lunes, 31 de enero de 2011

EPÍLOGO: DECLARACIÓN DE LA ACUSADA

Sí Señorías, me declaro culpable de los delitos que se me imputan. De hecho, he participado y sido cómplices de crímenes atroces, incluso crímenes que ustedes no podrían ni imaginar. Les ruego ahora que, antes de que me condenen, me dejen relatarles los hechos. No es que éstos me excusen de lo que he hecho, pero espero ayuden a comprender las circunstancias en que ocurrió todo y a evitar una nueva locura como esta. Les suplico que no me interrumpan en la narración, pues no creo que sea capaz de repetir lo que les voy a contar conservando la entereza que poseo en este momento.

Yo, Señorías, no poseo vida anterior al 12 de Octubre de hace diez años. Por desgracia para mí, no recuerdo nada anterior a tal fecha, simplemente sé que había sufrido un pasado trágico, sin familia ni amigos, gracias a unos documentos que llegaron hace unos días a mis manos. Como iba diciendo, fue ese día cuando dejé de ser una persona normal para ser parte de un plan descabellado y sin sentido, pero eso vendrá más adelante.

El día 12 fue el día en el que perdí lo poco de persona que me quedaba  y me convertí en un arma al servicio del gobierno. Todo empezó con una carta. En ella se me ofrecía un puesto en una unidad nueva del ejército, para el que creo que ya trabajaba en aquellos días: un salario más alto, sin posibilidad de despido o abandono del puesto. Entonces no me di cuenta, pero es obvio que sólo con eso no debería siquiera haber pensado en aceptar. Sólo se necesitaba que me personara al día siguiente en la base central del ejército a primera hora de la mañana. Decían que tendría cuatro meses de formación remunerada, tras los cuales empezaría a trabajar. No parecía una mala oferta, un puesto fijo con un buen salario. Eso, junto al poco margen de tiempo que tenía para pensar y darme cuenta del verdadero significado de esas palabras. Como ya supondrán, acepté el puesto.

La mañana del 13 me presenté en el cuartel, y junto a mí había jóvenes de la misma edad más o menos. No sé el verdadero nombre de ninguno de ellos. Todos nos conocemos por los nombres que nos pusieron ese día, ninguno de ellos augurio de buena fortuna, por cierto. Fue como un segundo bautizo, si es que alguno de nosotros tuvo uno de verdad alguna vez. Nos entregaron un carné de identidad en blanco. Tan sólo constaban en él los nombres que nos asignaron y, en lugar de nacimiento, ponía simplemente UCC. “Esto es lo que seréis a partir de ahora: nadie. No existís, si alguien os pregunta trabajáis en el ministerio de defensa. No tendréis amigos, ni relaciones, ni nada. Aceptando el puesto habéis aceptado consagraros a la nación como un cura se consagra a Dios. Estas son las verdaderas condiciones del puesto, si alguien quiere arrepentirse debe hacerlo ahora”. Nos miramos entre todos. Éramos extraños entre nosotros, pero enseguida nos dimos cuenta de que había algún tipo de vínculo que nos unía. La verdad es que no sabría cómo definirlo, pero aquella sensación nos tranquilizó algo y ninguno renunciamos, ni siquiera yo, la única mujer del grupo.

Una vez pasado aquel momento, nos hicieron firmar unos documentos. No podríamos dejar el trabajo o huir bajo ninguna circunstancia bajo pena de muerte, y deberíamos obedecer cuanto se nos mandara. Una vez más, debería haber renunciado. Tras firmar, ya no había vuelta atrás. Lo crean o no, es así de sencillo crear una nueva unidad secreta. Una firma, y aceptas renunciar a ti y a todo cuanto tenías, fuera lo que fuera lo que yo tenía. Ya no éramos nadie.

