me vaya a casa y descanse. Sí, será lo mejor. Doy media vuelta, y se ve que la puerta no es la única a la que le faltan reflejos, porque a la que me giro voy y le tiro el café a un hombre con chupa de cuero… ¡con lo mal que salen luego esas manchas!

- ¡Ay, lo sientolosientolosiento! – abro precipitadamente el bolso en busca de un paquete de pañuelos.
- No se preocupe, es sólo un café. ¿Usted está bien? Aparte de las manchas, quiero decir.

Esa voz…

- ¡¿Héctor?! ¡¿Eres tú?!- un día y pico sin verle el pelo y me le encuentro aquí, en comisaría, vestido de policía malote con chupa de cuero y placa sobresaliendo del bolsillo. ¡Ni que estuviéramos en una serie americana!
- ¡Hombre, la desaparecida! ¿Qué haces tú aquí?
- Yo… bueno… este… - reacciona, hombre, reacciona - ¡eso debería preguntarlo yo! Tanto misterio con tu trabajo y resulta que eres un madero – noto unas cuantas miradas clavadas en mi nuca.
- Chssst, no hables tan alto. No creo que a muchos les haga mucha gracia que nos llames así. Ven, te daré una camisa de las mías y vamos a ver eso que tienes que hacer.
- No, si yo ya me iba…
- ¡Claro que te ibas! ¡Te ibas con el rabo entre las piernas! Vamos al despacho y hablamos, no vaya a ser que hagas otra visita nocturna a nuestros vecinos – me susurró.
- ¿Pero cómo…?
- ¡Sin rechistar!

Me coge del brazo y me mete por un pasillo que entre papeleras y fotocopiadoras (ahí es donde se nota la burocracia y el papeleo) no es apto para gordos. Ahora se para, ¿qué pasa?

- Tú quédate aquí, que voy a buscarte algo que ponerte. No te escapes o lanzaré una orden de búsqueda y captura, y recuerda que sé dónde vives.
- Pero bueno, ni que fuera una criminal.
- Bueno, pero no te muevas de aquí.

Se mete por una puerta verde. ¿Qué habrá querido decir antes? ¿Acaso sabe todo lo que he estado haciendo? Menuda vergüenza, me habrá tomado por tonta. Mira, aquí vuelve a aparecer.

- Toma. Métete ahí y cámbiate.
Me señala otra puerta verde justo enfrente. Supongo que será el vestuario femenino. Le cojo la camisa y me meto dentro. Por suerte no hay nadie dentro. Me cambio rápidamente, sin ni siquiera desabrochar los botones de la camisa. Me miro al espejo. Me está enorme, claro, pero al menos no está mojada con café cual magdalena del desayuno. Vuelvo a salir.

- ¿Mejor? – asiento.- Venga, vamos.

Me lleva, esta vez sin cogerme del brazo, hasta un pequeño despachito que sólo podría considerarse grande si lo comparamos con una caja de cerillas… y depende del tamaño de la caja. El mobiliario es más bien escaso: una mesa, dos sillas, una megasilla de oficina, dos estanterías hasta arriba de documentos y una papelera. Tiene también un ordenador que no va con pedales de milagro, una lamparita, una taza con bolis y lápices, ¡ah, y una máquina dispensadora de agua! Se sienta, y me indica que le imite. Respira hondo, suspira, me mira con esos grandes ojos negros y comienza el espectáculo:

miércoles, 13 de abril de 2011

III

Odio el despertador, simplemente lo odio, lo tiraría por la ventana si no fuera porque podría dar a algún peatón que lo odie tanto como yo, y no es cuestión de llevarse una denuncia de tan buena mañana. Arg, un día sin dormir y mira lo que pasa; que, cuando por fin lo consigues, te levantas con dolor de cabeza y sin saber casi ni andar.

Ayer fue un día productivo. Sí, señor. Por la mañana estuve haciendo unos análisis sobre no sé qué pastillas para adelgazar. Mis únicas conclusiones al respecto fueron que no van a matar a nadie ni aunque se inyectara todo un bote en vena, que son un timo redomado (pero claro, eso los de arriba ya lo saben), que se venderán como rosquillas en cuanto llegue el verano, y que yo no voy a ver ni dos duros de toda la pasta que gane la empresa.

Lo cierto es que no presté mucha atención, ya que mi cabeza estaba junto al marquito con flores que había encontrado esa noche. No veía el momento de sacarlo y someterlo a todas las pruebas posibles... ¡me sentía como Sherlock Holmes! Por fin, a las tres, cuando todo el mundo se había ido ya a comer, pude dedicarme a hacer de las mías. Busqué huellas dactilares, restos de materiales con los que averiguar su procedencia, identifiqué las flores,... nada. No había ninguna huella ni material que me pudiera dar una pista de quiénes eran aquellas personas ni lo que hacían a altas horas de la noche en un cementerio. La madera del cuadro era normal. Vamos, de las que se usan en cualquier chino hoy en día. Las flores, simples flores silvestres de las que crecen por todas partes en primavera. Esta parte fue realmente decepcionante. Claro, quién me mandaba a mí meter las narices en esto, lo mejor habría sido dejar las cosas como estaban y devolver el cuadro al camposanto.