Después se sucedieron dos años de duro entrenamiento. Tiro, resistencia, supervivencia en campo y ciudad,… y no sólo eso. También recibimos  una dura preparación psicológica que por entonces no entendíamos, pero que sería esencial para las misiones que deberíamos realizar en el futuro. Fue en aquellos meses cuando creamos el fuerte vínculo que nos ha unido hasta el final. Nos convertimos en una familia. No importaba lo que hubiéramos sido, o lo que hubiéramos hecho en una vida anterior. Todos habíamos muerto y estábamos resucitando como personas nuevas, o más bien como objetos.

Antes de que nos diéramos cuenta, ya había llegado el día en que nos encomendaban nuestra primera misión. Para inaugurar la nueva unidad, nos presentaron informes, y más informes, y discursos, y estudios sobre violencia, crimen y política. Aún no sé cómo, pero consiguieron hacernos ver que la violencia y el crimen disminuían tras algún suceso impactante, y cómo a la población le daba por pensar en qué hacían los que gobiernan el mundo. Consiguieron convencernos de que era imprescindible y vital para la estabilidad de toda la humanidad que nosotros mantuviéramos un cierto grado de inseguridad en las personas.

Fue entonces cuando supimos el objetivo de todo el entrenamiento. Debíamos ser los asesinos del gobierno, los que manejaran la parte más oscura de la sociedad. Debíamos ser, en definitiva, menos que sombras, íbamos a ser el aire frío de invierno.

El primer sitio a donde nos dirigimos fue a la guarida de una banda de mafiosillos que se estaba haciendo demasiado poderosa. Nunca olvidaré cómo invadimos el lugar, como nos habían enseñado… ni como yo fui la primera en disparar, como me habían enseñado. Pueden creerme si les digo que estuve mucho tiempo viendo la cara del joven que asesiné en sueños.

Luego vinieron más asaltos, atracos, violaciones,… No debíamos distinguir entre malos y buenos. Cada acción estaba medida y calibrada para que provocara una determinada reacción. Al final el sentimiento de culpa dejó paso a una indiferencia defensiva. Cuando tienes tantas muertes en tu historial, tienes que elegir entre la locura y la indiferencia. Por desgracia para nosotros, no hay una opción c.

Así transcurrieron cinco largos años. Habíamos creado ya nuestro propio micro mundo, ocultos a todo el mundo. Sin amigos ni familia. Nada, no éramos nada. Podría decirse que ya nos estábamos acostumbrando, cuando pasó algo en lo que no habíamos pensado. Fue aquella trágica tarde del 21 de marzo, cuando comprendimos realmente lo que hacíamos, y también por qué nos habían elegido a nosotros. Como ya he dicho, ninguno teníamos ni familia ni amigos. No éramos nadie ya antes de entrar en la unidad. Nuestro pasado era un borrón incierto. De esta forma, ninguno sabíamos lo que era perder a alguien importante. No éramos conscientes del dolor que provocábamos, ni del que nos podían provocar. Alguien ignorante es alguien feliz, y nosotros éramos muy ignorantes en lo que se refiere al amor entre las personas. No pretendo con esto dar lástima, sino explicar de alguna forma la relativa facilidad con la que todos nosotros asumimos nuestro papel.

Como iba diciendo, fue el 21 de marzo del 2026 cuando todo aquel mundo que habíamos construido se vino abajo. Esta vez había que matar a un antiguo espía de la URSS. Las teorías conspiratorias son muy entretenidas mientras duran. Pensábamos que iba a ser una misión sencilla. Al fin y al cabo, ¿qué podía pasar? Éramos cinco contra uno, debería haber sido muy fácil. Entramos en su casa, tuvimos mucho cuidado de no hacer ruido y no tocar nada. Llegamos hasta la habitación donde se encontraba nuestro objetivo e Ícaro le pegó un tiro. Eso debería haber sido todo. Sin embargo, de una forma que aún no he conseguido explicarme, el antiguo espía se las apañó para sacar su pistola y disparar antes de caer, matando a su verdugo.