El caso es que yo ya había decidido devolver el cuadro a la tumba correspondiente y, como se suele decir, ¡a otra cosa, mariposa! Juro y perjuro que ésa y no otra era mi intención. Lo que pasa es que al volver al cementerio a dejar el cuadro me encontré con que alguien había dejado una nota que no dejaba lugar a dudas: “Métete en tus asuntos o lo lamentarás”. Me dio un vuelco el corazón, aquello era demasiado fuerte. Me puse frenética. Dejé el cuadro y lo reemplacé por la nota. Volví corriendo al laboratorio y sometí a la nota a las mismas pruebas que el cuadro. Estuve una media hora haciendo un estudio detallado de cada letra antes de pasar a la acción. Ya pensaba que esta vez tampoco obtendría nada más cuando ¡eureka, una huella! No es que me sirviera de mucho sin una base de datos, pero la escaneé, la amplié y la imprimí. Eso me recuerda por qué me he levantado tan temprano: tengo que ir a la comisaría. 

sábado, 26 de marzo de 2011

II

Ya es de noche. Extiendo el saco de dormir en el suelo. El día no ha estado mal, pero menos mal que empiezo a trabajar mañana. Al acabarse el disco de música he decidido que igual lo mejor hoy era salir a dar un paseo y empezar a conocer el vecindario. En esa fase de exploradora intrépida he descubierto con gran satisfacción que hay de todo: supermercado, papelería, cine, panadería,... y, por supuesto, el cementerio. Aún sigo sin comprender cómo se me pudo pasar por alto ese detalle. No es que crea en fantasmas ni nada parecido, pero dormir al lado de los muertos no es precisamente el sueño de mi vida. Bueno, no quedará más remedio que acostumbrarse. Me meto en el saco y cierro los ojos.

Noventa y nueve, cien, ciento uno, ciento dos,... no parece que el viejo truco de contar ovejitas funcione. Me levanto. Necesito una cama de verdad urgentemente. En fin, voy a abrir la ventana. Tal vez sólo necesite un soplo de aire fresco. Oh, oh,... ahora sí que no voy a poder dormir. ¡Maldita iluminación del cementerio!

- Acuérdate, es la tumba del cuadro.

¡Gasp! Por suerte, consigo reprimir un grito de sorpresa. Los muertos no hablan, son los vivos. Y no suelen ser los vivos buenos los que se pasean por el cementerio a las tres de la mañana.

- ¿Esto es seguro?
- Tranquilo, al ser tumbas todo el mundo respeta lo que hay encima.
- ¡Eso ya lo sé, tarugo! Me refiero a si no hay nadie que venga a visitar esta tumba y a quien le extrañe encontrar esto aquí.
- Está todo calculado. Son un matrimonio sin más familia que un hijo que vive en Suiza.
- No sé de dónde sacas la información, pero más te vale que sea cierta. Me juego mucho en esto.... si yo caigo, rodarán vuestras cabezas. Muy bien, vendré el jueves a por la entrega. Se puntual, te conviene.

Pasos, parece que ya se van. Desde luego, yo preocupándome por los fantasmas y resulta que los que aún no crían malvas dan infinitamente más miedo. Así que el jueves, ¡pero si eso es dentro de tres días! No sé quienes eran esos, pero desde luego no eran unas hermanitas de la caridad, y si voy a la policía no sé qué podría decirles. No me tomarán en serio. Normal, yo tampoco lo haría. Bueno, vamos a aprovechar la noche de insomnio. Me visto, salgo a la calle y doy la vuelta a la manzana para entrar al cementerio. La puerta está cerrada, claro. Voy hasta el callejón que hay entre el bloque de pisos que a partir de hoy será mi hogar y el camposanto.  Por suerte, es una parte relativamente estrecha del cementerio. Pongo el oído. Nada, ni un ruido, parece que se han largado de verdad. La valla es baja, así que no creo que tenga ningún problema en saltarla. Ya está, esto ha sido fácil. Jadeo. Ha sido fácil. Saco el móvil. Por lo bien que se oían las voces supongo que los “sospechosos” estarían por la primera, segunda o tercera fila de tumbas. Además tiene que ser la sepultura de un matrimonio. Miro la hora: son las cuatro menos cuarto. Tengo unas dos horas antes de que amanezca.

Voy losa por losa mirando los nombres usando el móvil como linterna (es un poco ridículo, pero al menos no hay testigos). Llevo ya una fila y no parece que haya nada fuera de lo normal. Sólo había tres tumbas de matrimonios y ninguna tenía ni siquiera unas flores. Voy mirando uno por uno los distintos nombres: Narciso García Gutiérrez, Amaya Ortega Muñoz,… y una larguísima lista. De pronto llego al matrimonio Sánchez Castejón. Uf, otro matrimonio. Pero este es distinto, sí que tiene algo sobre la lápida. Lo cojo, parece un marco. No consigo ver bien, tal vez sea una foto. Da igual, me lo meto debajo del abrigo y sigo registrando el cementerio.

El reloj de la iglesia de al lado da cinco campanadas. Ya me parece ver tumbas hasta en las ramas de los árboles. Me parece que va siendo hora de volver a casa. Ahora me toca hacer la operación inversa: vuelvo a saltar la valla y entro en casa. Sigo sin tener ni pizca de sueño. Enciendo la luz de la habitación y examino mi pequeño botín. No es una foto, sino un cuadro hecho con flores prensadas. Debe de tener ya muchos años, pues las flores han perdido ya casi todo su color. El papel, en cambio, empieza a adquirir una tonalidad amarillenta que ya quisieran muchos pergaminos de la Edad Media. Me lo voy a llevar al trabajo. Seguro que en un rato libre o al final, antes de salir, puedo examinarlo tranquilamente sin que nadie me moleste. ¿Quién sabe? ¡Igual encuentro alguna prueba! Puedo buscar rastros de materiales y huellas y luego... y luego, ¿qué? Supongo que lo mejor será dejar el marco otra vez donde estaba, no vaya a ser que a alguien le dé por pasarse por allí y lo eche de menos.

miércoles, 16 de marzo de 2011

I

EL CUADRO DE LAS FLORES DESCOLORIDAS

Una habitación vacía. Años de universidad para encontrarme con esto, una habitación vacía donde deberé pasar los próximos... ¡¿quién sabe?! Pueden ser los próximos cincuenta años. La verdad es que la cosa no pinta nada bien, esto no se parece a lo que, según las pelis, debería parecerse un piso de recién independizada.