Esto fue el fin de la unidad. Ninguno fuimos capaces de superarlo. Por supuesto, el gobierno no nos dejó marchar. Un año más tarde de este acontecimiento la situación era tan insostenible que tuvieron que acceder a darnos la baja, siempre, cómo no, bajo amenaza de muerte si contábamos algo. De esta forma nos fuimos yendo poco a poco todos los miembros de la unidad. Desde que esto sucedió han pasado ya dos años. Muchas veces he tenido el impulso de contar al mundo lo que habíamos hecho, pero el miedo me paralizaba. Créanme, estuviera donde estuviera me habrían encontrado, ajusticiado, y lo habrían cubierto todo bajo una película digna de un Oscar.

Con esto termino mi relato. Espero que sea suficiente para poder juzgarnos e impedir que esto se repita. La nueva unidad fue disuelta hace un mes por nosotros. Aún no habían superado el entrenamiento, por lo que es inútil involucrarles a ellos también. Se han salvado y deben saberlo, pero no merecen un castigo. Así concluyo y me encomiendo a su veredicto. Muchas gracias.

martes, 25 de enero de 2011

VIII

Hoy es el gran día… el día de mi fuga. Ya que el doctor no está dispuesto a darme el alta, he decidido que me voy. Sólo he tenido que solucionar dos problemas: la ropa (no puedo ir por ahí con una bata de hospital), y un señor raro que me vigila y me persigue cada vez que salgo de la habitación. Me di cuenta de esto hace un par de semanas, que fue cuando dejaron de dolerme por completo las piernas y empecé a dar paseos por el hospital.

La cuestión de la vestimenta ya la he solucionado. Convencí al doctor de que me sentía demasiado ridícula con la bata, y de que podría perjudicar gravemente a mi estado psicológico, ya muy dañado, y que total ya no necesitaba tubitos,… el caso es que el chico se portó y fue recolectando prendas viejas de las enfermeras, que se solidarizaron con la causa. He reservado para este día unos zapatos bastante cómodos, unos vaqueros estampados y una camisa que no es que me quede ancha precisamente.

El problema del “guardaespaldas” salido de entre las sombras ha sido un poco más complicado. He estado toda la semana yendo y viniendo para intentar ver qué es lo que le interesa de mí. He descubierto que si me meto a un baño se queda respetuosamente en la puerta. Mi plan es el siguiente:

El autobús tiene la primera parada en la marquesina del hospital. Sale todos los días a las cinco y media justas, sin esperar a nadie. Lo único que tengo que hacer es entrar al baño de la planta baja tres minutos antes de que salga el autobús. Allí podré salir por la ventana y, para cuando el gorila este se quiera dar cuenta de que no salgo yo me habré ido.

Bueno, allá voy. Salgo de la habitación. Miro discretamente al gorila, pero lo suficientemente bien para saber que está mirando... ejem, las evidencias de mi condición femenina. La verdad, no sé si eso es bueno o malo. Igual le distrae y me facilita las cosas, o se impacienta más de lo que debe y me pilla. Miro el reloj, son las cinco y veintiséis. Cuento hasta diez y entro en el baño. Abro la ventana con tiento, para que no se oiga. Salto por ella y echo a correr. Afortunadamente, la ventana da a la parte de atrás del hospital y nadie me ve. Llego hasta el autobús justo antes de que cierre las puertas. Le entrego un surtido de monedas que me he ido encontrando en los pantalones al conductor. Me mira con cara de desconcierto, y luego me devuelve algunas monedas. No me siento, me bajo en la primera parada. Así tengo alguna posibilidad de despistar al armario empotrado.