Mi sueño desde niña siempre había sido ser detective. De pequeña no hacía otra cosa que esconder cosas por toda la casa y luego hacer como que las buscaba. Hasta hace un par de años aún recibía alguna llamada de mis padres diciéndome que tal muñeco que se suponía había perdido, o aquel otro collar que había desaparecido, habían sido descubiertos en el salón o la cocina. Pero la vida da muchas vueltas, demasiadas, y no siempre acabamos en el mismo punto de partida. Yo, por ejemplo, pasé de detective a arqueóloga y de ahí a química que era la única ciencia que me resultaba algo atractiva. La vida te va dando pequeños toquecitos en distintas direcciones... y los padres te van dando grandes empujones para llevarte al camino que creen correcto. No es que esté mal, no lo hacen con mala intención, pero esos empujones pueden llevarte a donde yo estoy ahora mismo, en una habitación vacía preguntándome con qué demonios la voy a llenar. Claro que no es sólo una habitación, también hay un salón, una cocina, un baño y otro cuarto, todo del tamaño de una casita de muñecas, para el compañero que va a venir a vivir conmigo. Si, un compañero. Yo quería una chica pero es que ni con eso tengo suerte, al parecer todo el mundo estaba ya “emparejado” y disfrutando de la vida en un piso compartido, así que puse un anuncio en Internet y el único que respondió fue este tal Francisco. Debía de estar en la misma situación que yo, ya que tenía incluso el piso buscado pero no podía pagarlo y se puso a buscar por la red... hasta que me encontró a mí. Más o menos eso es todo lo que sé de él por los correos que me ha mandado.

Suena la cerradura, debe de ser él. Me asomo al pasillo y veo a un chico más o menos de mi edad, moreno, no demasiado alto, en fin, sin nada que destacar. Lleva una maleta enorme, creo que se ha traído ya la casa incorporada. ¿Qué hace? Acaba de dejar la maleta y va de un lado a otro del salón. Se para. Vuelve a coger la maleta. Se dirige hacia su cuarto. Hum, qué tío más raro. Supongo que tendré que presentarme. Voy poco a poco, despacito y con sigilo hacia su habitación. Me asomo a la puerta, el muy pánfilo está mirando por la ventana. Se gira.

- ¡Hola!  Tú debes de ser Helena, ¿no?
- Y tú Héctor, supongo. Encantada.

Nos damos dos besos.

- Exactamente, como el héroe troyano. Qué casualidad, ¿no?

Ja, ja, ja, pero qué salero tiene aquí el amigo. Algo me dice que no vamos a pasar mucho tiempo juntos.

- De acuerdo, Héctor, ¿me puedes repetir a qué te dedicas? Lo siento, pero tengo una memoria un poco traicionera.
- Me lo creo, no te acuerdas ni de que no te lo he dicho… la verdad es que por el momento me gustaría guardarme esa información.
- Ah, bueno. Pues yo trabajo en una empresa farmacéutica, por si te sirve de algo el dato.
- Gracias por la información, siempre es bueno conocer cosas sobre tu compañera de piso. Por cierto, he hecho una lista de horarios y tareas... no sé si estarás de acuerdo con ella.

Ay, madre... A ver que nos trae aquí. Ah, bueno, me ha dejado lavar los platos y hacer la compra, eso y limpiar mi cuarto, claro. Hum, pues vale, de vuelta a mi territorio.

Miro por la ventana. ¡Un cementerio! Nota mental: antes de acceder a vivir en un piso, hay que mirar a dónde dan las ventanas de todas las habitaciones. Sólo espero que no haya muchos ruidos por la noche para recordarme a mis “animados” vecinos. No tardo mucho en colocar lo poco que he traído conmigo. Desafortunadamente aún no tengo cama donde tumbarme a la bartola. Sin embargo sí que tengo una minicadena, cutre, pero que funciona, y unos cuantos discos de música. Pongo mi recopilación de los Beatles. Sé que son viejos, pero sus canciones siempre me animan. Ya suena la primera. Me pongo a mirar por la ventana. Mañana iré a comprar cuantos muebles pueda para la habitación... los de Ikea se van a forrar.

jueves, 3 de marzo de 2011

Un caso nada claro

El caso no estaba claro. No señor, allí había demasiadas pistas y ninguna de ellas conducía a ninguna parte. La habitación no era muy grande, aunque tampoco es que fuera una caja de cerillas. El armario, con las puertas abiertas de par en par, presentaba un aspecto caótico. Alguien había vaciado los cajones y todo el mueble estaba repleto de mudas y calcetines. La alfombra parecía dejar claro que había habido un forcejeo entre la víctima y el atacante. Estaba arrugada y las gotas de sangre llamaban la atención sobre sus ya apagados colores. El aspecto de la mesa era aún peor que el del armario. Montañas y montañas de papeles, bolígrafos, cuadernos, libros y demás se apilaban encima de la dichosa mesa. La silla, una magnífica silla de cuero aparecía rajada. ¿Qué narices andaba buscando el culpable para revolver así todo? No se había salvado ni la lámpara. La habían arrancado de cuajo y todavía caían trozos de yeso del techo. La cama, cómo no, estaba deshecha. Las sábanas, todas tiradas por el suelo, hacían juego con la alfombra ya que también habían recibido su parte de hemoglobina. El colchón (un magnífico colchón de látex de esos que están tan de moda) había sufrido la misma suerte que la silla, ¡qué desperdicio! Encima de ese colchón estaba la víctima. El ganador del boleto al otro mundo era un hombre que, si bien no podía decir que era muy mayor, sí lo era lo suficiente como para que comenzaran a aparecer canas entre su cabello negro. Al pobre lo habían colocado boca arriba encima del colchón rajado. La cabeza estaba tan echada hacia atrás que parecía que el cuello fuera a sonar - ¡crack! - de un momento a otro. La espalda estaba inusualmente arqueada. Claro, es normal. Nadie con un cuchillo en la espalda podría apoyarla completamente. Además de aquel individuo, vivían en la casa su mujer y una especie de mayordomo que se habían agenciado (hay que ver las tonterías que se le ocurren a la gente). Ninguno de los dos decía saber nada sobre el crimen, ni había confesado… claro, si yo fuera un asesino tampoco iría por ahí contándolo. Sin embargo, aseguraban que no faltaba nada en la casa. El hombre era policía, así que no le faltarían enemigos (siempre hay algún delincuente vengativo) pero esa hipótesis no cuadraba en absoluto con el resto de la escena, ¿quién narices iba a montar todo ese caos si lo único que quería era matar al hombre? No, la explicación debía de ser otra. Allí había algo más. El hombre debía confiar como mínimo un poco en su atacante, puesto que le dejó ir hasta su habitación y no dudó en darse la vuelta… momento sin duda que el asesino aprovechó para clavarle el cuchillo fatal, tras lo cual la víctima se resistió un poco a morir y tuvo lugar la lucha. Alguna de aquellas personas mentía… ¡Ellos tenían que saber quién había sido el asesino!