No sé dónde estoy. Todo me resulta extrañamente familiar, pero no sabría decir ni siquiera en qué ciudad estoy. Me dejo guiar por mis pies, sin rumbo fijo, pero mirando a cada esquina por si tengo que huir. ¿Qué es esto? Me he topado frente a frente con una gran reja. Me separo un poco y miro hacia arriba. “Jardín Botánico” rezan unas letras cobrizas, medio comidas por el óxido. No sé por qué, pero creo que ahí dentro está la clave de todo. Empujo la puerta, está abierta. Nada me impide la entrada, así que sigo adelante. Voy de acá para allá, sin encontrar ninguna de las respuestas que busco. Vago sin destino por el jardín, quizás el subconsciente quiera echarme una mano para encontrarme. Andando, andando llego hasta un edificio de ladrillo. No es muy alto. Voy a entrar, algo me dice que hay algo ahí dentro. Cruzo el umbral. Es una exposición de flores. Voy mirando una por una, pero no coinciden con la de mis recuerdos. La que está en mi cabeza está viva, y todas las de la exposición están prensadas y muertas. Descubro que hay unas escaleras que llevan a la terraza. Subo por ellas. Dejo que el aire fresco del exterior llene otra vez mis pulmones. El oxígeno vuelve a mi cerebro. Miro a mi alrededor. ¡La he visto, son ésas! Son como la flor de mi memoria, son flores de naranjo. Comienzan a venir a mi mente lo que supongo que son recuerdos de mi pasado. Una sala con gente... gritos... un sonido breve y seco... silencio. Un silencio teñido de rojo. Un rojo brillante e hipnótico.
-        Sabía que vendrías.
¡¿Quién anda ahí!? Me doy la vuelta. Es Ulises. No tengo ni idea de dónde ha salido el nombre, pero es él. Un momento, ya me acuerdo. Era mi “jefe”, quien mandaba donde quiera que yo trabajara.

-        No me mires así. Al fin y al cabo todos nos conocíamos muy bien y no fue difícil encontrarte aquella vez y hacerte perder la memoria. Era obvio que volverías por aquí, siempre pasa. - Mira el reloj.- Es extraño, Heracles ya debería estar aquí.

Miro hacia las escaleras. Surge de ellas un hombre más o menos de mi edad. Sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, mi cuerpo se dirige hacia él corriendo y lo abraza. Yo aún estoy procesando quién es, pero parece que mis brazos y mis pies saben perfectamente cómo reaccionar ante él, y parece que no lo hacen mal, ya que él responde de la misma forma. Nos separamos. Yo aún no acabo de entender todo lo que está pasando. Miro a uno y a otro.

-        No me puedo creer que esto esté pasando – comienza a decir Heracles,- pensé que te iba a perder para siempre. Verás, no te respondí a las cartas porque pensé que lo mejor era que no me vieras en un estado tan lamentable como en el que me encontraba, pero con la última... Me faltó tiempo para llamar a Ulises.
-        Y menos mal que yo pude pillarte a tiempo.

Aún no entiendo nada.

-        Estabas a punto de saltar desde la azotea. No es que sea muy alta, pero sabías como hacer para darte un golpe certero. Por suerte pude distraerte un poco y hacer que fallaras el intento. Sé que perdiste la memoria y que no puedes hablar, eso debe ser consecuencia del shock. Fuimos nosotros quienes pusimos a Polifemo en el hospital. Nos ha tenido informados en todo momento de tus progresos, y nos ha llamado en cuanto se ha dado cuenta de que te has escapado. Es uno de esos muchachos de la última hornada, una buena persona, pero un poco perdido. A estas horas estará en un avión rumbo a Suiza.

Espera, espera. ¿Yo, saltar? Pero, ¿por qué? Lo único que recuerdo es el silencio y el color rojo... Ahora lo entiendo, es sangre. Es la sangre de un amigo, de un hermano. Todo cobra sentido: la habitación, el ruido, el silencio, mi no-identidad, mi deseo de saltar,... todo. Noto dos lágrimas en mis ojos. No hay ningún recuerdo en el que yo esté llorando, pero siento que me deshago, la verdad duele, en especial si la has creado tú. Miro hacia la barandilla. Heracles me sujeta la mano, y Ulises sigue hablando.