Todo esto parecía bastante claro, pero no había indicios suficientes para probar nada y no eran esos detalles precisamente lo que más me escamaba de aquel lugar. No, aquello sólo eran detalles que se podrían solucionar más adelante. Sin embargo, había una cosa que me había llamado poderosamente la atención desde que había entrado en la dichosa habitación. Había visto algo que inmediatamente había hecho saltar todas mis alarmas y, desde el principio, había colocado una única pregunta en mi cabeza… ¿qué demonios hacía mi cuerpo tendido de una forma tan espantosa encima de la cama?

lunes, 31 de enero de 2011

EPÍLOGO: DECLARACIÓN DE LA ACUSADA

Sí Señorías, me declaro culpable de los delitos que se me imputan. De hecho, he participado y sido cómplices de crímenes atroces, incluso crímenes que ustedes no podrían ni imaginar. Les ruego ahora que, antes de que me condenen, me dejen relatarles los hechos. No es que éstos me excusen de lo que he hecho, pero espero ayuden a comprender las circunstancias en que ocurrió todo y a evitar una nueva locura como esta. Les suplico que no me interrumpan en la narración, pues no creo que sea capaz de repetir lo que les voy a contar conservando la entereza que poseo en este momento.

Yo, Señorías, no poseo vida anterior al 12 de Octubre de hace diez años. Por desgracia para mí, no recuerdo nada anterior a tal fecha, simplemente sé que había sufrido un pasado trágico, sin familia ni amigos, gracias a unos documentos que llegaron hace unos días a mis manos. Como iba diciendo, fue ese día cuando dejé de ser una persona normal para ser parte de un plan descabellado y sin sentido, pero eso vendrá más adelante.

El día 12 fue el día en el que perdí lo poco de persona que me quedaba  y me convertí en un arma al servicio del gobierno. Todo empezó con una carta. En ella se me ofrecía un puesto en una unidad nueva del ejército, para el que creo que ya trabajaba en aquellos días: un salario más alto, sin posibilidad de despido o abandono del puesto. Entonces no me di cuenta, pero es obvio que sólo con eso no debería siquiera haber pensado en aceptar. Sólo se necesitaba que me personara al día siguiente en la base central del ejército a primera hora de la mañana. Decían que tendría cuatro meses de formación remunerada, tras los cuales empezaría a trabajar. No parecía una mala oferta, un puesto fijo con un buen salario. Eso, junto al poco margen de tiempo que tenía para pensar y darme cuenta del verdadero significado de esas palabras. Como ya supondrán, acepté el puesto.

La mañana del 13 me presenté en el cuartel, y junto a mí había jóvenes de la misma edad más o menos. No sé el verdadero nombre de ninguno de ellos. Todos nos conocemos por los nombres que nos pusieron ese día, ninguno de ellos augurio de buena fortuna, por cierto. Fue como un segundo bautizo, si es que alguno de nosotros tuvo uno de verdad alguna vez. Nos entregaron un carné de identidad en blanco. Tan sólo constaban en él los nombres que nos asignaron y, en lugar de nacimiento, ponía simplemente UCC. “Esto es lo que seréis a partir de ahora: nadie. No existís, si alguien os pregunta trabajáis en el ministerio de defensa. No tendréis amigos, ni relaciones, ni nada. Aceptando el puesto habéis aceptado consagraros a la nación como un cura se consagra a Dios. Estas son las verdaderas condiciones del puesto, si alguien quiere arrepentirse debe hacerlo ahora”. Nos miramos entre todos. Éramos extraños entre nosotros, pero enseguida nos dimos cuenta de que había algún tipo de vínculo que nos unía. La verdad es que no sabría cómo definirlo, pero aquella sensación nos tranquilizó algo y ninguno renunciamos, ni siquiera yo, la única mujer del grupo.

Una vez pasado aquel momento, nos hicieron firmar unos documentos. No podríamos dejar el trabajo o huir bajo ninguna circunstancia bajo pena de muerte, y deberíamos obedecer cuanto se nos mandara. Una vez más, debería haber renunciado. Tras firmar, ya no había vuelta atrás. Lo crean o no, es así de sencillo crear una nueva unidad secreta. Una firma, y aceptas renunciar a ti y a todo cuanto tenías, fuera lo que fuera lo que yo tenía. Ya no éramos nadie.

Después se sucedieron dos años de duro entrenamiento. Tiro, resistencia, supervivencia en campo y ciudad,… y no sólo eso. También recibimos  una dura preparación psicológica que por entonces no entendíamos, pero que sería esencial para las misiones que deberíamos realizar en el futuro. Fue en aquellos meses cuando creamos el fuerte vínculo que nos ha unido hasta el final. Nos convertimos en una familia. No importaba lo que hubiéramos sido, o lo que hubiéramos hecho en una vida anterior. Todos habíamos muerto y estábamos resucitando como personas nuevas, o más bien como objetos.