-        No serviría de nada. Ni volverías a ver a Ícaro, ni conseguirías arreglar lo que ya está hecho. Sólo serías uno de tantos casos. Tú, precisamente, deberías saberlo mejor que nadie. Además, hay otra forma de expiar las culpas. Heracles y yo hemos estado hablando, y hemos decidido someternos al juicio del pueblo. De paso podemos acabar con este sinsentido iniciado por el gobierno hace ya diez años y evitar a otros caer en la locura en la que estamos. Esta mañana he disuelto el nuevo equipo formado. Por fortuna acababan de salir del entrenamiento y aún no habían aceptado ninguna misión, no les pasará nada. Nosotros somos el último reducto de un plan sádico y sanguinario, y en nuestras manos está impedir que se repita.
-        Entenderemos que no quieras venir con nosotros – Heracles me aprieta cariñosamente la mano.- Te podemos dar unas horas de ventaja, suficiente para que puedas huir. Lo tenemos todo preparado para que con una llamada el mundo sepa cómo las gastan los de arriba.

¿Huir? No recuerdo ningún momento en el que haya tenido ganas de hacer tal cosa. Ninguno salvo... Les miro a los ojos, luego miro a la flor del naranjo y asiento. Iré hasta el final con ellos, con mi familia. Heracles coge el teléfono, siempre sin soltarme la mano. Parece que le dé miedo que cambie de opinión y decida matarme. Me mira por última vez antes de marcar, y yo recupero la voz sólo para decir: “hagámoslo”.

lunes, 17 de enero de 2011

VII

Me aburro. Llevo al menos un mes en este hospital y ya se me han acabado las ideas para entretenerme. Mi último recurso es éste, usar el cuaderno que me regaló el doctor. Desde que estoy en esta habitación paso menos tiempo sola. Por aquí pasan pacientes a los que luego van a operar o trasladar a otra planta. Aún no he recuperado mi capacidad de habla, por lo que no puedo empezar ninguna conversación. Dependo totalmente de las ganas que tenga la otra persona de contarme algo, que la mayoría de las veces excede el concepto que cualquier persona pueda tener de la palabra “nulas”. A veces me propongo averiguar qué tipo de problema tiene el otro paciente. He descubierto que no soy del todo mala observadora, he aprendido a identificar cada gesto y postura. El primer paciente al que “diagnostiqué” correctamente fue un niño al que le iban a extraer el apéndice, me sentí muy orgullosa de mí misma.

He pasado por muchos compañeros (hay que ver qué mal anda de salud la gente), y de todos he aprendido algo. Un niño, por ejemplo, me hizo aprender cómo fabricarme unos tapones para los oídos eficaces con unos pañuelos de papel... ¡teníais que ver cómo berreaba el crío! Un anciano me contó todos los trucos que usaban los rojos para escapar del régimen franquista. Una chica me relató su viaje desde Colombia hasta este país. Un militar me enseñó sus cicatrices de guerra. Me dan envidia. Todos tienen su familia, sus amigos, su pasado... todos tienen algo en lo que refugiarse o en lo que buscar una explicación cuando las cosas van mal. Yo, sin embargo, yo no sé ni siquiera mi nombre. Lo único que recuerdo es esa maldita flor, tampoco sé qué flor es.

He hecho progresos. Puedo dar paseos por el pasillo, comer,... vamos, que puedo hacer vida normal. Lo que aún no entiendo es por qué el dichoso doctor no me da el alta. Cierto que hay dos cosas que no he recuperado, pero no me parece que sean de su competencia. Es como si tuviera miedo de algo. Igualmente aquí no estoy tan mal. Aburrimiento aparte, he descubierto mis dotes de observadora, mi don para la pintura (que no se me da nada mal), he aprendido a desenvolverme sin hablar y con limitaciones de movimiento... además me mantienen, me dan de comer, me calman el dolor, aunque éste es cada vez menos persistente, y ya incluso las enfermeras me hablan de vez en cuando. Espero que me dejen libre pronto.