Antes de que nos diéramos cuenta, ya había llegado el día en que nos encomendaban nuestra primera misión. Para inaugurar la nueva unidad, nos presentaron informes, y más informes, y discursos, y estudios sobre violencia, crimen y política. Aún no sé cómo, pero consiguieron hacernos ver que la violencia y el crimen disminuían tras algún suceso impactante, y cómo a la población le daba por pensar en qué hacían los que gobiernan el mundo. Consiguieron convencernos de que era imprescindible y vital para la estabilidad de toda la humanidad que nosotros mantuviéramos un cierto grado de inseguridad en las personas.

Fue entonces cuando supimos el objetivo de todo el entrenamiento. Debíamos ser los asesinos del gobierno, los que manejaran la parte más oscura de la sociedad. Debíamos ser, en definitiva, menos que sombras, íbamos a ser el aire frío de invierno.

El primer sitio a donde nos dirigimos fue a la guarida de una banda de mafiosillos que se estaba haciendo demasiado poderosa. Nunca olvidaré cómo invadimos el lugar, como nos habían enseñado… ni como yo fui la primera en disparar, como me habían enseñado. Pueden creerme si les digo que estuve mucho tiempo viendo la cara del joven que asesiné en sueños.

Luego vinieron más asaltos, atracos, violaciones,… No debíamos distinguir entre malos y buenos. Cada acción estaba medida y calibrada para que provocara una determinada reacción. Al final el sentimiento de culpa dejó paso a una indiferencia defensiva. Cuando tienes tantas muertes en tu historial, tienes que elegir entre la locura y la indiferencia. Por desgracia para nosotros, no hay una opción c.

Así transcurrieron cinco largos años. Habíamos creado ya nuestro propio micro mundo, ocultos a todo el mundo. Sin amigos ni familia. Nada, no éramos nada. Podría decirse que ya nos estábamos acostumbrando, cuando pasó algo en lo que no habíamos pensado. Fue aquella trágica tarde del 21 de marzo, cuando comprendimos realmente lo que hacíamos, y también por qué nos habían elegido a nosotros. Como ya he dicho, ninguno teníamos ni familia ni amigos. No éramos nadie ya antes de entrar en la unidad. Nuestro pasado era un borrón incierto. De esta forma, ninguno sabíamos lo que era perder a alguien importante. No éramos conscientes del dolor que provocábamos, ni del que nos podían provocar. Alguien ignorante es alguien feliz, y nosotros éramos muy ignorantes en lo que se refiere al amor entre las personas. No pretendo con esto dar lástima, sino explicar de alguna forma la relativa facilidad con la que todos nosotros asumimos nuestro papel.

Como iba diciendo, fue el 21 de marzo del 2026 cuando todo aquel mundo que habíamos construido se vino abajo. Esta vez había que matar a un antiguo espía de la URSS. Las teorías conspiratorias son muy entretenidas mientras duran. Pensábamos que iba a ser una misión sencilla. Al fin y al cabo, ¿qué podía pasar? Éramos cinco contra uno, debería haber sido muy fácil. Entramos en su casa, tuvimos mucho cuidado de no hacer ruido y no tocar nada. Llegamos hasta la habitación donde se encontraba nuestro objetivo e Ícaro le pegó un tiro. Eso debería haber sido todo. Sin embargo, de una forma que aún no he conseguido explicarme, el antiguo espía se las apañó para sacar su pistola y disparar antes de caer, matando a su verdugo.

Esto fue el fin de la unidad. Ninguno fuimos capaces de superarlo. Por supuesto, el gobierno no nos dejó marchar. Un año más tarde de este acontecimiento la situación era tan insostenible que tuvieron que acceder a darnos la baja, siempre, cómo no, bajo amenaza de muerte si contábamos algo. De esta forma nos fuimos yendo poco a poco todos los miembros de la unidad. Desde que esto sucedió han pasado ya dos años. Muchas veces he tenido el impulso de contar al mundo lo que habíamos hecho, pero el miedo me paralizaba. Créanme, estuviera donde estuviera me habrían encontrado, ajusticiado, y lo habrían cubierto todo bajo una película digna de un Oscar.

Con esto termino mi relato. Espero que sea suficiente para poder juzgarnos e impedir que esto se repita. La nueva unidad fue disuelta hace un mes por nosotros. Aún no habían superado el entrenamiento, por lo que es inútil involucrarles a ellos también. Se han salvado y deben saberlo, pero no merecen un castigo. Así concluyo y me encomiendo a su veredicto. Muchas gracias.

martes, 25 de enero de 2011

VIII

Hoy es el gran día… el día de mi fuga. Ya que el doctor no está dispuesto a darme el alta, he decidido que me voy. Sólo he tenido que solucionar dos problemas: la ropa (no puedo ir por ahí con una bata de hospital), y un señor raro que me vigila y me persigue cada vez que salgo de la habitación. Me di cuenta de esto hace un par de semanas, que fue cuando dejaron de dolerme por completo las piernas y empecé a dar paseos por el hospital.

La cuestión de la vestimenta ya la he solucionado. Convencí al doctor de que me sentía demasiado ridícula con la bata, y de que podría perjudicar gravemente a mi estado psicológico, ya muy dañado, y que total ya no necesitaba tubitos,… el caso es que el chico se portó y fue recolectando prendas viejas de las enfermeras, que se solidarizaron con la causa. He reservado para este día unos zapatos bastante cómodos, unos vaqueros estampados y una camisa que no es que me quede ancha precisamente.

El problema del “guardaespaldas” salido de entre las sombras ha sido un poco más complicado. He estado toda la semana yendo y viniendo para intentar ver qué es lo que le interesa de mí. He descubierto que si me meto a un baño se queda respetuosamente en la puerta. Mi plan es el siguiente:

El autobús tiene la primera parada en la marquesina del hospital. Sale todos los días a las cinco y media justas, sin esperar a nadie. Lo único que tengo que hacer es entrar al baño de la planta baja tres minutos antes de que salga el autobús. Allí podré salir por la ventana y, para cuando el gorila este se quiera dar cuenta de que no salgo yo me habré ido.

Bueno, allá voy. Salgo de la habitación. Miro discretamente al gorila, pero lo suficientemente bien para saber que está mirando... ejem, las evidencias de mi condición femenina. La verdad, no sé si eso es bueno o malo. Igual le distrae y me facilita las cosas, o se impacienta más de lo que debe y me pilla. Miro el reloj, son las cinco y veintiséis. Cuento hasta diez y entro en el baño. Abro la ventana con tiento, para que no se oiga. Salto por ella y echo a correr. Afortunadamente, la ventana da a la parte de atrás del hospital y nadie me ve. Llego hasta el autobús justo antes de que cierre las puertas. Le entrego un surtido de monedas que me he ido encontrando en los pantalones al conductor. Me mira con cara de desconcierto, y luego me devuelve algunas monedas. No me siento, me bajo en la primera parada. Así tengo alguna posibilidad de despistar al armario empotrado.

No sé dónde estoy. Todo me resulta extrañamente familiar, pero no sabría decir ni siquiera en qué ciudad estoy. Me dejo guiar por mis pies, sin rumbo fijo, pero mirando a cada esquina por si tengo que huir. ¿Qué es esto? Me he topado frente a frente con una gran reja. Me separo un poco y miro hacia arriba. “Jardín Botánico” rezan unas letras cobrizas, medio comidas por el óxido. No sé por qué, pero creo que ahí dentro está la clave de todo. Empujo la puerta, está abierta. Nada me impide la entrada, así que sigo adelante. Voy de acá para allá, sin encontrar ninguna de las respuestas que busco. Vago sin destino por el jardín, quizás el subconsciente quiera echarme una mano para encontrarme. Andando, andando llego hasta un edificio de ladrillo. No es muy alto. Voy a entrar, algo me dice que hay algo ahí dentro. Cruzo el umbral. Es una exposición de flores. Voy mirando una por una, pero no coinciden con la de mis recuerdos. La que está en mi cabeza está viva, y todas las de la exposición están prensadas y muertas. Descubro que hay unas escaleras que llevan a la terraza. Subo por ellas. Dejo que el aire fresco del exterior llene otra vez mis pulmones. El oxígeno vuelve a mi cerebro. Miro a mi alrededor. ¡La he visto, son ésas! Son como la flor de mi memoria, son flores de naranjo. Comienzan a venir a mi mente lo que supongo que son recuerdos de mi pasado. Una sala con gente... gritos... un sonido breve y seco... silencio. Un silencio teñido de rojo. Un rojo brillante e hipnótico.
-        Sabía que vendrías.
¡¿Quién anda ahí!? Me doy la vuelta. Es Ulises. No tengo ni idea de dónde ha salido el nombre, pero es él. Un momento, ya me acuerdo. Era mi “jefe”, quien mandaba donde quiera que yo trabajara.

-        No me mires así. Al fin y al cabo todos nos conocíamos muy bien y no fue difícil encontrarte aquella vez y hacerte perder la memoria. Era obvio que volverías por aquí, siempre pasa. - Mira el reloj.- Es extraño, Heracles ya debería estar aquí.

Miro hacia las escaleras. Surge de ellas un hombre más o menos de mi edad. Sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, mi cuerpo se dirige hacia él corriendo y lo abraza. Yo aún estoy procesando quién es, pero parece que mis brazos y mis pies saben perfectamente cómo reaccionar ante él, y parece que no lo hacen mal, ya que él responde de la misma forma. Nos separamos. Yo aún no acabo de entender todo lo que está pasando. Miro a uno y a otro.

-        No me puedo creer que esto esté pasando – comienza a decir Heracles,- pensé que te iba a perder para siempre. Verás, no te respondí a las cartas porque pensé que lo mejor era que no me vieras en un estado tan lamentable como en el que me encontraba, pero con la última... Me faltó tiempo para llamar a Ulises.
-        Y menos mal que yo pude pillarte a tiempo.

Aún no entiendo nada.

-        Estabas a punto de saltar desde la azotea. No es que sea muy alta, pero sabías como hacer para darte un golpe certero. Por suerte pude distraerte un poco y hacer que fallaras el intento. Sé que perdiste la memoria y que no puedes hablar, eso debe ser consecuencia del shock. Fuimos nosotros quienes pusimos a Polifemo en el hospital. Nos ha tenido informados en todo momento de tus progresos, y nos ha llamado en cuanto se ha dado cuenta de que te has escapado. Es uno de esos muchachos de la última hornada, una buena persona, pero un poco perdido. A estas horas estará en un avión rumbo a Suiza.

Espera, espera. ¿Yo, saltar? Pero, ¿por qué? Lo único que recuerdo es el silencio y el color rojo... Ahora lo entiendo, es sangre. Es la sangre de un amigo, de un hermano. Todo cobra sentido: la habitación, el ruido, el silencio, mi no-identidad, mi deseo de saltar,... todo. Noto dos lágrimas en mis ojos. No hay ningún recuerdo en el que yo esté llorando, pero siento que me deshago, la verdad duele, en especial si la has creado tú. Miro hacia la barandilla. Heracles me sujeta la mano, y Ulises sigue hablando.

-        No serviría de nada. Ni volverías a ver a Ícaro, ni conseguirías arreglar lo que ya está hecho. Sólo serías uno de tantos casos. Tú, precisamente, deberías saberlo mejor que nadie. Además, hay otra forma de expiar las culpas. Heracles y yo hemos estado hablando, y hemos decidido someternos al juicio del pueblo. De paso podemos acabar con este sinsentido iniciado por el gobierno hace ya diez años y evitar a otros caer en la locura en la que estamos. Esta mañana he disuelto el nuevo equipo formado. Por fortuna acababan de salir del entrenamiento y aún no habían aceptado ninguna misión, no les pasará nada. Nosotros somos el último reducto de un plan sádico y sanguinario, y en nuestras manos está impedir que se repita.
-        Entenderemos que no quieras venir con nosotros – Heracles me aprieta cariñosamente la mano.- Te podemos dar unas horas de ventaja, suficiente para que puedas huir. Lo tenemos todo preparado para que con una llamada el mundo sepa cómo las gastan los de arriba.