lunes, 10 de enero de 2011

VI

Despierto. Veo el mismo techo azul de siempre. Espera… ¿azul? Entonces no es el de siempre. ¿Dónde estoy? Supongo que en otra habitación del hospital pero, ¿por qué? ¿Ha pasado algo? Aish, me gustaría que alguien me contara lo que ocurre de vez en cuando. Últimamente he estado más despierta y he podido ve a las enfermeras y al joven doctor más a menudo. Mi opinión con respecto a este último ha ido mejorando gradualmente. Se ve que al principio me cogió miedo por el escándalo que monté, pero ha ido cogiendo confianza en sí mismo. Las enfermeras, de las que sólo sé el apellido, no hablan conmigo. Parece que le tengan miedo a algo, distinto de mí, pero que les impida pronunciar palabra en mi presencia. Ni siquiera nadie me ha dicho cómo me llamo. Es como si se hubieran puesto de acuerdo para evitar que recupere mi identidad. ¿Qué es esto? Parece un mando. Vamos a ver qué hace. Le doy a un botón grande y rojo. Poco a poco, la cama sobre la que estoy se va elevando. Ahora pulso un botón azul. La cama vuelve a bajar. Aún hay dos botones más, pero esos los dejaré para otro día. Voy a disfrutar primero de este descubrimiento. Ahora subo, ahora bajo. Subo. Bajo. Subo. Bajo. Se abre la puerta. Entra el médico. Se me queda mirando con una ceja levantada (aún no sé cómo consigue hacer ese gesto tan exagerado).

- ¡Anda! Yo que pensé que estaría desconcertada y me la encuentro jugando como una niña pequeña.
Paro. Tiene razón, pero no he podido resistirme. Es la primera “diversión” que encuentro desde que estoy aquí. ¡Qué demonios, me debe una explicación! Sigo mientras le miro desafiante.

- Vale, vale, ya le explico – si es que ya le tengo bien educadito – pero estése quieta – paro.- Muy bien. Como ya está mucho mejor, al margen de los problemillas de siempre, hemos decidido sacarla de la planga de vigilancia y trasladarla aquí.

¿Y no me lo podía haber dicho antes? ¡Le veo todos los puñeteros días, maldita sea! Reanudo mi “diversión”, pero esta vez en señal de enfado.

- Oiga, ya vale. Esto no ha sido decisión mía. – Paro.- Ayer hubo un accidente en la carretera y necesitábamos camas. Además, aquí podrá tener compañía. Quién sabe, tal vez tratando con gente consiga superar la amnesia. Luego me pasaré a ver qué tal está. ¡Ah, por cierto! Le he traído esto. Ahora que va a tener con quien hablar le puede venir bien.

Deja algo en la mesilla y se va. Miro a la derecha. Es verdad que hay otra cama, pero por ahora parece vacía. Me fijo en la mesilla un cuaderno y un bolígrafo. Sonrío. De verdad está empeñado en que hable con alguien. Hace unos días confirmamos que sólo ha quedado afectada la memoria que se refiere a mí, es decir, no tengo nombre ni pasado, soy como un recién nacido que ya lo sabe todo. Puedo leer, escribir, andar,… incluso podría hablar si tuviera voz para ello. De hecho, tengo que descubrir todas las habilidades que tengo… ¡voy a estrenar el cuaderno! A ver, es gris, con tapa dura, hojas blancas,… vamos, bastante normalillo. Creo que lo primero será poner el nombre. ¿Nombre? Sigo sin saber ni siquiera por qué letra empieza. Hay algo, estoy segura, algo que impide al doctor y las enfermeras decírmelo. He intentado sonsacárselo, pero siempre cambian de tema o se van, así que he desistido. Bueno, a lo que iba. “Este cuaderno pertenece a la Señorita                 García”. Pienso rellenar el hueco como sea. Miro lo que he escrito. No me gusta esta letra. Demasiado pequeña y alargada, como si tuviera que ocupar el menor espacio posible. No voy a escribir. Voy a pintar. Aunque se me dé mal, al menos pasaré el rato. ¿Qué dibujo? ¡Ah, ya sé!