¿Huir? No recuerdo ningún momento en el que haya tenido ganas de hacer tal cosa. Ninguno salvo... Les miro a los ojos, luego miro a la flor del naranjo y asiento. Iré hasta el final con ellos, con mi familia. Heracles coge el teléfono, siempre sin soltarme la mano. Parece que le dé miedo que cambie de opinión y decida matarme. Me mira por última vez antes de marcar, y yo recupero la voz sólo para decir: “hagámoslo”.

lunes, 17 de enero de 2011

VII

Me aburro. Llevo al menos un mes en este hospital y ya se me han acabado las ideas para entretenerme. Mi último recurso es éste, usar el cuaderno que me regaló el doctor. Desde que estoy en esta habitación paso menos tiempo sola. Por aquí pasan pacientes a los que luego van a operar o trasladar a otra planta. Aún no he recuperado mi capacidad de habla, por lo que no puedo empezar ninguna conversación. Dependo totalmente de las ganas que tenga la otra persona de contarme algo, que la mayoría de las veces excede el concepto que cualquier persona pueda tener de la palabra “nulas”. A veces me propongo averiguar qué tipo de problema tiene el otro paciente. He descubierto que no soy del todo mala observadora, he aprendido a identificar cada gesto y postura. El primer paciente al que “diagnostiqué” correctamente fue un niño al que le iban a extraer el apéndice, me sentí muy orgullosa de mí misma.

He pasado por muchos compañeros (hay que ver qué mal anda de salud la gente), y de todos he aprendido algo. Un niño, por ejemplo, me hizo aprender cómo fabricarme unos tapones para los oídos eficaces con unos pañuelos de papel... ¡teníais que ver cómo berreaba el crío! Un anciano me contó todos los trucos que usaban los rojos para escapar del régimen franquista. Una chica me relató su viaje desde Colombia hasta este país. Un militar me enseñó sus cicatrices de guerra. Me dan envidia. Todos tienen su familia, sus amigos, su pasado... todos tienen algo en lo que refugiarse o en lo que buscar una explicación cuando las cosas van mal. Yo, sin embargo, yo no sé ni siquiera mi nombre. Lo único que recuerdo es esa maldita flor, tampoco sé qué flor es.

He hecho progresos. Puedo dar paseos por el pasillo, comer,... vamos, que puedo hacer vida normal. Lo que aún no entiendo es por qué el dichoso doctor no me da el alta. Cierto que hay dos cosas que no he recuperado, pero no me parece que sean de su competencia. Es como si tuviera miedo de algo. Igualmente aquí no estoy tan mal. Aburrimiento aparte, he descubierto mis dotes de observadora, mi don para la pintura (que no se me da nada mal), he aprendido a desenvolverme sin hablar y con limitaciones de movimiento... además me mantienen, me dan de comer, me calman el dolor, aunque éste es cada vez menos persistente, y ya incluso las enfermeras me hablan de vez en cuando. Espero que me dejen libre pronto.

lunes, 10 de enero de 2011

VI

Despierto. Veo el mismo techo azul de siempre. Espera… ¿azul? Entonces no es el de siempre. ¿Dónde estoy? Supongo que en otra habitación del hospital pero, ¿por qué? ¿Ha pasado algo? Aish, me gustaría que alguien me contara lo que ocurre de vez en cuando. Últimamente he estado más despierta y he podido ve a las enfermeras y al joven doctor más a menudo. Mi opinión con respecto a este último ha ido mejorando gradualmente. Se ve que al principio me cogió miedo por el escándalo que monté, pero ha ido cogiendo confianza en sí mismo. Las enfermeras, de las que sólo sé el apellido, no hablan conmigo. Parece que le tengan miedo a algo, distinto de mí, pero que les impida pronunciar palabra en mi presencia. Ni siquiera nadie me ha dicho cómo me llamo. Es como si se hubieran puesto de acuerdo para evitar que recupere mi identidad. ¿Qué es esto? Parece un mando. Vamos a ver qué hace. Le doy a un botón grande y rojo. Poco a poco, la cama sobre la que estoy se va elevando. Ahora pulso un botón azul. La cama vuelve a bajar. Aún hay dos botones más, pero esos los dejaré para otro día. Voy a disfrutar primero de este descubrimiento. Ahora subo, ahora bajo. Subo. Bajo. Subo. Bajo. Se abre la puerta. Entra el médico. Se me queda mirando con una ceja levantada (aún no sé cómo consigue hacer ese gesto tan exagerado).

- ¡Anda! Yo que pensé que estaría desconcertada y me la encuentro jugando como una niña pequeña.
Paro. Tiene razón, pero no he podido resistirme. Es la primera “diversión” que encuentro desde que estoy aquí. ¡Qué demonios, me debe una explicación! Sigo mientras le miro desafiante.

- Vale, vale, ya le explico – si es que ya le tengo bien educadito – pero estése quieta – paro.- Muy bien. Como ya está mucho mejor, al margen de los problemillas de siempre, hemos decidido sacarla de la planga de vigilancia y trasladarla aquí.

¿Y no me lo podía haber dicho antes? ¡Le veo todos los puñeteros días, maldita sea! Reanudo mi “diversión”, pero esta vez en señal de enfado.

- Oiga, ya vale. Esto no ha sido decisión mía. – Paro.- Ayer hubo un accidente en la carretera y necesitábamos camas. Además, aquí podrá tener compañía. Quién sabe, tal vez tratando con gente consiga superar la amnesia. Luego me pasaré a ver qué tal está. ¡Ah, por cierto! Le he traído esto. Ahora que va a tener con quien hablar le puede venir bien.