Pintaré la cama de enfrente.

lunes, 3 de enero de 2011

V

Está oscuro. Sí, verdaderamente oscuro. Ni siquiera alcanzo a ver mi mano cuando la alzo frente a mí. Intento avanzar en la oscuridad, con la esperanza de encontrar algo, lo que sea, que rompa las tinieblas. Pero no es tarea fácil. Cada nuevo paso supone un esfuerzo titánico, que cada vez va en aumento. En teoría no hay nada alrededor, pero tengo la sensación de avanzar en un líquido tan espeso que podría resultar casi sólido. ¡¿Qué es eso!? De la nada ha aparecido una mesa. No es nada especial, sólo un tablón apoyado en cuatro patas. Simple, sin adornos. Está iluminada por un haz de luz, como si un foco estuviera dirigido a ella. Me acerco. Parece que ahora me cuesta menos moverme. Encima de la mesa hay un sobre. Lo abro. Saco lo que parece ser una carta. Leo: “Querido Heracles…”. Una ráfaga de viento me arrebata el papel de las manos. En menos de un segundo  ya se ha perdido en la penumbra. Vuelvo a coger el sobre. Hay algo más. Extraigo un carné de identidad. No hay datos. No hay foto. Es un carné en blanco. Poco a poco, ante mi asombro, el carné se va convirtiendo en algo. Se alarga y cambia de color. Es una flor. Es la flor de mis recuerdos. Sigue creciendo. Ha superado ya el tamaño de un balón de fútbol. Crece. Crece. Algo me empieza a oprimir el pecho. Miro, y veo con horror que la flor ha echado raíces en mí. Crece. Duele. Crece. Me ahogo. Crece. Me aplasta el pecho. Crece. Voy a morir.

Despierto empapada en sudor. Ya es la cuarta noche que tengo la misma pesadilla. Significa algo, lo sé. Mi subconsciente me manda señales, aunque éstas son tan confusas que dudo mucho que pueda interpretarlas. Siempre es igual. Oscuridad, la carta, el carné, la flor. Aislados unos de otros, puedo otorgar a los elementos un significado más o menos acertado. La oscuridad mental en que me encuentro, mi falta de identidad y mi obsesión por mi único recuerdo. Sin embargo, hay un elemento misterioso: la carta. Sólo puedo leer el destinatario. ¿Quién será Heracles? Desde luego, no un héroe mitológico. Sea quien sea tiene que ser parte de mis recuerdos, ¿estaré recuperando la memoria? No, no es eso. Estoy convencida de que ese tal Heracles es la clave de todo, es lo que separa a mis recuerdos de mí. Dicho de otro modo, si lo encuentro a él. Me encontraré a mí misma. Sólo hay un problema: estoy en un hospital y no dispongo de medios para buscar a alguien apodado (no me creo que alguien se llame así) Heracles.

Miro a la ventana. Hay luna llena. Me incorporo. Tras unos días repitiendo la misma operación, ya consigo hacerlo con mucho menos esfuerzo. No puedo dormir. Es una sensación rara. Después de tantos días cayendo rendida por las cosas más nimias me encuentro desvelada precisamente por un sueño. Pensándolo bien, últimamente tampoco estoy tan mal. Me puedo mover con más o menos normalidad, que ya es más de lo que podía decir las primeras veces. Sigo sin levantarme, de momento no me encuentro con fuerza para intentarlo, ni para superar el fracaso que supondría no poderme tener en pie. Hay que ver lo bonita que es la Luna. Seguro que, fuera como fuera yo antes, nunca me había parado a pensarlo. Me gusta. Es capaz de alumbrar cuando todo está en oscuridad. Pero no es como el Sol. La Luna no me ciega ni me quema, sino que me muestra un rayito de esperanza en medio de las tinieblas. Es cierto que la luz viene en realidad del Sol, pero ésta es tan intensa que necesito un “filtro” para poder apreciarla. Además, no me deja ver el resto de estrellas durante el día. Cuando salga de aquí, si consigo un trabajo o recuperar mi vida y mi cuenta del banco me compraré un telescopio. Parece que me he calmado. Me tumbaré a ver si soy capaz de dormirme. Así, despacito. Ahora cierro los ojos. Inspiro. Espiro. Inspiro. Espiro. Ouaaaaaa. Bostezo. Inspiro. Espiro. Inspiro. Espi…