Deja algo en la mesilla y se va. Miro a la derecha. Es verdad que hay otra cama, pero por ahora parece vacía. Me fijo en la mesilla un cuaderno y un bolígrafo. Sonrío. De verdad está empeñado en que hable con alguien. Hace unos días confirmamos que sólo ha quedado afectada la memoria que se refiere a mí, es decir, no tengo nombre ni pasado, soy como un recién nacido que ya lo sabe todo. Puedo leer, escribir, andar,… incluso podría hablar si tuviera voz para ello. De hecho, tengo que descubrir todas las habilidades que tengo… ¡voy a estrenar el cuaderno! A ver, es gris, con tapa dura, hojas blancas,… vamos, bastante normalillo. Creo que lo primero será poner el nombre. ¿Nombre? Sigo sin saber ni siquiera por qué letra empieza. Hay algo, estoy segura, algo que impide al doctor y las enfermeras decírmelo. He intentado sonsacárselo, pero siempre cambian de tema o se van, así que he desistido. Bueno, a lo que iba. “Este cuaderno pertenece a la Señorita                 García”. Pienso rellenar el hueco como sea. Miro lo que he escrito. No me gusta esta letra. Demasiado pequeña y alargada, como si tuviera que ocupar el menor espacio posible. No voy a escribir. Voy a pintar. Aunque se me dé mal, al menos pasaré el rato. ¿Qué dibujo? ¡Ah, ya sé!

Pintaré la cama de enfrente.

lunes, 3 de enero de 2011

V

Está oscuro. Sí, verdaderamente oscuro. Ni siquiera alcanzo a ver mi mano cuando la alzo frente a mí. Intento avanzar en la oscuridad, con la esperanza de encontrar algo, lo que sea, que rompa las tinieblas. Pero no es tarea fácil. Cada nuevo paso supone un esfuerzo titánico, que cada vez va en aumento. En teoría no hay nada alrededor, pero tengo la sensación de avanzar en un líquido tan espeso que podría resultar casi sólido. ¡¿Qué es eso!? De la nada ha aparecido una mesa. No es nada especial, sólo un tablón apoyado en cuatro patas. Simple, sin adornos. Está iluminada por un haz de luz, como si un foco estuviera dirigido a ella. Me acerco. Parece que ahora me cuesta menos moverme. Encima de la mesa hay un sobre. Lo abro. Saco lo que parece ser una carta. Leo: “Querido Heracles…”. Una ráfaga de viento me arrebata el papel de las manos. En menos de un segundo  ya se ha perdido en la penumbra. Vuelvo a coger el sobre. Hay algo más. Extraigo un carné de identidad. No hay datos. No hay foto. Es un carné en blanco. Poco a poco, ante mi asombro, el carné se va convirtiendo en algo. Se alarga y cambia de color. Es una flor. Es la flor de mis recuerdos. Sigue creciendo. Ha superado ya el tamaño de un balón de fútbol. Crece. Crece. Algo me empieza a oprimir el pecho. Miro, y veo con horror que la flor ha echado raíces en mí. Crece. Duele. Crece. Me ahogo. Crece. Me aplasta el pecho. Crece. Voy a morir.

Despierto empapada en sudor. Ya es la cuarta noche que tengo la misma pesadilla. Significa algo, lo sé. Mi subconsciente me manda señales, aunque éstas son tan confusas que dudo mucho que pueda interpretarlas. Siempre es igual. Oscuridad, la carta, el carné, la flor. Aislados unos de otros, puedo otorgar a los elementos un significado más o menos acertado. La oscuridad mental en que me encuentro, mi falta de identidad y mi obsesión por mi único recuerdo. Sin embargo, hay un elemento misterioso: la carta. Sólo puedo leer el destinatario. ¿Quién será Heracles? Desde luego, no un héroe mitológico. Sea quien sea tiene que ser parte de mis recuerdos, ¿estaré recuperando la memoria? No, no es eso. Estoy convencida de que ese tal Heracles es la clave de todo, es lo que separa a mis recuerdos de mí. Dicho de otro modo, si lo encuentro a él. Me encontraré a mí misma. Sólo hay un problema: estoy en un hospital y no dispongo de medios para buscar a alguien apodado (no me creo que alguien se llame así) Heracles.

Miro a la ventana. Hay luna llena. Me incorporo. Tras unos días repitiendo la misma operación, ya consigo hacerlo con mucho menos esfuerzo. No puedo dormir. Es una sensación rara. Después de tantos días cayendo rendida por las cosas más nimias me encuentro desvelada precisamente por un sueño. Pensándolo bien, últimamente tampoco estoy tan mal. Me puedo mover con más o menos normalidad, que ya es más de lo que podía decir las primeras veces. Sigo sin levantarme, de momento no me encuentro con fuerza para intentarlo, ni para superar el fracaso que supondría no poderme tener en pie. Hay que ver lo bonita que es la Luna. Seguro que, fuera como fuera yo antes, nunca me había parado a pensarlo. Me gusta. Es capaz de alumbrar cuando todo está en oscuridad. Pero no es como el Sol. La Luna no me ciega ni me quema, sino que me muestra un rayito de esperanza en medio de las tinieblas. Es cierto que la luz viene en realidad del Sol, pero ésta es tan intensa que necesito un “filtro” para poder apreciarla. Además, no me deja ver el resto de estrellas durante el día. Cuando salga de aquí, si consigo un trabajo o recuperar mi vida y mi cuenta del banco me compraré un telescopio. Parece que me he calmado. Me tumbaré a ver si soy capaz de dormirme. Así, despacito. Ahora cierro los ojos. Inspiro. Espiro. Inspiro. Espiro. Ouaaaaaa. Bostezo. Inspiro. Espiro. Inspiro. Espi…